domingo, 27 de octubre de 2019

Ejercicio 3: Azul Pantone 300


Azul Pantone 300

Me es difícil describir el frío que me inundaba. Sí, una inundación de frío es la expresión más adecuada. Una inundación gélida de todo mi ser. Una inundación que nacía en mis entrañas y se desplazaba hacia afuera. Una inundación que me volvía consciente de partes del cuerpo que nunca creí que pudiera sentir. Una horrible sensación que va más allá del frío que jamás había padecido. Recordaba mi viaje a Spitsbergen, la isla al norte del círculo polar ártico cuando fui a fotografiar la recesión de los glaciares y sin embargo, para mi cuerpo, ese episodio era un viaje al caribe. Comencé a pensar que estaba entrando en otra dimensión, la dimensión de la muerte en la Tierra. Esperaba la luz al final de túnel pero no aparecía. Nada, ni túnel ni luz, solo frío. Había leído sobre la ECM (experiencia cercana a la muerte). Recurrentemente afloraba lo del túnel con la luz al final; la última visión antes de alejarse de la vida en esta dimensión. Entonces oigo a mi asistente que dice:

--¿En qué diablos está tu mente? No haces más que temblar. Logramos ya 10º en este refugio y con toda la ropa que llevas no deberías sentir frío!--

Miré por la pequeña ventana y una vez más vi el cielo del gris denso que aborrecía. Como fotógrafo no poseo la habilidad de las palabras, poéticas o no, para describir el color de ese cielo aunque fácilmente lo identifico como Pantone 431. Hubo toda una evolución en las tonalidades del cielo en los meses anteriores; pasaron del azul 300 al gris 432 pasando por los pardos 424 y 434. Todo fue consecuencia del nefasto incidente sobre el que varios científicos venían advirtiendo. A pesar de todo lo que mostro la televisión la gente seguía danzando convencidos de su existencia suprema; ignorantes de que el planeta no estuviera tan vivo y tan proclive a reacciones violentas como cualquiera de nosotros. Fue la explosión del Teide; resultó de una potencia equivalente a dos de las del Krakatoa de 1815; sus nefastos efectos igualmente universales. A partir de entonces se habían terminado las estaciones en la Tierra, solo cambiaba el tono del cielo siempre dentro de esos grises en la gama del Pantone 430. Era el tan nombrado invierno nuclear sin bomba nuclear. Astrid, mi rubia asistente sueca vuelve a hablar:

--Ahí tienes el resultado de tus plegarias. Todos estos años quejándote del cielo de Valencia; decías que era tan uniformemente azul como si lo hubieran hecho con Photoshop. Tantos días esperando que aparecieran nubes que pudieran romper esa monotonía cromática de tinte artificial de tarjeta postal barata. Decías que te conformarías igual con nubes como las del fondo de los títulos de los Simpson. ¿Ves? ¡Mira lo que has logrado! Hace meses que solo tenemos variaciones de grises difusos asquerosamente más cercanos al pelo de las ratas que a la aparentemente agradable apelación de ‘tono plomizo’, la aburrida expresión usada en las malas notas periodísticas—

Le replico: --No es eso lo que pasa por mi mente en estos momentos ni tampoco la tragedia que ha afectado a un tercio de la población mundial. Es este frío interno, un frío que nace de adentro y va tomando todo mi cuerpo. El frío existencial, un frío que congela mis posibilidades de sentir. Qué me importa la fotografía ahora; qué me importan los cientos de millones de afectados; qué me importa que usen la Albufera como pista de patinaje. Tampoco me doy cuenta de que hayas perdido una de tus piernas; sé lo que te cuesta moverte con tu pie ortopédico en estos caminos helados pero tampoco me importa. Solo me importa el frío que ha tomado todo mi cuerpo--

Astrid, no puede contenerse, vuelve a derramar lágrimas; hacía meses que venía llorando tan copiosamente como las nubes acumuladas que conformaban el cielo. Me contesta:

--No puedo aguantarte más. Tú te inventaste este viaje a los montes cercanos a Bocairent para lograr tu gran reportaje pictórico; el reportaje estrella sobre los afectados en el medio rural remoto de la Comunitat. Ni tu editor ni el director te lo recomendaron. Y ahora no sabes más que hablar del frío. Justamente a mí que pasé la niñez en una granja del norte de Suecia donde para nosotros este frío era igual a una agradable primavera. Además, los técnicos ya han establecido que todo irá desapareciendo gradualmente a partir de unos dos o tres años. ¡Qué es eso para nosotros que no hemos cumplido los 40 aún! El mundo sobrevivió aquel 1815 donde no existían ni la tecnología ni los recursos de hoy día. Todo pasará y volveremos al azul Pantone 300— Le replico:

--No me importa ni el reportaje ni Bocairent ni nada; solo es este frío interior que monopoliza mi capacidad de pensar y de sentir. Para peor ese puto SUV coreano Korando 4x4 ya no arranca. Es automático así que no necesitabas tu pie izquierdo; lo podrías haber conducido para sacarme de este inmundo y tétrico lugar sin esperanzas. No me conformo a esperar aquí el túnel de luz que me alejará del frío—

Miro otra vez por la pequeña ventana y el cielo sigue de varios grises anodinos; se perciben algunos tonos más densos que lo dejan como veteado. Casi no hay cambios ni me importan mucho. El frío que me ha inundado desde adentro no me da tregua. Miro a Astrid y me arrepiento de las cosas que le he dicho pero no me importa tampoco. Ha tenido un accidente muy doloroso con su Ducati y no tengo derecho a echárselo en cara a cada momento. Después de todo hay grandes deportistas con discapacidad, incluso de ambas piernas, que corren carreras y maratones con la ayuda de la ortopedia de nueva tecnología. Mi mente, o lo que el frío permite que todavía funcione, solo gira entorno a los tonos del cielo y a las nubes generalmente inexistentes para una fotografía paisajística publicable. Es que luego de haber sido un exitoso street shooter  en blanco y negro, un fotógrafo inconformista y de comprometida conciencia social en mis 20, pasé a la gran técnica y a la fotografía de lugares históricos y de paisajes. Tuve contratos para la Comunitat y luego en el periódico. Con mis antecedentes artísticos pude imponer condiciones: ensayos temáticos con fotografías y nada de tareas de reportero gráfico. Lo había logrado. Me sentía bien haciendo esas notas con Astrid que me asistía no solo en la parte técnica de las tomas; realizaba apuntes muy importantes con los que un buen periodista componía luego los textos que acompañaban las imágenes. Me estimaban y apoyaban; muchas veces me daban la 4x4 de la empresa para llegar a lugares remotos y de difícil acceso.

De pronto empiezo a sentir náuseas y mareos. No sé dónde estoy. La cabaña empieza a girar como si un tornado la hubiera engullido. Siento que mi cuerpo vuelve a calentarse de a poco. Es todo muy extraño. Veo una rejilla, parece como que exhalara un aire tibio que me agrada. Miro para arriba y veo varios monitores con imágenes de gráficos. Hay muchos cables y tubos. Llegan hasta mis brazos, mi torso; mi cuerpo inmóvil va descongelándose. Oigo unos pitidos rítmicos marcando el tiempo metronómico de un andante assai mosso. Trato de respirar ese aire que ahora me parece deliciosamente tibio. Giro mis ojos y encuentro a mi querida Astrid, más deslumbrante que como la recordaba en la cabaña. Su cabello rubio Pantone 7405C mezclado con mechones más claros Pantone 100C, luce hermoso. Está sentada de piernas cruzadas. Me alegro de que su pierna ortopédica ya ni se nota; qué técnica tan fabulosa que han empleado. Si no supiese del accidente que tuvo 8 años atrás con la Ducati Monster 1098 pensaría que sus piernas eran totalmente naturales. Y hermosas. Al percibir mi mirada se levanta, viene hacia mí y mientras acaricia mi cabello dice:

--Bienvenido al mundo de los vivos! Hace días que te despeñaste con la Korando andando por las sierras; qué alegría que ya vuelves en sí. Ojalá no sientas dolor—Le contesto entonces:

--Estoy bien, solo sentía mucho frío y no lograba entrar templar mi cuerpo. Aquí me siento mejor. No sé dónde estamos pero vamos a tener que volver a Bocairent; quedaron muchas tomas pendientes por ese maldito cielo siempre gris; es como un techo, como una plancha sucia de cemento decrépito. Tampoco vi ni un rayo de luz interesante. Ahh, discúlpame por lo que te dije; lo que pasó, pasó y no tengo derecho ni a mencionarlo—Le oigo decir:

--No recuerdo nada que hayas dicho; estuviste inconsciente tres días y no hablaste ni una sola palabra. Las cosas suceden y uno las debe tomar como vienen porque la vida sigue. Afortunadamente estamos en un momento de grandes avances en la medicina y la ortopedia; casi que no lo notarás-- Y agrega con una sonrisa contenida: --la empresa tiene el SUV que siempre te gustó, el Subaru SV 4x4 automático que podrás conducir sin necesidad de usar el pie izquierdo—

No entiendo mucho qué me quiere decir con esto del Subaru pero aprovecho para mirar más a mi alrededor. Veo que la sábana que me cubre se levanta solo donde está mi pie derecho. Dirijo entonces la vista hacia la ventana y me doy cuenta que el cielo está como si le hubieran aplicado alguna herramienta de Photoshop; otra vez en su acostumbrado azul Pantone 300.

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