PROP 3. BALDOSAS AMARILLAS
Soy una mujer negra. Tengo 26 años. En Africansas, cuando
era una profesora blanca, mi nombre era Andrea. Luego me volví negra y
empezaron a llamarme Aïsata Andrea. Hace dos semanas las bombas alcanzaron mi
pueblo. También mi casa. Y a mi marido. A mi sólo me alcanzaron unos días
después tres guerrilleros furiosos en el monte en el que me escondía. Perdí el
conocimiento mientras tenía al tercero de ellos encima.
Me encontraron medio inconsciente arrojada en el camino
dos mujeres que también huían. Se dirigían a la carretera de tierra que había
al atravesar el monte. No conseguía moverme, pero no estaba muerta. Como una
cruel paradoja el dolor en todo mi cuerpo y la memoria me conectaban a la vida.
Las dos mujeres me ayudaron a incorporarme un poco y me dieron agua. No me hicieron
preguntas, pero insistieron una y otra vez en que les acompañara. Allí no podía
quedarme y ellas habían encontrado la forma de salir de allí y llegar hasta
Ozpaña.
Yo sabía de qué me hablaban. En Africansas los muertos
soñaban con resucitar en Ozpaña.
Me explicaron que serían dos días de viaje por carretera
en camión y muchas horas caminando -pero tú más que nadie tienes que hacerlo- decían
con total convencimiento. -Es peligroso porque a veces te encuentran y te
obligan a volver, pero a ti no. Si consigues pisar Ozpaña, a ti no te deportarán.
Una vez allí, encontrarás a la Maga. Ella te ayudará. Te dará un trabajo y
podrás devolver el préstamo – me aseguraban.
Lo del trabajo y el préstamo no lo entendí muy bien, pero
lo de la Maga disipó mis dudas. Acepté y rápidamente me aferré a la idea de que
yo tenía que llegar como fuera a Ozpaña. Alimenté esa idea y la hice crecer
hasta el fanatismo, hasta la ceguera. Hasta conseguir disociarme de mi propio
cuerpo. Y así conseguí llegar aquí sin desintegrarme.
Aquí es donde
todos nosotros emprendemos el último trayecto, el que haremos por mar:
Ya estamos en la playa. Es de
noche. Subir a esta barca de madera me ha costado 1.600 euros prestados y una
mamada justo antes de subir. Sabía que era una posibilidad. El que
daba las órdenes al paterero me aseguraba que no cabía. Me ha arrastrado del
pelo hasta empujarme detrás de una escuálida palmera mientras me decía que no
me iba a follar porque les dan yuyu las gordas. Los dos conductores del camión
de ganado en el que llegamos hasta la playa venían detrás de nosotros empujando
a una adolescente y a su madre. No estaban gordas.
Todavía tengo el sabor de ese cerdo repugnante en mi
boca. Acabo de vomitar otra vez por la borda. Es curioso cómo el miedo
desaparece a medida que las pesadillas se hacen, una a una, realidad. Tampoco
siento la desesperación. Sólo algo parecido al orgullo. Creo.
Hace unas 8 horas que abandonamos la costa y empiezo a
ser consciente del lugar en el que estoy. Apenas hay espacio para el aire entre
las 98 personas hacinadas a bordo de este bote. Sin querer he contado 13 niños. Uno es un bebé. Su madre lo aprieta contra su pecho envuelto
en una manta pequeña. Sé que llora, pero desde que dejamos la costa el rumor
del mar imponiéndose no me deja escuchar nada más.
Está amaneciendo. Giro con dificultad mi cuello
agarrotado para mirar hacia detrás. El color marrón de la playa desde la que
salimos ha desaparecido sin avisar y sólo nos acompaña una cola de espuma
turbia. Y el mar. Toneladas de mar de un profundo azul oscuro. Inmenso.
Pesa el mar, aquí.
Miro hacia abajo y observo cómo el encharcado y podrido
trozo de madera que piso parece comerse mis pies
y recuerdo que yo era
poeta. Bailarina grácil sobre versos pueriles vacíos de historia. Volaba y
caía, de vez en cuando, con puntas blandas:
Mientras dejo atrás
mi casa
Y los aromas de mi
infancia…
- Pero Andrea, ¿Se puede ser más moña? ¿Los aromas de infancia? Eres la leche. Siempre haces lo mismo.
- Che, Montesinos, déjame en paz. A la gente no le gustan estos dramas.
- Estos dramas son muy reales ¿Qué coño importa si no les gusta? No pienses en ellos. No endulces las historias. Te advierto que es por eso que llevamos 13 años escribiendo las mismas novelitas lacrimógenas para amos de casa aburridos. En el mundillo no nos respeta nadie. ¿Es ese el futuro que quieres?
- Ehhh, depende, dímelo tú que ya estás ahí ¿esas novelitas lacrimógenas me van a dar de comer hasta que llegue a tu edad?
- Pues sí, pero..
- Pero nada. Bien por mí. Me gusta comer. Además, no tienes ni idea. No endulzo las historias. Me sale así.
- Pero por qué ¿qué te pasa?
Noto un codazo en el costado y
me incorporo. Debo de haberme dormido y mi cabeza estaba apoyada sobre el
hombro de la mujer que va comprimida a mi derecha. Ha vuelto a oscurecer, aunque
las sombras que deja ver la luz de una raquítica luna me bastan como certeza de
que sigo aquí. La humedad de la noche y el salitre han penetrado a través de mi
ropa dejando mis huesos rígidos, a punto de partirse. Tengo frío, sed y me
duele mucho la barriga. El hambre reemplaza mis ganas de vomitar cuando alguna
racha de viento disfraza el insoportable olor a meado. El rumor del mar se ha
convertido en un ruido ensordecedor. Profundo. Perturbador. Me está volviendo
loca el rumor del mar.
Cierro los ojos otra vez y me
tapo las orejas con las manos. Lo siento, vida mía, pero la idea de morir
aplastada por el derrumbe de nuestra casa ya no me parece tan terrible.
Imagino mi cuerpo inerte. Sordo. Rodeado de
escombros. Un cuerpo inmóvil, vacío. Inservible.
y fantaseo con una mente hecha de nubes
blandas que huelen a azúcar…
-
- Nubes y azúcar en la misma frase es demasiado hasta para ti. En serio, tienes que dejar de hacerlo. ¿Es que no puedes comprometerte y seguir?. Qué coño te pasa?
- Me pasa que no lo soporto. Si me pongo en su piel, si busco su angustia, me asusto, me ahogo. Me duele la piel. Y ya sabes que no soporto el dolor.
- Andrea, no lo hagas por nosotras. Hazlo por ella.
- Pero es que tengo miedo. ¿Y si pierdo el control?
Ha vuelto a amanecer. El hedor
de nuestros cuerpos sin rastro de dignidad penetra como un veneno en mi nariz corrompiéndome
las entrañas.
No sé si es un delirio o de
verdad se escucha un ruido a lo lejos. Intento silenciar el rumor del mar para
descubrir qué es. Parece el sonido de un motor. A lo lejos, mirando hacia la
proa, una foto borrosa en naranja y negro va cogiendo volumen. Es una embarcación
grande y alargada. Se dirige hacia nosotros muy rápido. Quiero que llegue hasta
nosotros, pero pienso que no debería porque podrían obligarnos a volver a Africansas en esta fosa flotante. Siento
el impulso de saltar al agua, pero recuerdo que no sé nadar. Sonrío. No lo
hago. A mi alrededor todos levantan los brazos y gritan frenéticos en dirección
a la barca que se acerca. Algunos se ponen de pie como pueden hasta casi hacernos
volcar.
La lancha nos alcanza en unos
minutos y se coloca a nuestro lado. Puedo
ver en ella el dibujo de una bandera y el de una cruz blanca sobre el fondo
rojo junto a las palabras “Salvamento de Animales Marinos”. Como los visitantes
de un zoo, cuatro hombres ataviados con mono, casco y mascarilla blancos nos
lanzan a las bestias botellas de agua y mantas rojas con las que enseguida nos
cubrimos la espalda entumecida. Con una cuerda muy gruesa nos atan por la proa
a la popa de su lancha y nos remolcan. Agotados, en silencio y expectantes
miramos todos hacia delante hasta que divisamos con claridad un puerto. Sobre
el muro gris alargado varias personas blancas se acercan corriendo a
socorrernos. Tres de ellos alcanzan el cabo que les tiran desde la lancha y acercan
nuestro bote hasta una zona del pantalán en la que hay una escalera metálica.
Me señalan a mi primero y dos
hombres blancos con chalecos naranjas extienden sus manos hacia mi y me ayudan
a bajar de la barca. No me empujan ni me gritan.
Trepo por la escalera y mis
pies tocan por fin el suelo de Ozpaña.
Sonrío porque mi primer
pensamiento es que no quiero volver a pisar una playa y es raro porque me
encanta la playa. Con torpeza consigo dar dos pasos y al intentar avanzar noto
un líquido caliente que baja por la parte interior de mis muslos. Uno de los
dos hombres naranjas grita señalando el charco encarnado que se está formando
entre mis pies. No me grita a mi, sino a otro hombre que espera a lo lejos
junto a una ambulancia. Sube a ella, saca una camilla y corre empujándola hasta
nosotros. Me tumban con cuidado en ella. Ninguno de ellos se pone encima de mí.
Me suben por el portón trasero y me bajan al cabo de poco rato para conducirme
hasta la puerta de un edificio bajo con un rótulo en el que leo “CIUDAD
ESMERALDA”. Sus puertas de cristal se abren de par en par al acercarnos. Una
mujer con bata blanca y mascarilla se acerca deprisa por el pasillo y con su
mano protegida por un guante de látex sujeta fuerte la mía y nos acompaña hasta
entrar rápido en una habitación blanca. Colocan la camilla junto a otra cama.
Como un pesado saco de harina, me levantan y me tumban en ella. La mujer de
blanco me coloca una mascarilla en la nariz y una aguja en el brazo.
El líquido
transparente del gotero empieza a penetrar lentamente a través de ella.
Poco a poco, el olor, el dolor
y mi conciencia se van derritiendo abandonando mi cuerpo. Sonrío y la mujer de
blanco me acaricia el pelo con su mano aún plastificada. Mira primero hacia el
gotero y después hacia mis piernas negras entintadas de rojo intenso. Vuelve a coger
mi mano y, con los labios rabiosamente apretados, me mira ahora directamente a
los ojos. Con ternura. Con profunda tristeza. Con vergüenza. En ese momento me
doy cuenta de que he encontrado a la Maga.
Va hacia los pies de la cama y
yo le sigo con la mirada. Con la vaguedad de un sueño, la veo hundirse entre mis piernas. Vuelve a
aparecer y se yergue lento, con los brazos teñidos de mi, sosteniendo una figura pequeña
empapada en fluidos. No escucho su llanto, pero es mi hija y ha nacido
aquí, en Ozpaña. -Si tu hija nace allí, no podrán echaros- recordaba con una insistencia que se debilitaba.
-Se llamará Andrea- suplico sin fe a la Maga
-Lo siento mucho - sentencia la Maga
acomodando con delicadeza el cuerpecito inerte en la cuna.
Mis párpados caen como dos plomos y
siento que el dolor del mundo se ha hecho mar y penetra por mi garganta hasta
inundarme entera. Invoco a los versos. Al azúcar.
Pero es salado, el mar.
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