Se sube al
colectivo y se sienta en la parte de atrás, así no tiene que ceder el asiento a
una embarazada o a un abuelo. Homero tiene ganas de ser héroe pero está
cansado. Las piernas le pesan. Siente las medias traspiradas y los pies húmedos
adentro de los botines de casquillo de la construcción.
Mira por la
ventana del colectivo. Mira a la gente: los vendedores ambulantes; los pobres
agolpados comprando juguetes baratos en la estación de Liniers; los chicos de
la calle con la mirada perdida, la ropa sucia y las bolsas de pegamento adosadas a la nariz. Las luces
de la ciudad empiezan a encenderse y todavía falta mucho para llegar a casa,
llegar a casa y volver a empezar.
Le deben
varios sueldos a Homero. Tiene que llegar a su casa ahora, jugando a la rayuela
con la vida y con los edificios, para decirle a su mujer que todavía no le
pagaron. Tiene que ver la cara de su nena, que no sabe, que no entiende, y le sonríe
esperando de él un poco de amor. Y él tiene amor para ella. Como quien estruja
un trapo para sacarle las últimas gotas le sonríe y la besa.
Cenan en
silencio. Cenan en silencio porque no hay palabras cuando la vida se convierte
en un mal irremediable. Dentro de poco hay que volver a empezar. Levantarse temprano,
tomar mate y volver a empezar.
Pocos logran
escapar de la llanura. La vida en estos barrios tiene un limitado número de finales
posibles: por las balas, por la merca, por el sida o al loquero. Para los demás
sólo queda esa gran llanura. Esos días iguales que se cumplen como una condena.
Los bohemios
y los curiosos creen que se escaparon. La verdad es que llevan el barrio
adentro. Los va a seguir siempre porque el barrio es como un gran agujero negro
que al final logra succionar lo bueno que pueda haber en el alma.
Homero solo
espera el fin de semana. El fin de semana pinta asado, vino y alguna raya con
los pibes. Quizás a la noche pueda volver a dormir entre los pechos de Laura,
esos que todavía le pertenecen, esos que cargan con las grietas de una madurez
prematura. El sexo es un trámite burocrático de humedad, un desahogo, un
estornudo triste.
No saben si
se quieren. Cuando se vive en la llanura no se pueden plantear esas preguntas.
En la llanura se lucha, se sufre, se persiste, se trabaja hasta el viernes, se
junta para el asado y la merca y después se vuelve a empezar.
El vino que
no falte, no puede faltar. Es el único lubricante posible cuando uno está
siendo ultrajado por el mundo continuamente. El vino, cada vez más, cada vez
más barato, es lo más cerca que se está de ir de vacaciones.
Los pibes. Todos
se miran a los ojos como si no supieran que no tienen futuro. Nadie habla de
más adelante, nadie hace planes, nadie se va a ningún lado. Homero confunde
estar contento con estar anestesiado. Hablan. Hablan de la situación del país,
de la ruina, de Menem. Hablan para saberse vivos y recordarse entre ellos que
el resto del mundo parece haberlos olvidado.
Si ya se
cansó no siga leyendo. No espere dos giros, ni uno. A Homero se le va llenando
la cabeza de canas y de fantasmas. Sigue esperando que la plata le alcance.
Sigue esperando que no lo despidan y le paguen a tiempo. Desde la ventana del
colectivo nadie parece haber elegido su vida. Todos están ahí, luchando por
sobrevivir en la furiosa llanura.
El barrio adentro... ¡Cuánta derrota! Conmueve. Gracias.
ResponderEliminar