DESDE LA OSCURIDAD
Después de varios meses sin apenas
comunicación, fue Roi quien tomó la decisión de visitar a la familia de su
hermano. Aprovechando unos días de vacaciones, puso rumbo a la pequeña aldea de
Muez, a más de cuatrocientos kilómetros de casa, en pleno Pirineo de Aragón.
Jon se había instalado allí con Ali años atrás, junto con otras parejas a las
que llevaban algún tiempo frecuentando. Habían abandonado la ciudad en busca de
un lugar recóndito donde la modernidad no rozara la piel de los hijos que
planeaban traer al mundo. Fueron recuperando algunos viejos edificios y
adquirieron estilos de vida absolutamente acordes con las normas de la
naturaleza. Así se lo explicaba en los primeros tiempos Jon a su familia, que
asistía con incredulidad a aquella apostasía de la normalidad en pro de unas
creencias que consideraban impropias de alguien con su posición y estudios. A
partir de aquel momento las relaciones con ellos fueron volviéndose más tensas
y Roi, que hasta entonces había vivido en un cómodo desapego, se vio convertido
en el gozne que mantenía el delicado equilibrio de la comunicación en la
familia. Pero fue a partir de la muerte del pequeño Lui cuando la distancia
adquirió dimensiones dolorosas.
En Aragón todavía podía disfrutarse
del placer de las carreteras secundarias. Siete años atrás había hecho el mismo
recorrido, entonces con sus padres, para conocer a la niña. El camino de ida fue
ilusionante, a pesar de los recelos que su madre siempre reservaba a Ali, avivados
en aquellos días por todo lo que vino a rodear al nacimiento de Nur. Regresaron
en silencio, incapaces ninguno de los tres de hacer un comentario que pudiera suavizar
el poso de resentimiento que dejaron los días en el pueblo. Tres años más tarde
nació Lui y aún se hicieron esfuerzos por mantener la concordia familiar. El día
que murió el niño fue el propio Jon quien vetó cualquier acercamiento por parte
de la familia, y así habían continuado las cosas hasta entonces. Camino de
Muez, se afanaba Roi en enfriar los rescoldos de la memoria. Comenzaba
mayo, reverdecía el mundo al borde de la carretera, un viento fresco y húmedo
le llegaba por la ranura de la ventanilla. Viajaba con ánimo reparador, quería abrazar
a la familia de su hermano en aquel duelo terrible y mudo tras la pérdida del
niño.
El acceso al pueblo no era
sencillo. Donde acababa el asfalto se perdía la cobertura telefónica y también cualquier
posibilidad de orientarse con el navegador. El camino de tierra seguía el curso
de un barranco y finalmente ascendía una ladera pronunciada. Los últimos kilómetros
los hizo a pie, por una pista empedrada que zigzagueaba hasta el pueblo. Le
recibieron un olor a chimenea y los reflejos púrpura de la tarde en el rosetón
quebrado de la iglesia, de la que solo quedaba el esqueleto. Le costó verlas,
por su quietud y por la poca luz, pero cuatro figuras humanas
aguardaban a los pies de lo que habría sido el atrio. Parecían niños y formaban
como un círculo en torno a algún objeto. Ya cerca, reconoció a su sobrina:
—¡Ey, Nur! —gritó, pero solo
parecieron escucharle unas palomas que salieron en bandada del vientre del
edificio.
El grupo de niños continuó allí unos
segundos, ajeno a su presencia. Después echaron a correr en distintas
direcciones. Los perdió de vista. Oyó varios portazos.
Anduvo por el pueblo y no le costó
identificar la casa de su hermano entre los pocos edificios rehabilitados.
No se cruzó con nadie, se respiraba un aire de excesiva intimidad. A pesar de
ello, sabía que su presencia no pasaba desapercibida.
Ya en la puerta hizo
sonar la aldaba. Salieron a recibirlo Jon y la niña, que sonreía y alzaba los
brazos hacia él como si el encuentro de unos minutos antes no hubiera tenido
lugar. Su hermano lo abrazó con una calidez que no esperaba; le pareció notar
un matiz de súplica, como algo de temblor, en ese abrazo. Ali estaba en la
cocina, preparando alguna cosa de cenar. Se quedó quieta cuando él cruzó la
puerta, claramente importunada. Tardó algunos segundos en alzar la vista y pudo
reconocer en su mirada la misma indiferencia de los últimos encuentros. Era como
si los mirara desde la oscuridad, decía su madre. Estaba envejecida, los años habían agudizado ese aire de extravío. Su sobrina lo
acompañó al dormitorio y estuvieron deshaciendo el equipaje. La conversación
alegre de la niña no pudo impedir que escuchara, en el piso de abajo, la
discusión entre su hermano y Ali. La voz de ella se elevaba sobre la de él:
—No sé a qué ha venido… Perturbar
la paz… Exactamente lo mismo que tu madre… No puedo perdonarles… También era mi hijo… Solo entre
Dios y nosotros…
Cenó con su hermano y con la niña.
Ali se había ido a dormir, no se encontraba bien. Hablaron acerca del pueblo,
del verano, de lo lejos que quedaba la última visita, de las ganas que Roi
tenía de verlos. Más tarde acostaron a la niña y se quedaron solos.
—Ali lo está pasando mal después de
lo del niño —dijo Jon.
—Ya lo supongo. —Le costó encontrar
las palabras apropiadas—: esto no está siendo fácil para nadie. —Hubo un
silencio largo, incómodo, ambos se habían levantado de la mesa y se daban la
espalda. Solo entonces encontró fuerzas para formular aquello—: ¿Qué fue lo que
pasó? ¿Por qué no nos dejasteis venir a despedirnos?
Su hermano seguía sin mirarlo. Apilaba leña junto a la chimenea. Se detuvo de pronto y debió de concentrar toda su voluntad en la dureza
de su voz:
—Fue un accidente, Roi. Lo sabes
de sobra. Ya fue bastante difícil para nosotros todo aquello.
—Piensa en tus padres. Ni siquiera
he sido capaz de decirles que venía. Después de lo de Lui no han vuelto hablar
del tema.
—Nunca quisieron aceptarlo, Roi: nuestros
principios, nuestro estilo de vida —la voz se le quebraba ahora.
—Ali nunca nos lo ha puesto fácil. Siempre
con sus supersticiones, siempre toda esta gente alrededor. ¿Cómo vamos a
aceptar lo que han hecho con vosotros?
—Los papás nunca pudieron
entender a Ali. Nunca podrán entenderla ya. —Jon hacía esfuerzos por recomponer su voz. Se puso
a recoger la mesa con un gesto severo y le dio las buenas noches. Al día siguiente
tendrían que desayunar temprano. Habían planificado una excursión por los
alrededores con la niña y el mastín, que descansaba mansamente debajo de la
mesa.
Por la mañana lo esperaban con el
desayuno preparado, ya listos para salir al campo. Se sentaron a la mesa. Ali
llevaba y traía platos del comedor a la cocina y apenas lograba sentarse unos
segundos. Se la veía inquieta, aunque era evidente que intentaba aparentar
cordialidad. Explicó que prefería quedarse en casa mientras daban el paseo.
Daría de comer a los animales, iría al huerto a recoger alguna cosa para la
comida. Se despidió de la niña con un beso en la frente. A Roi le pareció un
beso demasiado largo para ser una despedida cotidiana.
En dos minutos estaban ya a las
afueras del pueblo. Jon quería llevarlo a los miradores de la cumbre y tomaron
un sendero que ascendía por la ladera. La niña y el mastín correteaban delante,
con la excitación de la aventura. Unos kilómetros a las afueras, el camino bordeaba
la tapia baja de un pequeño cementerio. Al pasar por allí, Roi apreció que su
hermano enlentecía el paso. Ambos se detuvieron en la puerta. Se veían apenas
cuatro o cinco lápidas desordenadas y en uno de los laterales había algo que le
pareció un extraño monumento funerario: eran varios montículos de piedras con
una buena altura, en cada una de cuyas cúspides alguien había clavado algunas
ramas secas con forma de cruz. Esparcidos entre las bases pudo ver restos de cenizas
y algo que le parecieron pequeños huesos de animal, o plumas.
—Te juro que hicimos lo posible
por regresar a casa. —Jon hablaba en voz muy baja. Era obvio que aquello no
esperaba una respuesta.
Roi no se atrevió a dirigirle la
mirada. Se escuchaba la algarada del mastín y de la niña unos metros más arriba.
Los dos reanudaron el paso en un silencio que les pesaba como el mundo.
Llevaban ya al menos dos horas de
marcha y Roi se había apartado del camino buscando un lugar para mear. Se
entretuvo haciendo algunas fotos y le costó encontrar de nuevo el sendero. El
bosque ya era espeso allí. Al volver sobre sus pasos se topó con el gesto
demudado de su hermano:
—No encuentro a la niña, Roi.
No recordaba cuándo habían perdido
de vista al mastín y a Nur, sendero arriba. Ahora ni siquiera contestaban a sus
gritos. Su hermano le explicó que llevaban un buen tramo avanzando en paralelo
a los acantilados, ocultos allí por la frondosidad del monte. La niña conocía bien la zona y era difícil que se hubiera aventurado en
aquel sentido; lo que verdaderamente le inquietaba era que el mastín no
acudiera a su llamada. La angustia de los dos iba creciendo conforme caminaban
hacia allí. En la búsqueda solo les respondía un eco cada vez más próximo que
daba idea de la cercanía del abismo. De pronto, un aullido sobrecogedor se
apoderó de todo.
—Es el mastín.
Corrieron ambos en la misma
dirección. La línea de la vegetación acababa bruscamente y daba paso a un claro
que anunciaba el precipicio. La niña estaba allí.
Nur estaba de espaldas, sentada al
borde mismo del acantilado. En su mano sujetaba con delicadeza el collar del
mastín y su correa. Parecía que canturreaba alguna melodía y seguía el compás
con movimientos rítmicos de la cabeza. Debió de percibir la llegada de los
adultos, porque de pronto se quedó inmóvil y dejó caer la correa por donde
segundos antes habría caído el perro.
—Hija mía, ¿qué ha pasado? —Jon se
adelantó unos pasos en dirección a la niña, pero alguna intuición debió de
frenarlo.
Ella permanecía impasible en la
orilla del desfiladero. Parecía no escucharlos. Parecía estar absolutamente
concentrada en el vacío.
—Nur, cariño, no te muevas. —Jon
cabeceaba desconcertado, miraba a Roi y a su hija, apenas podía proyectar la
voz. Avanzaba ahora muy lentamente, con la mano extendida en dirección a ella.
—Ha sido el perro, papá. Ha
querido acercarse demasiado.
—Hija mía.
—Tú no te preocupes. —Apenas podían escucharla, pero fue girando con suavidad el tronco en dirección a ellos.
Tenía un gesto de serenidad extrañamente adulto—. Ahora estará bien, está con
Lui.
Los pies de Roi permanecían
clavados en el suelo. Desde allí mismo pudo ver la secuencia completa de
acontecimientos: su hermano avanzando despacio hacia la niña, que ahora abría
sus brazos en dirección a él. La niña a punto de tocar con sus manitas las de
él, que temblaban de terror. La niña girando su cuerpo por completo y
arrodillándose de espaldas al vacío. La niña agarrando a su padre por las
rodillas, sin perder la dulzura de sus gestos. Su hermano vencido por la
gravedad, perdiéndose por el despeñadero.
En ese mismo instante tuvo Roi una
consciencia de silencio universal. La mirada tierna de la niña fue trocándose
en una mueca de terror. Veía su carita contraerse hasta el llanto y su pecho se
agitaba cada vez más rápido, pero no escuchaba nada. Seguía arrodillada al filo
del acantilado y alargaba sus manitas hacia donde estaba él. Entonces le
pareció empezar a distinguir en los labios de la niña una llamada de socorro:
—Tío Roi, tío Roi, tío Roi... —Su
voz iba cobrando intensidad.
Aterrorizado como estaba, era incapaz de un
solo movimiento.
—Nur, estate quieta, por favor.
Entonces la niña se puso en pie.
Seguía de espaldas al precipicio. Parecía imposible que mantuviera el
equilibrio en aquella posición.
—Tío Roi... —Su mirada fue tomando
nuevamente aquella sobriedad adulta—. Tío Roi, voy a tirarme. —Lo dijo con una
seriedad pasmosa.
Roi solamente podía negar con la
cabeza, incapaz de comprender la situación.
—Nos está esperando Lui. Él tuvo
que ir primero. Mamá tuvo que llevarlo allí primero, pero él nos necesita…
De nuevo ese silencio total.
Ahora Roi la veía bracear mientras hablaba, con una gestualidad que no era
propia de una niña. Algo en ella espoleaba su memoria y finalmente recordó:
era Ali. La niña encarnaba ahora aquella vehemencia ciega, aquella excitación
evangelizadora que su madre exhibía en los primeros encuentros con la familia,
cuando la conocieron en plena fiebre de proselitismo.
En aquella atmósfera de
ensoñación, llevado por un impulso ciego, Roi iba avanzando paso a paso hacia
la figura suplicante de la niña, al borde mismo del abismo. Solo deseaba
abrazarla, ponerla a salvo, ponerse a salvo todos de aquella pesadilla. Apenas
le faltaban unos metros, pero ella había dejado de mirarlo, como si su
presencia se hubiera vuelto irrelevante. De pronto tuvo la impresión de que los
ojos de la niña traspasaban su figura, de que su atención se concentraba en
algo que quedaba más allá de él. Movido por un presentimiento fue girando lentamente hasta quedar de espaldas al vacío. Entonces pudo verla: Ali venía
corriendo en dirección a ellos, llevada por una fuerza sobrenatural, con los
brazos extendidos y esa mirada suya. Esa mirada que venía desde la oscuridad.
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