lunes, 18 de noviembre de 2019

Ejercicio 4: Son del alma (sin vértigo)


SON DEL ALMA



Para saber del amor, para entenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
—con cuatrocientos cuerpos diferentes—
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero el cuerpo es el libro en que se leen.

(GIL DE BIEDMA, Pandémica y celeste)

Pablo, 67, atlético y vital. Trabajo con palabras. Sexualmente versátil. Busco similar para saber del amor, para entenderle. No respondo a perfiles sin foto.

Lo leí de nuevo. Después de tantas vueltas pensé que así estaba bien. Semejante esfuerzo para un pobre autorretrato de cien letras tiraba por tierra mi premio Planeta y veinte años enseñando estilo literario. Pero bien, quise ser indulgente: era mi primer acercamiento al Grindr, la estrella de las aplicaciones de contactos, y aprender nuevos registros lleva un tiempo, siempre. Añadí una foto, de antes del divorcio, con camisa de lino y el vientre plano, muy plano. Lo publiqué. Lo hice público. Me quité la máscara. Obedecía a mis amigos, divorciados ya todos o a la orilla del divorcio, viejas locas reverdecidas, estampa viva todos del derrumbe del sueño del matrimonio homosexual, tan capitalista, plagio infame de un modelo marchito de economía del amor. Parido muerto.
Entiéndanme. Vengo yo de un siglo en el que teníamos costumbre de buscar el placer en el subsuelo. Me refiero, ya sabrán, al placer de la carne, a la llamada de la carne, al milenario sexo multiplicador de las especies. Entonces los códigos eran otros: la clandestinidad era la norma. Vivíamos el sexo desmedidamente, pero siempre en los márgenes. Éramos cucarachas gozosas y pródigas. Lo explicaba con fina poesía un primo mío que fue obispo y cucaracha y sermoneaba muy bien a sus ovejas: nos corrompíamos y nos prostituíamos e íbamos a clubes de hombres nocturnos y encontrábamos el infierno. Bendito infierno aquel de cucarachas.
Ahora el infierno está en las redes, me decían mis amigos, insectos ya conversos al nuevo ecosistema de la promiscuidad en digital. Uno vive treinta años de feliz y hermético matrimonio y le cambian el infierno de lugar, no hay derecho. Todo nuevo. Puro marketing: dientes blancos, bíceps firmes, cebo perfecto. Una copia sintética y cicatera del infierno.

Tirorí. Veinte segundos tardó en entrar el primer mensaje, anunciado por un timbre jovial. Sentí la mano del placer llamando a la puerta de mi vientre. Mariposas, ya saben, u orugas más bien. El cuerpo guarda una exquisita memoria del placer.
Hola, me decía. Era un perfil sin foto. Manu, 54 años, tierno y sensual, abierto a todo… No quise responder, me propuse no hacerlo sin ver, al menos, la cara del remitente. Silencio. Hola, ¿qué tal?, insistía. Sin foto no voy a contestarte, le escribí. Silencio. Dos minutos más tarde sonó el timbre: de nuevo las orugas. En la pantalla me saludaba Manu con todo un primer plano de su polla. Manu, 54 años… 21 centímetros de amor. Le respondí que gracias. Borré la conversación. El infierno, al fin.
Tuve decenas de conversaciones en pocos días. Fui perfeccionando el registro, me sentí rápidamente cómodo. Recibí cientos de fotos y envié también algunas. Me despojé de la vergüenza.  Lo fui mostrando todo.

Tomaba una mañana una cerveza con mi agente. Me hablaba del encargo de un grupo editorial pujante: algo sobre el retroceso de derechos de la comunidad gay ante la acometida de la ultraderecha. No prestaba yo mucha atención. Entonces sonaron las orugas. Tirorí. Localicé el teléfono en el bolsillo, lo sujeté con fuerza y busqué cualquier excusa para escaparme al lavabo.
He estado viendo tu perfil. ¡Qué interesante! Estás guapísimo en las fotos. ¿Eres escritor?
La campana de Pavlov. El deseo llamando a la puerta ante el puro anuncio digital: Pablo, 22 años, deportista, curioso. Estudio medicina, leo, practico el poliamor. ¿Te animas? No había foto, pero sí la pequeña figura de un unicornio con la crin multicolor. Su descripción era suficientemente tentadora, no pude contenerme la respuesta.
Escribo, sí, le dije. Le expliqué que llevaba media vida haciéndoloLa otra media la dediqué a cosas insustanciales, entre ellas la medicina, mira qué casualidad.
¡Anda, fíjate! ¿Y si te digo que la carrera pasa también por mí sin mojarme demasiado? Tengo espíritu de letras. ¿Y qué escribes?
Me despedí de mi agente con torpeza. Ya pensaré en la oferta, dije. Pagué la cerveza y tomé el camino a casa. El teléfono ardía en la palma de mi mano.
Perdona, estaba ocupado. Escribo lo que puedo, casi ya lo que me dejan. Quise bromear, le dije que me habían dado un premio al mejor microrrelato en Grindr.
Grindr tiene sus cosas, ¿verdad?
Grindr es un universo entero, un magnífico catálogo de placeres y de horrores. Le pregunté si se había parado a pensar en su significado: es muy revelador el nombre de las aplicaciones de consumo gay, “grinder” viene de trituradora… Me interrumpió con todo un inventario de acepciones inquietantes de algunas de ellas: Scruff era nuca, Tinder algo parecido a combustible, Bender quería decir juerga… El muchacho se manejaba con soltura en el infierno digital. Toda una cucaracha del nuevo siglo, Pablo.
¿Y qué buscas por aquí?, le pregunté. Quise sonar ingenuo.
Lo mismo que todos, imagino. Me explicó que llevaba tiempo navegando por aplicaciones de contactos, como la mayoría. Tenía ocho o diez conversaciones cada día, con gente muy diversa. Algunas quedaban solo en eso, aunque solía buscar al menos dos encuentros reales por semana. Haber podido hablar con ellos previamente le ayudaba a desplegar el algoritmo de acción en cada caso. La mayoría de las veces quedaba solo para follar, ya sabes: el cortejo virtual le ahorraba muchas complicaciones y tiempo y esfuerzo. Aunque la verdadera economía estaba en el sexo virtual: estás en casa aburrido y tienes a tu alcance un mundo entero de personas con las mismas ganas que tú. Disparas, muerden el anzuelo, ya está todo hecho. Alguna de sus citas había terminado en una relación más sólida, de varias semanas. Muchas veces se solapaban los encuentros, otras se superponían por completo, no eran pocas las ocasiones en que había compartido conversación y encuentro y sexo con más de dos personas a la vez, hasta con cinco.    
           Alargaba el paso, tenía urgencia de llegar a casa. Me hallaba en plena excitación y, al mismo tiempo, algo había en su conversación que me inquietaba. El modo de expresarse tal vez me resultaba familiar, y las querencias. De no haber sido por el abismo digital –pensaba– hubiera yo podido vivir de esa manera mi sexualidad con veinte años. Y su nombre.
           Me dijo que no vivía en Madrid, como yo, sino en Valencia, pero Grindr me permite viajar, conocer gente de cualquier parte del mundo. Ya no es imprescindible la cercanía física para interactuar, es un avance. Entonces la inquietud estalló en pánico.
           Tenía las manos caladas en sudor y a duras penas podía yo escribirle. ¿No vivirás en la calle del Maná número 15? Allí, en aquel lugar, había pasado yo mis años de estudiante.
Hubo un silencio largo. Pensé que había abandonado la conversación.
Vivo aquí. ¿Cómo lo sabes? ¿Me conoces?
Traté de disimular mi desazón. Temí perderlo. Hice todo lo posible por ocultar la anomalía del encuentro y me enredé en explicaciones del todo inverosímiles.
Bueno, no importa, no quiero saberlo. Esto está lleno de extrañezas y también de gente extraña. Me tranquiliza pensar que es imposible que puedas perseguirme aunque sepas dónde vivo: estoy lejos, en 1974.
No pude responderle. El móvil me miraba desde encima de la mesa.
Tuvo que percatarse de mi perplejidad. Me dijo que era la última versión de Grindr Prime. ¿No la conoces? Incluye también la posibilidad de hacer viajes en el tiempo.
No era posible aquello, quise tranquilizarme. Aun en el caso delirante de que aquel joven Pablo fuera yo, de ningún modo hubiera podido tener acceso a un teléfono móvil 45 años atrás.
¡Me estás tomando el pelo! Deseé que se tratara de una broma. Mis amigos.
Mira esto. Era el enlace a una noticia que explicaba la integración de la teoría cuántica en los algoritmos de las redes virtuales de contactos, un desafío a la continuidad del tiempo y del espacio. La posibilidad de que existieran todos los tiempos de manera simultánea.
Pasaba del terror a la incredulidad, paralizado, y encontré solo una vía para escapar de aquel estado: Iniciando llamada virtual…

Lo que ocurrió después fue tan irracional que no he sido capaz, en años, de encontrar la manera de explicarlo. Si han leído Dorian Gray quizá tengan algunas posibilidades de entenderlo. La física cuántica, me dicen, lo aclara con holgura, pero hay regiones oscuras en la vida donde solo el arte es capaz de hacernos luz.
  


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