Después de aquel suceso ocurrió algo insospechado: la sala de espera del dentista dejó, por ensalmo, de ser el
lugar espantoso que siempre había sido.
Desayunó y salió con prisa, como
siempre. Vivía al lado del colegio, pero nunca conseguía levantarse con tiempo
suficiente, según le decían en casa. La cuestión es que a ella le gustaba
sentir que asaltaba los minutos, deslizarse de un lado a otro como una flecha,
y era cierto que llegaba cada día puntual como un reloj a la entrada de las
clases. Eso sí, algún día sin peinarse, otro sin los libros…, casi siempre con
la sensación de que le faltaba alguna cosa. Y ese martes no fue distinto a
otros: fue sentarse en su pupitre y le pareció escuchar la voz de su madre sermonéandole:
“Lola, eres un puro desastre. Sabes que esta tarde tienes dentista y te has
dejado el neceser en casa”.
Lola sabía que a las seis le
esperaban en la clínica del doctor Limas. Desde ese día (qué mal día) en que
le pusieron los alambres no había dejado de acudir, cada dos martes, a que
aquel pelmazo escrupuloso le estrujara los dientes con sus
guantes de látex. Eso sí, con la boca siempre limpia, como se encargaban de aclarar
los mil carteles que colgaban de todas las paredes de la clínica.
Salió de clase a las cinco, encendió
su Samsung Galaxy y leyó estos dos mensajes:
Mamá: Lola, sabes que al dentista no le gusta que lleves los
dientes sucios. Te espero en casa con el cepillo listo.
Clínica del Doctor Limas: Le recordamos su cita esta tarde a
las seis. No olvide la importancia de la higiene bucal.
Lola pasó por delante de casa y fue entonces cuando sintió el vértigo de
la rebeldía, esa sensación de que las vísceras se insuflan con el combustible peligroso de las causas justas. Apretó el paso hacia la consulta, entró en la sala de espera con su bocadillo de
salami, se sentó y se puso a masticarlo con deleite. En solo unos minutos vengaría su sonrisa de hojalata.
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