domingo, 2 de febrero de 2020

¡Mala suerte, flaco! (alternativa al ejercicio Nº7)


¡Mala suerte, flaco! (alternativa final al ejercicio Nº7)

Era un día bastante caluroso de fines de noviembre de 1972. Al flaco Rolando se lo llevaron a eso de las 10 de la mañana del estudio fotográfico de la Ciudad Vieja de Montevideo donde lucía con letras grandes y visibles su motto: “En la ciudad vieja con ideas nuevas”. Eso les sonaba peligroso a los milicos.

--Pero Flaco, ¿no me entendés? ¿vos pensás que me gusta tener que hacerte esto? Cantá y chau, mejor para vos y para mí. Mirá, te voy a llevar a un lugar acá mismo en el cuertel donde verás a tus jefes tomando mate y conversando tranquilamente con los míos. A ver si aprendés cómo son las cosas en el mundo real—

El alférez López toma fuertemente del brazo al flaco Rolando que estaba esposado, y lo va llevando hasta otra pieza dentro del cuartel. El flaco está encapuchado y no ve más que el piso y sus pies caminando erráticamente pero sin resistencia por donde lo arrastra López. Siente aire fresco, evidentemente hay una ventana abierta.

--Te voy a correr la capucha para que puedas mirar para afuera y confirmar lo que te digo. Te puse frente a la ventana. Ojo, solo mirá para adelante o te reviento con la cachiporra. ¿Qué ves? ¿No son tus jefes los que están charlando con los míos y compartiendo el mate? —

El flaco mira y queda asombrado. Ve a varios hombres vestidos de paisano junto a oficiales del ejército. Están mateando con algún bizcocho y charlando; son milicos de muchos galones. No están esposados. El flaco los reconoce como cualquier otra persona en aquel Uruguay de fines del 72, constituían la cúpula de los “sediciosos" recientemente capturados (estaba prohibido decir tupamaros) que salían en la TV y en la prensa. Había una serie de rumores entre algún sector de la población que mantenía que no habían sido capturados sino que hubo un pacto entre tupas y milicos (cuando aun se estaba en democracia y no habían dado el golpe ) llevado a cabo en la primavera de 1972. Pero eso nunca se llevó a un plano oficial y para el conocimiento de todos: es obvio que por un lado los milicos tenían que vencer a la sedición mientras que por el otro los tupas jamás podrían haber pactado con sus enemigos. Ambos grupos, y para su reafirmación ideológica, hicieron creer eso a la gente.

--Los viste, ¿no? Y vos te querés hacer el héroe al pedo! Cantá de una vez porque ahora me toca meterte en el submarino. No me gusta, qué querés que te diga pero tengo que hacerlo. Acá no soy nadie y necesito este laburo. Mi viejo era obrero de la construcción y le iba bien hasta que ustedes, los nenes ‘bian’ hijos de estancieros, los ‘fifí’ de Pocitos, y los ‘intelectualoides’ que nunca supieron cuánto pesa una bolsa de Portland, empezaron a joder con lo de la revolución. Mi viejo ya no pudo conseguir más laburo en la construcción, que era lo suyo, ni en nada. Los porteños decidieron que no era seguro invertir su platita sucia en Uruguay y se fueron a Miami. Sí, entonces me tuve que meter de milico. No me gusta, yo soñaba con estudiar y ser arquitecto algún día.

El flaco trata de decir algo mientras López hablaba.

--Ah, querés hablar ahora. Te cagaste con el submarino! El mes pasado se nos fue uno, no le aguantó el corazón. Era un flojito; se ve que nunca estuvo en una hinchada aguerrida como la de Peñarol o la de Aguada. Era de Nacional como vos, un cagón.

Ahora el flaco empieza a balbucear algo.

--Soldado Rivera: espere mi orden para meterlo en el agua—

El flaco Rolando logra hablar y con buen tono dice que es hincha a muerte de Aguada y que no se pierde un partido. Agrega que está preocupado por la hora que es.

--¿Cómo? Así que estás preocupado por la hora… Ja ja, muchachos no puedo creer lo que oigo. Nunca vi nada igual, le vamos a hacer el submarino y dice que está preocupado por la hora—

El flaco vuelve a hablar.

--Ah, sí ahora entiendo. Así que seguís el 64 desde hace meses y tenés una corazonada con la quiniela que cierra las apuestas hoy a las 3. Cabo Pérez: sáquele la plata que tenga y se la vamos a jugar al 64 a la cabeza y combinada también: el 64 con el 46 a los 10 como dice el detenido. Nosotros también vamos a hacer la misma jugada antes de que cierren no sea cosa que este cagón tenga suerte y nos quedemos afuera—

El alférez le da una orden al cabo de segunda Almanzor:

--Cabo de segunda Almanzor: vaya al quiosco y haga la jugada como se la doy en este papelito. Hice ya un detalle de lo que jugamos: vos flaco $34 que es lo que tenías; cabo Pérez $30, soldado Rivera $25, cabo de segunda Almanzor $20 y yo $46. Acá a los milicos nos gustan las cosas claras y justas, nada de matufias. Te prometo flaco que si sale la jugada te dejamos ir como si nada y todos contentos. Ves, hablá de una vez y no tendrás de qué preocuparte—

El flaco se queda quieto y no dice más nada.

--Soldado Rivera: proceda; este tarado no quiere cantar--

Le hacen el submarino varias y repetidas veces. El flaco no puede casi hablar pero en lo poco que sale de su boca repite y repite no que no conoce a nadie de los que le preguntan, que no tiene nada que ver con los tupas. Y el flaco no agrega nada que les cambie lo que ya conocían los milicos.

--Te refrescamos bastante y aún así no querés hablar. Vos, que te la vas de fotógrafo, tendrías que haberte hecho un autoretrato de tu cara cuando te sacamos para que no te nos fueras. Qué cagada, pensar que esta noche veo a mi novia. Ojalá salga la jugada y así la puedo invitar a comer unas muzzas con cerveza. Entonces vos te vas y no tengo que recordar esa cara de mierda que pusiste cuando te sacábamos del submarino para que volvieras a respirar. Me jode tener que hacer esto. Cuando estoy con mi novia se me vienen a la cabeza esas imágenes. Trato de pensar que es un laburo y chau. Hay que seguir adelante—

El flaco quedó hecho un trapo tembloroso luego del prolongado submarino.

--Soldado Rivera: póngale la capucha nuevamente. Luego diríjase al quiosco a ver qué salió en la quiniela de hace una hora. Quién le dice que tengamos que festejar--     

Entonces el alférez López vuelve a agarrar al flaco del brazo y se lo lleva. Lo sigue bien de cerca el cabo Pérez. El flaco se da cuenta de que salen al exterior. Lo hace subir por una escalera de hormigón. Como puede ver para abajo va pisando cuidadosamente los escalones pero López lo arrastra más rápido de lo que él querría. Finalmente llegan a lo que parece ser el borde de un muro. López suelta al flaco y lo empieza a empujar hacia adelante.

--Caminá pa’lante que solo estamos a 6 metros de altura. Esta es la muralla del cuartel y viene del siglo diecinueve. Ya se han caído unos cuantos inútiles pero no será nada para un hincha duro y valiente de Aguada como vos, ¿no te parece? --

Y López lo va empujando de atrás para que el flaco camine por el borde de la muralla encapuchado. Algo ve por debajo de la capucha y eso lo asusta aún más.

--¿Por qué no hablás de una vez? Decime quién es Vicente; hablame de Ramón también. Ya los tenemos a casi todos pero nos faltan algunas células. Vos cantás, te transfiero a otro departamento donde no te van a hacer nada y yo me voy tranquilo a tomar mate y comer alguna ‘fatura’. Y capaz que hasta te invito con algo —

El soldado Rivera volvió con la copia que le dio el quinielero con los 20 números que habían salido. Ni el 64 ni el 46 figuraban por ningún lado. Mala suerte para el flaco que seguía sin decir nada. El pobre flaco Rolando estaba hecho un desastre pero seguía en sus trece: “No conozco a ninguno de ellos y no pertenezco a la orga. Soy fotógrafo y tengo mi estudio fotográfico hace ya algunos años”. Y al decir esto se le ocurrió dónde podía estar la conexión para que lo fueran a buscar: unos días atrás un desconocido más o menos joven había visitado el estudio pidiendo un presupuesto para su casamiento y necesitaba saber cuánto le saldrían las fotos del evento. El flaco Rolando le escribió en el dorso de una tarjeta del estudio donde además estaba su nombre, la oferta: 120 postales 10x15, 10 fotos 18x24 de los novios solos y con los padres, 2 murales montados de 24x30 de la pareja, y 2 en 30x40 a elección de la novia sola o la pareja en la iglesia. Total $ 2,200 Todo en riguroso blanco y negro como se acostumbraba en la época. No se acordaba del nombre que le dijo el posible cliente, obviamente falso, pero seguramente era el Vicente o Ramón que buscaban los milicos. Cuando empezó el interrogatorio antes de la golpiza y tratamiento ulterior vio por debajo de la capucha que el alférez López tenía una tarjeta de su estudio con un presupuesto. Seguro que era la que le había dado a ese cliente.

--Mirá flaco, te hicimos en el correr del día toda la serie completa para que cantaras. No pudimos sacarte nada. Nos hiciste jugar a un número que no salió ni a los 20. No reaccionaste a nada: ni a la cachiporra de goma, ni al tembloroso Cabo Pérez jugando con su pistola Walter martillada en tu pecho, ni a las varias inmersiones del submarino, ni a los pretiles del muro. ¿Qué querés que te diga? O sos un verdadero capo como nunca tuvimos ninguno por aquí o realmente no tenés nada que ver. Me inclino por lo último así que te vamos a largar. Andate a tu casa, tomátela con calma, qué le vas a hacer. ¡Mala suerte flaco! Es como el 64, no salió. ¡Mala suerte para todos! Te tocó esto que es una mierda pero es como la quiniela: algunas personas ganan, la mayoría pierde. Desde el principio te dije que no me gustaba hacer estas cosas pero es el laburo que tengo, qué le voy a hacer. Y además me voy a casar en un mes y medio, necesito la guita, ¿qué puedo hacer? --

El flaco no pierde su buen humor nunca, ni aun en estas penosas circunstancias. Ante el estupor de López lo felicita y le desea que le vaya muy bien en su matrimonio.

--Escuchame flaco: ¿por qué no me tomás las fotos del casamiento? Claro que no necesito tantas, somos gente modesta. Si me hacés un buen precio te contrato ya desde ahora—


Y así el flaco Rolando le sacó las fotos del casamiento a su torturador, el alférez López. Tomó la sidra del brindis (los pobres no llegaban al champaña) y los felicitó. A los pocos días le entregó las tomas impresas, le cobró un precio módico y nunca hablaron del asunto que los llevó a conocerse.

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