Sugerencias sobre el estupendo relato de María "Frío":
Hipotermia
Hace frío esta mañana. El cielo, encapotado en gris, amenaza con la promesa
de lluvia. Le agradezco el gesto, pero nunca me ha gustado llorar en compañía.
No hace falta, digo en voz alta. En ese momento suena un trueno lejano. Tiene
razón, ¿Quién soy yo, al fin y al cabo, para decirle al mundo por quien tiene
que llorar? Sopla una brisa suave que mueve las violetas recién plantadas en la
tumba de Alicia. No es la temporada, pero le habrían gustado. Yo también la echo de menos, digo al mundo. Parece que se siente tan perdido como yo sin
ella. Hacía unas semanas, Alicia y yo habíamos salido a pasear por los campos
que rodean nuestra casa para ver los primeros indicios de la primavera, que
asomaban tímidos en las ramas desnudas de los arboles y en el suelo gris de las
heladas. Alicia brincaba de un lado a otro, señalando cada pequeño brote de
almendro y cada pequeña brizna de hierba, feliz. Esta era su época preferida
del año. No la primavera en sí, sino su despertar, su nacimiento. Siempre
parecía revivirla después de los meses fríos del invierno. Excepto este año,
pienso mientras miro su tumba, colocada apenas un día atrás. Vuelvo a mirar al
cielo. Gris, en todos sus tonos. Miro los árboles sin hojas del
cementerio y me doy cuenta de que no hay brotes verdes en sus ramas. La
primavera ha muerto contigo Alicia, ¿Cómo va a nacer sin tu sonrisa para
recibirla en este mundo? Hago el esfuerzo de salir del cementerio
cuando las nubes empiezan a derramar sus primeras lágrimas, como un favor por
haberme dejado derramarlas a mí. Todos nos merecemos llorarla a solas.
Hoy he llamado al fontanero para que revise la caldera de casa. Hace tres
semanas del entierro de Alicia. La primavera llegó a los arboles una semana
después, la vi aparecer desde las ventanas de nuestra pequeña casa vestida del
rosa de los almendros, pero seguía haciendo mucho frío. No salía mucho de casa
últimamente, no soportaba las miradas de pena de la gente del pueblo, ni los
recuerdos sobre mi querida Alicia que por algún motivo tenían la necesidad de
compartir conmigo. Como si yo no tuviera suficientes. Suspiro. Demasiados
tenía. Cada uno de ellos como la dulce manzana envenenada de su cuento
favorito. Pero el que moría al morderla no era yo, sino ella. Siempre moría
ella. Claramente el termostato está estropeado, expliqué al técnico cuando vino
a casa mientras me envolvía en mi batín azul por encima del jersey de lana, es
imposible que hagan 24º. Vi como me miraba, extrañado, y como se paraba a
pensar lo próximo que iba a decirme. Álvaro, hace mucho calor en esta casa,
mírame, me he tenido que quitar hasta la camisa. En ese momento me di cuenta de
la camiseta blanca de manga corta que se ajustaba a su enorme barriga. Otro
gordo con sus calores, le dije. Poco más se habló antes de que se fuera. Todavía
sigo sentado ante la ventana por la que le vi irse hace tres horas.
Cada vez hace más frío. La promesa de calor de los rayos del sol no llega a
la fría tierra en la que vivo. Hace un mes que desistí en que me cambiaran la
caldera. Llamé a diez fontaneros de los diferentes pueblos de alrededor, todos
gordos barrigones inmunes al frío por sus innumerables capas de grasa
protectora. Ninguno fue capaz de arreglar nada, que estaba bien decían, que no
hacía frío, que los 27º del termostato no eran ningún error. Incluso uno se
atrevió a llamarme loco cuando me puse una chaqueta más encima de los hombros.
Locos ellos, y el resto del mundo. Desde entonces nunca salgo de nuestra finca,
vivo rodeado de almendros verdes cargados de los frutos que maduran inexplicablemente
con los días, a pesar del frío helado que persiste. Una chica muy amable me
trae la compra una vez por semana. Era una gran amiga de Alicia, había venido
cientos de veces a cenar en las noches tibias de mayo, mientras nos
deleitábamos con el dulce aroma de las rosas en flor del jardín. Ahora era
incapaz de recordar su nombre. ¿Qué importaba? Solo sabía de ella que me tenía
la suficiente lástima como para no dejarme morir de hambre. Pero ella tampoco
tenía ninguna solución para el frío que se había instalado en el mundo y no
quería abandonarlo.
Ha llegado el solsticio de verano. El frío es peor que nunca. Recuerdo como
le gustaba a Alicia las hogueras de San Juan, como bailaba alrededor del fuego
con su vestido largo, y como siempre me extrañaba que las llamas no lo quemaran
al rozarlo con sus dedos finos. Este año también he hecho una hoguera, pero no
para bailar. Hace semanas que la calefacción ha dejado de proporcionar el
mínimo calor que exhalaba antes y ahora tengo que ayudarla con un gran fuego de
leña en la chimenea del salón. Hay un humo persistente en la casa. Sé que la
madera recién cortada no es buena para encender una hoguera, pero hace unos
días se me acabó la leña del invierno. Mejor así, ya no soportaba el verde
esmeralda de las hojas de los almendros, que se burlaban de mi desde la ventana
prometiendo un calor que no existía. El vaho de mi respiración se une a las
incesantes espirales del humo en una danza incesante, como la de Alicia en la
primera noche del verano.
Hace días que no dejo de tiritar. El frío me ha entumecido el cuerpo.
Primero fueron los dedos de manos y pies. Poco a poco perdí sensibilidad,
mientras un color azul violáceo se apoderaba del rosa de mis uñas, igual que el
de las violetas de la tumba de Alicia. Después fue el resto del cuerpo. Por
mucha ropa que me ponga, por mucha leña que queme, nada ahuyenta el frío que se
ha apoderado de mis huesos. Hoy ha venido la amiga de Alicia a traerme la
comida de la semana. Me ha visto las manos de violetas y los temblores que a
penas me han dejado abrir la puerta y se ha asustado. Ha llamado al doctor del
pueblo, que ha venido con urgencia, como si me pasara algo malo. No le he
dejado entrar. Creo que todavía sigue fuera. Cuando llegó solo le hice una
pregunta: ¿sabes cómo hacer que vuelva el verano? El hombre quedó perplejo, intentó responder a la pregunta pero era evidente que no tenía una respuesta. Nadie
la tenía. Ese año el verano había muerto con Alicia y no iba a venir. Todo
había muerto con ella, aunque el resto del mundo se negara a verlo. Solo me queda
el frío.
Aparte de borrar todo el párrafo final en 3ra persona del policía etc he hecho unas mínimas modificaciones al final que destaco en "itálica", Cambio el título de Frío a "Hipotermia" pues este término creo que está más cerca de muerte (aunque no es sinónimo). Para simplificar: de frío no te mueres sin antes pasar por una hipotermia! Espero que María perdone mi atrevimiento!
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