2. DOMINGO
Si en el
hospital hubiera calma los domingos, diría que allí hoy se respira una calma de
domingo. Pero en los hospitales no hay calma los domingos. Deja de funcionar la
maquinaria de las batas, eso sí, baja al menos a un ritmo de latencia, pero vuelve
la vida como vuelven las costuras al volver un calcetín. Vienen los nietos a
visitar a los abuelos, sale la gente con el pijama a los pasillos, a los
vestíbulos, a las cafeterías. Se forman corrillos en las puertas y fuman los
pacientes amarrados a los palos de gotero. Chistan las enfermeras para pedir
silencio, se derrama algún vaso de café en el suelo, rugen los ascensores,
se besan las visitas. A veces huele a flores. Si traen algo de calma los
domingos es porque la enfermedad se rinde a los abrazos y al bullicio.
La calma de hoy
no es de domingo, aunque hoy sea domingo. Se filtra esta calma como por alguna
grieta del calendario, y nos sitúa en una coordenada extraña, en un suspenso
triste.
Han acordonado
la entrada y los celadores se resguardan tras una mampara que acaban de
instalar. El guarda de seguridad me da los buenos días y le asoma una sonrisa por
el borde de la mascarilla. Algunas personas salen con el café a la puerta, con
cara de haber dormido pocas horas. Han de identificarse, porque solo se permite
un acompañante por paciente. Lo recuerdan decenas de carteles en las cristaleras,
en las paredes, en los ascensores: si tiene síntomas gripales hágalo saber, protocolo
ante el COVID, cuidado con su tos. Nos miramos todos entre la confianza y el
recelo.
Hay varios casos
nuevos en la planta. El pasillo está desierto. Delante de cada puerta se
disponen los utensilios necesarios para entrar: mascarillas, batas,
guantes, líquido de limpieza. Circulamos todos afanados, con una serenidad que va cargada
de rareza. Quizá con unas ganas contenidas de abrazarnos, no lo sé. Le tomo un
bolígrafo prestado a una enfermera y al instante me arrepiento. Me lavo las
manos, otra vez. Ya no se lo devuelvo.
Salgo a la calle
y me cuesta situarme en el domingo. Pienso en el panadero que está enfermo, que
no estará vendiendo el pan de los domingos (hasta en el pan, el virus). Pienso
en los miles de cajeras que estarán bendiciendo este domingo.
En el coche
escucho a un filósofo que explica que por primera vez nos está pasando algo
real, a todos. Esta es la realidad. Se tensa en mi cabeza el sentido de comunidad hasta que estalla.
Aparco. Un perro
pasea a dos vecinos. Otra vecina fuma en el balcón. Alguien celebra un
cumpleaños. Cantan solo dos voces. Yo me pregunto si se habrán besado.
enganchada a este diario. Me gusta la idea de una realidad oculta que de pronto aparece ante nuestros ojos, el contacto, el boli de la enfermera. El final, esa sucesión de imágenes son versos. NO pares
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