domingo, 12 de enero de 2020

Intento de terror... Desde la oscuridad


DESDE LA OSCURIDAD

Después de varios meses sin apenas comunicación, fue Roi quien tomó la decisión de visitar a la familia de su hermano. Aprovechando unos días de vacaciones, puso rumbo a la pequeña aldea de Muez, a más de cuatrocientos kilómetros de casa, en pleno Pirineo de Aragón. Jon se había instalado allí con Ali años atrás, junto con otras parejas a las que llevaban algún tiempo frecuentando. Habían abandonado la ciudad en busca de un lugar recóndito donde la modernidad no rozara la piel de los hijos que planeaban traer al mundo. Fueron recuperando algunos viejos edificios y adquirieron estilos de vida absolutamente acordes con las normas de la naturaleza. Así se lo explicaba en los primeros tiempos Jon a su familia, que asistía con incredulidad a aquella apostasía de la normalidad en pro de unas creencias que consideraban impropias de alguien con su posición y estudios. A partir de aquel momento las relaciones con ellos fueron volviéndose más tensas y Roi, que hasta entonces había vivido en un cómodo desapego, se vio convertido en el gozne que mantenía el delicado equilibrio de la comunicación en la familia. Pero fue a partir de la muerte del pequeño Lui cuando la distancia adquirió dimensiones dolorosas.
En Aragón todavía podía disfrutarse del placer de las carreteras secundarias. Siete años atrás había hecho el mismo recorrido, entonces con sus padres, para conocer a la niña. El camino de ida fue ilusionante, a pesar de los recelos que su madre siempre reservaba a Ali, avivados en aquellos días por todo lo que vino a rodear al nacimiento de Nur. Regresaron en silencio, incapaces ninguno de los tres de hacer un comentario que pudiera suavizar el poso de resentimiento que dejaron los días en el pueblo. Tres años más tarde nació Lui y aún se hicieron esfuerzos por mantener la concordia familiar. El día que murió el niño fue el propio Jon quien vetó cualquier acercamiento por parte de la familia, y así habían continuado las cosas hasta entonces. Camino de Muez, se afanaba Roi en enfriar los rescoldos de la memoria. Comenzaba mayo, reverdecía el mundo al borde de la carretera, un viento fresco y húmedo le llegaba por la ranura de la ventanilla. Viajaba con ánimo reparador, quería abrazar a la familia de su hermano en aquel duelo terrible y mudo tras la pérdida del niño.
El acceso al pueblo no era sencillo. Donde acababa el asfalto se perdía la cobertura telefónica y también cualquier posibilidad de orientarse con el navegador. El camino de tierra seguía el curso de un barranco y finalmente ascendía una ladera pronunciada. Los últimos kilómetros los hizo a pie, por una pista empedrada que zigzagueaba hasta el pueblo. Le recibieron un olor a chimenea y los reflejos púrpura de la tarde en el rosetón quebrado de la iglesia, de la que solo quedaba el esqueleto. Le costó verlas, por su quietud y por la poca luz, pero cuatro figuras humanas aguardaban a los pies de lo que habría sido el atrio. Parecían niños y formaban como un círculo en torno a algún objeto. Ya cerca, reconoció a su sobrina:
—¡Ey, Nur! —gritó, pero solo parecieron escucharle unas palomas que salieron en bandada del vientre del edificio.
El grupo de niños continuó allí unos segundos, ajeno a su presencia. Después echaron a correr en distintas direcciones. Los perdió de vista. Oyó varios portazos.
Anduvo por el pueblo y no le costó identificar la casa de su hermano entre los pocos edificios rehabilitados. No se cruzó con nadie, se respiraba un aire de excesiva intimidad. A pesar de ello, sabía que su presencia no pasaba desapercibida.
Ya en la puerta hizo sonar la aldaba. Salieron a recibirlo Jon y la niña, que sonreía y alzaba los brazos hacia él como si el encuentro de unos minutos antes no hubiera tenido lugar. Su hermano lo abrazó con una calidez que no esperaba; le pareció notar un matiz de súplica, como algo de temblor, en ese abrazo. Ali estaba en la cocina, preparando alguna cosa de cenar. Se quedó quieta cuando él cruzó la puerta, claramente importunada. Tardó algunos segundos en alzar la vista y pudo reconocer en su mirada la misma indiferencia de los últimos encuentros. Era como si los mirara desde la oscuridad, decía su madre. Estaba  envejecida, los años habían agudizado ese aire de extravío. Su sobrina lo acompañó al dormitorio y estuvieron deshaciendo el equipaje. La conversación alegre de la niña no pudo impedir que escuchara, en el piso de abajo, la discusión entre su hermano y Ali. La voz de ella se elevaba sobre la de él:
—No sé a qué ha venido… Perturbar la paz… Exactamente lo mismo que tu madre… No puedo perdonarles… También era mi hijo… Solo entre Dios y nosotros…
Cenó con su hermano y con la niña. Ali se había ido a dormir, no se encontraba bien. Hablaron acerca del pueblo, del verano, de lo lejos que quedaba la última visita, de las ganas que Roi tenía de verlos. Más tarde acostaron a la niña y se quedaron solos.
—Ali lo está pasando mal después de lo del niño —dijo Jon.
—Ya lo supongo. —Le costó encontrar las palabras apropiadas—: esto no está siendo fácil para nadie. —Hubo un silencio largo, incómodo, ambos se habían levantado de la mesa y se daban la espalda. Solo entonces encontró fuerzas para formular aquello—: ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué no nos dejasteis venir a despedirnos?
Su hermano seguía sin mirarlo. Apilaba leña junto a la chimenea. Se detuvo de pronto y debió  de concentrar toda su voluntad en la dureza de su voz:
—Fue un accidente, Roi. Lo sabes de sobra. Ya fue bastante difícil para nosotros todo aquello.­
—Piensa en tus padres. Ni siquiera he sido capaz de decirles que venía. Después de lo de Lui no han vuelto hablar del tema.
—Nunca quisieron aceptarlo, Roi: nuestros principios, nuestro estilo de vida —la voz se le quebraba ahora.
—Ali nunca nos lo ha puesto fácil. Siempre con sus supersticiones, siempre toda esta gente alrededor. ¿Cómo vamos a aceptar lo que han hecho con vosotros?
­—Los papás nunca pudieron entender a Ali. Nunca podrán entenderla ya. —Jon  hacía esfuerzos por recomponer su voz. Se puso a recoger la mesa con un gesto severo y le dio las buenas noches. Al día siguiente tendrían que desayunar temprano. Habían planificado una excursión por los alrededores con la niña y el mastín, que descansaba mansamente debajo de la mesa.

Por la mañana lo esperaban con el desayuno preparado, ya listos para salir al campo. Se sentaron a la mesa. Ali llevaba y traía platos del comedor a la cocina y apenas lograba sentarse unos segundos. Se la veía inquieta, aunque era evidente que intentaba aparentar cordialidad. Explicó que prefería quedarse en casa mientras daban el paseo. Daría de comer a los animales, iría al huerto a recoger alguna cosa para la comida. Se despidió de la niña con un beso en la frente. A Roi le pareció un beso demasiado largo para ser una despedida cotidiana.  
En dos minutos estaban ya a las afueras del pueblo. Jon quería llevarlo a los miradores de la cumbre y tomaron un sendero que ascendía por la ladera. La niña y el mastín correteaban delante, con la excitación de la aventura. Unos kilómetros a las afueras, el camino bordeaba la tapia baja de un pequeño cementerio. Al pasar por allí, Roi apreció que su hermano enlentecía el paso. Ambos se detuvieron en la puerta. Se veían apenas cuatro o cinco lápidas desordenadas y en uno de los laterales había algo que le pareció un extraño monumento funerario: eran varios montículos de piedras con una buena altura, en cada una de cuyas cúspides alguien había clavado algunas ramas secas con forma de cruz. Esparcidos entre las bases pudo ver restos de cenizas y algo que le parecieron pequeños huesos de animal, o plumas.
—Te juro que hicimos lo posible por regresar a casa. —Jon hablaba en voz muy baja. Era obvio que aquello no esperaba una respuesta.
Roi no se atrevió a dirigirle la mirada. Se escuchaba la algarada del mastín y de la niña unos metros más arriba. Los dos reanudaron el paso en un silencio que les pesaba como el mundo.
Llevaban ya al menos dos horas de marcha y Roi se había apartado del camino buscando un lugar para mear. Se entretuvo haciendo algunas fotos y le costó encontrar de nuevo el sendero. El bosque ya era espeso allí. Al volver sobre sus pasos se topó con el gesto demudado de su hermano:
—No encuentro a la niña, Roi.
No recordaba cuándo habían perdido de vista al mastín y a Nur, sendero arriba. Ahora ni siquiera contestaban a sus gritos. Su hermano le explicó que llevaban un buen tramo avanzando en paralelo a los acantilados, ocultos allí por la frondosidad del monte. La niña conocía bien la zona y era difícil que se hubiera aventurado en aquel sentido; lo que verdaderamente le inquietaba era que el mastín no acudiera a su llamada. La angustia de los dos iba creciendo conforme caminaban hacia allí. En la búsqueda solo les respondía un eco cada vez más próximo que daba idea de la cercanía del abismo. De pronto, un aullido sobrecogedor se apoderó de todo.
—Es el mastín.
Corrieron ambos en la misma dirección. La línea de la vegetación acababa bruscamente y daba paso a un claro que anunciaba el precipicio. La niña estaba allí.
Nur estaba de espaldas, sentada al borde mismo del acantilado. En su mano sujetaba con delicadeza el collar del mastín y su correa. Parecía que canturreaba alguna melodía y seguía el compás con movimientos rítmicos de la cabeza. Debió de percibir la llegada de los adultos, porque de pronto se quedó inmóvil y dejó caer la correa por donde segundos antes habría caído el perro. 
—Hija mía, ¿qué ha pasado? —Jon se adelantó unos pasos en dirección a la niña, pero alguna intuición debió de frenarlo.
Ella permanecía impasible en la orilla del desfiladero. Parecía no escucharlos. Parecía estar absolutamente concentrada en el vacío.
—Nur, cariño, no te muevas. —Jon cabeceaba desconcertado, miraba a Roi y a su hija, apenas podía proyectar la voz. Avanzaba ahora muy lentamente, con la mano extendida en dirección a ella.
—Ha sido el perro, papá. Ha querido acercarse demasiado.
—Hija mía.
—Tú no te preocupes. —Apenas podían escucharla, pero fue girando con suavidad el tronco en dirección a ellos. Tenía un gesto de serenidad extrañamente adulto—. Ahora estará bien, está con Lui.
Los pies de Roi permanecían clavados en el suelo. Desde allí mismo pudo ver la secuencia completa de acontecimientos: su hermano avanzando despacio hacia la niña, que ahora abría sus brazos en dirección a él. La niña a punto de tocar con sus manitas las de él, que temblaban de terror. La niña girando su cuerpo por completo y arrodillándose de espaldas al vacío. La niña agarrando a su padre por las rodillas, sin perder la dulzura de sus gestos. Su hermano vencido por la gravedad, perdiéndose por el despeñadero.

En ese mismo instante tuvo Roi una consciencia de silencio universal. La mirada tierna de la niña fue trocándose en una mueca de terror. Veía su carita contraerse hasta el llanto y su pecho se agitaba cada vez más rápido, pero no escuchaba nada. Seguía arrodillada al filo del acantilado y alargaba sus manitas hacia donde estaba él. Entonces le pareció empezar a distinguir en los labios de la niña una llamada de socorro:
—Tío Roi, tío Roi, tío Roi... —Su voz iba cobrando intensidad.  
 Aterrorizado como estaba, era incapaz de un solo movimiento.
—Nur, estate quieta, por favor.
Entonces la niña se puso en pie. Seguía de espaldas al precipicio. Parecía imposible que mantuviera el equilibrio en aquella posición.
—Tío Roi... —Su mirada fue tomando nuevamente aquella sobriedad adulta—. Tío Roi, voy a tirarme. —Lo dijo con una seriedad pasmosa.
Roi solamente podía negar con la cabeza, incapaz de comprender la situación.
—Nos está esperando Lui. Él tuvo que ir primero. Mamá tuvo que llevarlo allí primero, pero él nos necesita…
De nuevo ese silencio total. Ahora Roi la veía bracear mientras hablaba, con una gestualidad que no era propia de una niña. Algo en ella espoleaba su memoria y finalmente recordó: era Ali. La niña encarnaba ahora aquella vehemencia ciega, aquella excitación evangelizadora que su madre exhibía en los primeros encuentros con la familia, cuando la conocieron en plena fiebre de proselitismo.  
En aquella atmósfera de ensoñación, llevado por un impulso ciego, Roi iba avanzando paso a paso hacia la figura suplicante de la niña, al borde mismo del abismo. Solo deseaba abrazarla, ponerla a salvo, ponerse a salvo todos de aquella pesadilla. Apenas le faltaban unos metros, pero ella había dejado de mirarlo, como si su presencia se hubiera vuelto irrelevante. De pronto tuvo la impresión de que los ojos de la niña traspasaban su figura, de que su atención se concentraba en algo que quedaba más allá de él. Movido por un presentimiento fue girando lentamente hasta quedar de espaldas al vacío. Entonces pudo verla: Ali venía corriendo en dirección a ellos, llevada por una fuerza sobrenatural, con los brazos extendidos y esa mirada suya. Esa mirada que venía desde la oscuridad. 


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