viernes, 11 de octubre de 2019

Propuesta 2: La sonrisa de hojalata


Después de aquel suceso ocurrió algo insospechado: la sala de espera del dentista dejó, por ensalmo, de ser el lugar espantoso que siempre había sido.

Desayunó y salió con prisa, como siempre. Vivía al lado del colegio, pero nunca conseguía levantarse con tiempo suficiente, según le decían en casa. La cuestión es que a ella le gustaba sentir que asaltaba los minutos, deslizarse de un lado a otro como una flecha, y era cierto que llegaba cada día puntual como un reloj a la entrada de las clases. Eso sí, algún día sin peinarse, otro sin los libros…, casi siempre con la sensación de que le faltaba alguna cosa. Y ese martes no fue distinto a otros: fue sentarse en su pupitre y le pareció escuchar la voz de su madre sermonéandole: “Lola, eres un puro desastre. Sabes que esta tarde tienes dentista y te has dejado el neceser en casa”.

Lola sabía que a las seis le esperaban en la clínica del doctor Limas. Desde ese día (qué mal día) en que le pusieron los alambres no había dejado de acudir, cada dos martes, a que aquel pelmazo escrupuloso le estrujara los dientes con sus guantes de látex. Eso sí, con la boca siempre limpia, como se encargaban de aclarar los mil carteles que colgaban de todas las paredes de la clínica.

Salió de clase a las cinco, encendió su Samsung Galaxy y leyó estos dos mensajes:

Mamá: Lola, sabes que al dentista no le gusta que lleves los dientes sucios. Te espero en casa con el cepillo listo.

Clínica del Doctor Limas: Le recordamos su cita esta tarde a las seis. No olvide la importancia de la higiene bucal.

Lola pasó por delante de casa y fue entonces cuando sintió el vértigo de la rebeldía, esa sensación de que las vísceras se insuflan con el combustible peligroso de las causas justas. Apretó el paso hacia la consulta, entró en la sala de espera con su bocadillo de salami, se sentó y se puso a masticarlo con deleite. En solo unos minutos vengaría su sonrisa de hojalata.

No hay comentarios:

Publicar un comentario