Azul Pantone 300
Me es difícil describir el frío que me inundaba. Sí, una inundación
de frío es la expresión más adecuada. Una inundación gélida de todo mi ser. Una
inundación que nacía en mis entrañas y se desplazaba hacia afuera. Una
inundación que me volvía consciente de partes del cuerpo que nunca creí que
pudiera sentir. Una horrible sensación que va más allá del frío que jamás había
padecido. Recordaba mi viaje a Spitsbergen, la isla al norte del círculo polar
ártico cuando fui a fotografiar la recesión de los glaciares y sin embargo,
para mi cuerpo, ese episodio era un viaje al caribe. Comencé a pensar que
estaba entrando en otra dimensión, la dimensión de la muerte en la Tierra. Esperaba
la luz al final de túnel pero no aparecía. Nada, ni túnel ni luz, solo frío. Había
leído sobre la ECM (experiencia cercana a la muerte). Recurrentemente afloraba
lo del túnel con la luz al final; la última visión antes de alejarse de la vida
en esta dimensión. Entonces oigo a mi asistente que dice:
--¿En qué diablos está
tu mente? No haces más que temblar. Logramos ya 10º en este refugio y con toda
la ropa que llevas no deberías sentir frío!--
Miré por la pequeña ventana y una vez más vi el cielo del
gris denso que aborrecía. Como fotógrafo no poseo la habilidad de las palabras,
poéticas o no, para describir el color de ese cielo aunque fácilmente lo
identifico como Pantone 431. Hubo toda una evolución en las tonalidades del
cielo en los meses anteriores; pasaron del azul 300 al gris 432 pasando por los
pardos 424 y 434. Todo fue consecuencia del nefasto incidente sobre el que
varios científicos venían advirtiendo. A pesar de todo lo que mostro la
televisión la gente seguía danzando convencidos de su existencia suprema;
ignorantes de que el planeta no estuviera tan vivo y tan proclive a reacciones violentas
como cualquiera de nosotros. Fue la explosión del Teide; resultó de una
potencia equivalente a dos de las del Krakatoa de 1815; sus nefastos efectos
igualmente universales. A partir de entonces se habían terminado las estaciones
en la Tierra, solo cambiaba el tono del cielo siempre dentro de esos grises en
la gama del Pantone 430. Era el tan nombrado invierno nuclear sin bomba nuclear. Astrid, mi rubia asistente
sueca vuelve a hablar:
--Ahí tienes el resultado
de tus plegarias. Todos estos años quejándote del cielo de Valencia; decías que
era tan uniformemente azul como si lo hubieran hecho con Photoshop. Tantos días
esperando que aparecieran nubes que pudieran romper esa monotonía cromática de
tinte artificial de tarjeta postal barata. Decías que te conformarías igual con
nubes como las del fondo de los títulos de los Simpson. ¿Ves? ¡Mira lo que has
logrado! Hace meses que solo tenemos variaciones de grises difusos
asquerosamente más cercanos al pelo de las ratas que a la aparentemente
agradable apelación de ‘tono plomizo’, la aburrida expresión usada en las malas
notas periodísticas—
Le replico: --No es
eso lo que pasa por mi mente en estos momentos ni tampoco la tragedia que ha
afectado a un tercio de la población mundial. Es este frío interno, un frío que
nace de adentro y va tomando todo mi cuerpo. El frío existencial, un frío que
congela mis posibilidades de sentir. Qué me importa la fotografía ahora; qué me
importan los cientos de millones de afectados; qué me importa que usen la
Albufera como pista de patinaje. Tampoco me doy cuenta de que hayas perdido una
de tus piernas; sé lo que te cuesta moverte con tu pie ortopédico en estos caminos
helados pero tampoco me importa. Solo me importa el frío que ha tomado todo mi
cuerpo--
--No puedo aguantarte
más. Tú te inventaste este viaje a los montes cercanos a Bocairent para lograr
tu gran reportaje pictórico; el reportaje estrella sobre los afectados en el
medio rural remoto de la Comunitat. Ni tu editor ni el director te lo
recomendaron. Y ahora no sabes más que hablar del frío. Justamente a mí que
pasé la niñez en una granja del norte de Suecia donde para nosotros este frío
era igual a una agradable primavera. Además, los técnicos ya han establecido
que todo irá desapareciendo gradualmente a partir de unos dos o tres años. ¡Qué
es eso para nosotros que no hemos cumplido los 40 aún! El mundo sobrevivió
aquel 1815 donde no existían ni la tecnología ni los recursos de hoy día. Todo
pasará y volveremos al azul Pantone 300— Le replico:
--No me importa ni el
reportaje ni Bocairent ni nada; solo es este frío interior que monopoliza mi
capacidad de pensar y de sentir. Para peor ese puto SUV coreano Korando 4x4 ya
no arranca. Es automático así que no necesitabas tu pie izquierdo; lo podrías
haber conducido para sacarme de este inmundo y tétrico lugar sin esperanzas. No
me conformo a esperar aquí el túnel de luz que me alejará del frío—
Miro otra vez por la pequeña ventana y el cielo sigue de
varios grises anodinos; se perciben algunos tonos más densos que lo dejan como
veteado. Casi no hay cambios ni me importan mucho. El frío que me ha inundado
desde adentro no me da tregua. Miro a Astrid y me arrepiento de las cosas que
le he dicho pero no me importa tampoco. Ha tenido un accidente muy doloroso con
su Ducati y no tengo derecho a echárselo en cara a cada momento. Después de
todo hay grandes deportistas con discapacidad, incluso de ambas piernas, que
corren carreras y maratones con la ayuda de la ortopedia de nueva tecnología.
Mi mente, o lo que el frío permite que todavía funcione, solo gira entorno a
los tonos del cielo y a las nubes generalmente inexistentes para una fotografía
paisajística publicable. Es que luego de haber sido un exitoso street shooter en blanco y negro, un fotógrafo
inconformista y de comprometida conciencia social en mis 20, pasé a la gran
técnica y a la fotografía de lugares históricos y de paisajes. Tuve contratos
para la Comunitat y luego en el periódico. Con mis antecedentes artísticos pude
imponer condiciones: ensayos temáticos con fotografías y nada de tareas de reportero
gráfico. Lo había logrado. Me sentía bien haciendo esas notas con Astrid que me
asistía no solo en la parte técnica de las tomas; realizaba apuntes muy
importantes con los que un buen periodista componía luego los textos que
acompañaban las imágenes. Me estimaban y apoyaban; muchas veces me daban la 4x4
de la empresa para llegar a lugares remotos y de difícil acceso.
De pronto empiezo a sentir náuseas y mareos. No sé dónde
estoy. La cabaña empieza a girar como si un tornado la hubiera engullido. Siento
que mi cuerpo vuelve a calentarse de a poco. Es todo muy extraño. Veo una
rejilla, parece como que exhalara un aire tibio que me agrada. Miro para arriba
y veo varios monitores con imágenes de gráficos. Hay muchos cables y tubos. Llegan
hasta mis brazos, mi torso; mi cuerpo inmóvil va descongelándose. Oigo unos
pitidos rítmicos marcando el tiempo metronómico de un andante assai mosso. Trato de respirar ese aire que ahora me parece
deliciosamente tibio. Giro mis ojos y encuentro a mi querida Astrid, más
deslumbrante que como la recordaba en la cabaña. Su cabello rubio Pantone 7405C
mezclado con mechones más claros Pantone 100C, luce hermoso. Está sentada de
piernas cruzadas. Me alegro de que su pierna ortopédica ya ni se nota; qué
técnica tan fabulosa que han empleado. Si no supiese del accidente que tuvo 8
años atrás con la Ducati Monster 1098 pensaría que sus piernas eran totalmente
naturales. Y hermosas. Al percibir mi mirada se levanta, viene hacia mí y
mientras acaricia mi cabello dice:
--Bienvenido al mundo
de los vivos! Hace días que te despeñaste con la Korando andando por las sierras;
qué alegría que ya vuelves en sí. Ojalá no sientas dolor—Le contesto
entonces:
--Estoy bien, solo
sentía mucho frío y no lograba entrar templar mi cuerpo. Aquí me siento mejor. No
sé dónde estamos pero vamos a tener que volver a Bocairent; quedaron muchas
tomas pendientes por ese maldito cielo siempre gris; es como un techo, como una
plancha sucia de cemento decrépito. Tampoco vi ni un rayo de luz interesante. Ahh,
discúlpame por lo que te dije; lo que pasó, pasó y no tengo derecho ni a
mencionarlo—Le oigo decir:
--No recuerdo nada que
hayas dicho; estuviste inconsciente tres días y no hablaste ni una sola palabra.
Las cosas suceden y uno las debe tomar como vienen porque la vida sigue.
Afortunadamente estamos en un momento de grandes avances en la medicina y la ortopedia;
casi que no lo notarás-- Y agrega con una sonrisa contenida: --la empresa tiene el SUV que siempre te
gustó, el Subaru SV 4x4 automático que podrás conducir sin necesidad de usar el
pie izquierdo—
No entiendo mucho qué me quiere decir con esto del Subaru
pero aprovecho para mirar más a mi alrededor. Veo que la sábana que me cubre se
levanta solo donde está mi pie derecho. Dirijo entonces la vista hacia la
ventana y me doy cuenta que el cielo está como si le hubieran aplicado alguna
herramienta de Photoshop; otra vez en su acostumbrado azul Pantone 300.
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