domingo, 17 de noviembre de 2019


PROP 3. BALDOSAS AMARILLAS


  Soy una mujer negra. Tengo 26 años. En Africansas, cuando era una profesora blanca, mi nombre era Andrea. Luego me volví negra y empezaron a llamarme Aïsata Andrea. Hace dos semanas las bombas alcanzaron mi pueblo. También mi casa. Y a mi marido. A mi sólo me alcanzaron unos días después tres guerrilleros furiosos en el monte en el que me escondía. Perdí el conocimiento mientras tenía al tercero de ellos encima.
  Me encontraron medio inconsciente arrojada en el camino dos mujeres que también huían. Se dirigían a la carretera de tierra que había al atravesar el monte. No conseguía moverme, pero no estaba muerta. Como una cruel paradoja el dolor en todo mi cuerpo y la memoria me conectaban a la vida. Las dos mujeres me ayudaron a incorporarme un poco y me dieron agua. No me hicieron preguntas, pero insistieron una y otra vez en que les acompañara. Allí no podía quedarme y ellas habían encontrado la forma de salir de allí y llegar hasta Ozpaña.
  Yo sabía de qué me hablaban. En Africansas los muertos soñaban con resucitar en Ozpaña.
 Me explicaron que serían dos días de viaje por carretera en camión y muchas horas caminando -pero tú más que nadie tienes que hacerlo- decían con total convencimiento. -Es peligroso porque a veces te encuentran y te obligan a volver, pero a ti no. Si consigues pisar Ozpaña, a ti no te deportarán. Una vez allí, encontrarás a la Maga. Ella te ayudará. Te dará un trabajo y podrás devolver el préstamo – me aseguraban.
  Lo del trabajo y el préstamo no lo entendí muy bien, pero lo de la Maga disipó mis dudas. Acepté y rápidamente me aferré a la idea de que yo tenía que llegar como fuera a Ozpaña. Alimenté esa idea y la hice crecer hasta el fanatismo, hasta la ceguera. Hasta conseguir disociarme de mi propio cuerpo. Y así conseguí llegar aquí sin desintegrarme.
   Aquí es donde todos nosotros emprendemos el último trayecto, el que haremos por mar:
Ya estamos en la playa. Es de noche. Subir a esta barca de madera me ha costado 1.600 euros prestados y una mamada justo antes de subir. Sabía que era una posibilidad. El que daba las órdenes al paterero me aseguraba que no cabía. Me ha arrastrado del pelo hasta empujarme detrás de una escuálida palmera mientras me decía que no me iba a follar porque les dan yuyu las gordas. Los dos conductores del camión de ganado en el que llegamos hasta la playa venían detrás de nosotros empujando a una adolescente y a su madre. No estaban gordas.
  Todavía tengo el sabor de ese cerdo repugnante en mi boca. Acabo de vomitar otra vez por la borda.  Es curioso cómo el miedo desaparece a medida que las pesadillas se hacen, una a una, realidad. Tampoco siento la desesperación. Sólo algo parecido al orgullo. Creo.
  Hace unas 8 horas que abandonamos la costa y empiezo a ser consciente del lugar en el que estoy. Apenas hay espacio para el aire entre las 98 personas hacinadas a bordo de este bote. Sin querer he contado 13 niños.  Uno es un bebé.  Su madre lo aprieta contra su pecho envuelto en una manta pequeña. Sé que llora, pero desde que dejamos la costa el rumor del mar imponiéndose no me deja escuchar nada más.
  Está amaneciendo. Giro con dificultad mi cuello agarrotado para mirar hacia detrás. El color marrón de la playa desde la que salimos ha desaparecido sin avisar y sólo nos acompaña una cola de espuma turbia. Y el mar. Toneladas de mar de un profundo azul oscuro.  Inmenso.
  Pesa el mar, aquí.
 Miro hacia abajo y observo cómo el encharcado y podrido trozo de madera que piso parece comerse mis pies
               
y recuerdo que yo era poeta. Bailarina grácil sobre versos pueriles vacíos de historia. Volaba y caía, de vez en cuando, con puntas blandas:

Mientras dejo atrás mi casa
     Y los aromas de mi infancia…

  •   Pero Andrea, ¿Se puede ser más moña? ¿Los aromas de infancia? Eres la leche. Siempre            haces lo mismo.
  •    Che, Montesinos, déjame en paz. A la gente no le gustan estos dramas.
  •  Estos dramas son muy reales ¿Qué coño importa si no les gusta? No pienses en ellos.   No endulces las historias. Te advierto que es por eso que llevamos 13 años escribiendo las mismas novelitas lacrimógenas para amos de casa aburridos. En el mundillo no nos respeta nadie. ¿Es ese el futuro que quieres?   
  • Ehhh, depende, dímelo tú que ya estás ahí ¿esas novelitas lacrimógenas me van a dar de comer hasta que llegue a tu edad?
  •  Pues sí, pero..
  •  Pero nada. Bien por mí. Me gusta comer. Además, no tienes ni idea. No endulzo las historias. Me sale así.
  • Pero por qué ¿qué te pasa?


  Noto un codazo en el costado y me incorporo. Debo de haberme dormido y mi cabeza estaba apoyada sobre el hombro de la mujer que va comprimida a mi derecha. Ha vuelto a oscurecer, aunque las sombras que deja ver la luz de una raquítica luna me bastan como certeza de que sigo aquí. La humedad de la noche y el salitre han penetrado a través de mi ropa dejando mis huesos rígidos, a punto de partirse. Tengo frío, sed y me duele mucho la barriga. El hambre reemplaza mis ganas de vomitar cuando alguna racha de viento disfraza el insoportable olor a meado. El rumor del mar se ha convertido en un ruido ensordecedor. Profundo. Perturbador. Me está volviendo loca el rumor del mar.
  Cierro los ojos otra vez y me tapo las orejas con las manos. Lo siento, vida mía, pero la idea de morir aplastada por el derrumbe de nuestra casa ya no me parece tan terrible.
  Imagino mi cuerpo inerte. Sordo. Rodeado de escombros. Un cuerpo inmóvil, vacío. Inservible.

  y fantaseo con una mente hecha de nubes blandas que huelen a azúcar…
-          
  • Nubes y azúcar en la misma frase es demasiado hasta para ti. En serio, tienes que dejar de hacerlo.   ¿Es que no puedes comprometerte y seguir?. Qué coño te pasa?
  • Me pasa que no lo soporto. Si me pongo en su piel, si busco su angustia, me asusto, me ahogo. Me duele la piel. Y ya sabes que no soporto el dolor.
  • Andrea, no lo hagas por nosotras. Hazlo por ella.
  • Pero es que tengo miedo.  ¿Y si pierdo el control?


  Ha vuelto a amanecer. El hedor de nuestros cuerpos sin rastro de dignidad penetra como un veneno en mi nariz corrompiéndome las entrañas.
  No sé si es un delirio o de verdad se escucha un ruido a lo lejos. Intento silenciar el rumor del mar para descubrir qué es. Parece el sonido de un motor. A lo lejos, mirando hacia la proa, una foto borrosa en naranja y negro va cogiendo volumen. Es una embarcación grande y alargada. Se dirige hacia nosotros muy rápido. Quiero que llegue hasta nosotros, pero pienso que no debería porque podrían obligarnos a  volver a Africansas en esta fosa flotante. Siento el impulso de saltar al agua, pero recuerdo que no sé nadar. Sonrío. No lo hago. A mi alrededor todos levantan los brazos y gritan frenéticos en dirección a la barca que se acerca. Algunos se ponen de pie como pueden hasta casi hacernos volcar.
  La lancha nos alcanza en unos minutos y se coloca a nuestro lado.  Puedo ver en ella el dibujo de una bandera y el de una cruz blanca sobre el fondo rojo junto a las palabras “Salvamento de Animales Marinos”. Como los visitantes de un zoo, cuatro hombres ataviados con mono, casco y mascarilla blancos nos lanzan a las bestias botellas de agua y mantas rojas con las que enseguida nos cubrimos la espalda entumecida. Con una cuerda muy gruesa nos atan por la proa a la popa de su lancha y nos remolcan. Agotados, en silencio y expectantes miramos todos hacia delante hasta que divisamos con claridad un puerto. Sobre el muro gris alargado varias personas blancas se acercan corriendo a socorrernos. Tres de ellos alcanzan el cabo que les tiran desde la lancha y acercan nuestro bote hasta una zona del pantalán en la que hay una escalera metálica.
  Me señalan a mi primero y dos hombres blancos con chalecos naranjas extienden sus manos hacia mi y me ayudan a bajar de la barca. No me empujan ni me gritan.
  Trepo por la escalera y mis pies tocan por fin el suelo de Ozpaña.
  Sonrío porque mi primer pensamiento es que no quiero volver a pisar una playa y es raro porque me encanta la playa. Con torpeza consigo dar dos pasos y al intentar avanzar noto un líquido caliente que baja por la parte interior de mis muslos. Uno de los dos hombres naranjas grita señalando el charco encarnado que se está formando entre mis pies. No me grita a mi, sino a otro hombre que espera a lo lejos junto a una ambulancia. Sube a ella, saca una camilla y corre empujándola hasta nosotros. Me tumban con cuidado en ella. Ninguno de ellos se pone encima de mí. Me suben por el portón trasero y me bajan al cabo de poco rato para conducirme hasta la puerta de un edificio bajo con un rótulo en el que leo “CIUDAD ESMERALDA”. Sus puertas de cristal se abren de par en par al acercarnos. Una mujer con bata blanca y mascarilla se acerca deprisa por el pasillo y con su mano protegida por un guante de látex sujeta fuerte la mía y nos acompaña hasta entrar rápido en una habitación blanca. Colocan la camilla junto a otra cama. Como un pesado saco de harina, me levantan y me tumban en ella. La mujer de blanco me coloca una mascarilla en la nariz y una aguja en el brazo.
   El líquido transparente del gotero empieza a penetrar lentamente a través de ella.
  Poco a poco, el olor, el dolor y mi conciencia se van derritiendo abandonando mi cuerpo. Sonrío y la mujer de blanco me acaricia el pelo con su mano aún plastificada. Mira primero hacia el gotero y después hacia mis piernas negras entintadas de rojo intenso. Vuelve a coger mi mano y, con los labios rabiosamente apretados, me mira ahora directamente a los ojos. Con ternura. Con profunda tristeza. Con vergüenza. En ese momento me doy cuenta de que he encontrado a la Maga.
  Va hacia los pies de la cama y yo le sigo con la mirada. Con la vaguedad de un sueño, la veo hundirse entre mis piernas. Vuelve a aparecer y se yergue lento, con los brazos teñidos de mi, sosteniendo una figura pequeña empapada en fluidos. No escucho su llanto, pero es mi hija y ha nacido aquí, en Ozpaña. -Si tu hija nace allí, no podrán echaros- recordaba con una insistencia que se debilitaba.

-Se llamará Andrea- suplico sin fe a la Maga

-Lo siento mucho - sentencia la Maga acomodando con delicadeza el cuerpecito inerte en la cuna.

  Mis párpados caen como dos plomos y siento que el dolor del mundo se ha hecho mar y penetra por mi garganta hasta inundarme entera. Invoco a los versos. Al azúcar.

Pero es salado, el mar.






No hay comentarios:

Publicar un comentario