LA EVIDENCIA
Desde que empezó a acudir a
aquel taller de escritura, sus palabras le eran ajenas. Como si las pintara en
un borrón sin definir.
Ángela se sentía inspirada como
nunca, abrumada por su imaginación y los cientos de retales de historias que se
agolpaban en su cabeza deseosas de salir al mundo. A menudo, le atacaban por
sorpresa de noche, al dormirse, en el instante preciso en el que al fin empezaba
a caer en un sueño profundo. Sin embargo, dilataba una y otra vez el momento de
sentarse ante el teclado para darles forma escrita.
Cada semana, al final del
taller, anotaba sus deberes para el próximo día. Solía consistir en inventar un
nuevo relato con algún matiz. Nada de poesía, poco de abstracción, trama,
giros, final apoteósico, algo de sexo, quizás. Esas eran las consignas para
hacerlo correctamente.
Ángela, obediente exploradora,
amordazó a su fiel poesía para evitar distraerse del encargo. Y ella,
desconcertada, rechazada su mano tendida, se sentaba como una niña reprendida en
el suelo, en una esquina, abrazándose las piernas con la cabeza hundida entre
ellas y esperaba a que Ángela le devolviera la voz.
-Tengo que hacerlo- se decía
Ángela. -Tengo que aprender a hilar largas frases, a expresar profundos
pensamientos con la transparencia justa, con la corrección exacta, con la
rebelde complacencia que yo espero de mí misma- Y era precisamente allí arriba,
en la cima de sus anhelos, donde conseguía fraguar, con una fuente inagotable
de irrelevantes quehaceres, la perfecta distracción. Con energía inusitada, uno
sobre otro, los emprendía y los finalizaba con eficiencia. Sin embargo, la
ansiedad por el deber abandonado le perseguía con una voz conocida susurrándole
al oído:
-Se acaba el tiempo-
Entonces, la bola de aire oscuro y denso que
tensaba las paredes de su vientre crecía y crecía hasta rebosar por su garganta
que era muda. Las ideas agolpadas en su mente se nublaban y sus dedos,
autómatas, intentaban retenerlas moviéndose arriba y abajo tecleando en el aire
palabras sin sentido apaciguando la angustia como el abrazo de una madre que
alivia, pero no cura.
Conmovida por sus manos
animosas, Ángela se obligaba a llegar hasta su silla.
-Voy a escribir- aseguraba.
Recopilaba sus notas y las leía.
Pero no las sentía. No las entendía. Escuchaba grabaciones de voces que le
pertenecían. Pero le sonaban antiguas. Irritada, sin recursos, decidía escudriñar
entre las hojas de sus libros más admirados y buscaba párrafos, frases. Musas
que detonaran su relato. Intentaba nutrirse de algunas de las palabras que
otras veces lograban sellar los agujeros del hastío alentando su esperanza de conocer,
de saber, de llegar. Se agarraba a su infalible salvavidas y rogaba poder, al
fin, culminar.
Pero entonces, justo en ese
momento en el que Ángela contemplaba abierto el corazón del magnífico libro, en
sus manos vibrando el inicio y ardiendo el final, era entonces cuando la
evidencia, como una garra implacable, atravesaba su piel, sus huesos y su
carne, y le arrancaba, a sangre fría la garganta. La evidencia, con su voz conocida,
implacable y seca, sentenciaba:
-No puedes-
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