Me
impongo la necesidad de escribir rápido porque todo sucede en estos días
rápido, con urgencia, atropelladamente. No encuentro ahora otra manera de
perseguir los acontecimientos, de devolverle al mundo la solidez que hasta ayer
le creí propia. Ojalá los días me traigan un pensar más reposado, ojalá resuene
pronto un tempo más sereno en mi cabeza y en esta caja negra del COVID.
Ojalá florezca aquí dentro la calma y pueda acompañarme y vibrar conmigo en las
aceras y en las casas de los demás y entre mis manos, que no han perdido su
función de manos. Es, en mi caso, un imperativo moral y también profesional:
mis manos van a seguir tocando las manos de los otros.
Nos
ha venido de pronto la conciencia, una conciencia oscura, espesa. Nos ha venido
como un manto de lava que veíamos fluir con indolencia y que ahora nos
quema en los talones. Aprendemos este oficio y nos sentimos preparados
para hacer frente a lo imprevisto, para aguantar la incertidumbre, para actuar
y hacerlo a tiempo. Pero la realidad se empeña en situarnos siempre un punto
más allá de las coordenadas de dominio. Y entonces todo debe reinventarse.
Contamos con lo puesto: la plantilla de siempre, las prácticas de siempre, los
recursos materiales de siempre, los medicamentos de siempre (el siempre es un espejismo, porque el
siempre, en la ciencia, es un instante, y seguramente el siempre nos adelante y
hasta nos salve). Pero contamos también con la vulnerabilidad de
siempre, y este siempre sí que es absoluto, este siempre es nuestra pura esencia,
que nos disloca de la tecnología suprahumana y también de los microbios subhumanos. Contamos con las manos de siempre, que nos han traído hasta aquí,
y también con la necesidad de que los otros nos sostengan. Y con esta desnudez
de siempre y con lo puesto salimos a hacer frente al virus. No somos un ejército
(ay, las metáforas de guerra), ni somos héroes, ni tenemos una voluntad unívoca,
ni una vocación inquebrantable. Somos frágiles y tenemos miedo y somos recelosos y cobardes. Pero hemos caído en este lado, y en esa aceptación hay
algo, sí, de ejército, de voluntad, de vocación, hasta algo heroico. Una
heroicidad que no nace de nuestra profesión sino de nuestra condición humana (del
mismo surtidor de la miseria): de las manos que compartimos con las cajeras de
los supermercados, con los carteros, con los conductores del metro. Con los
poetas.
Pincharemos
con las manos, y en esas mismas manos nos pondremos guantes, y alcoholes.
Palparemos y percutiremos con las manos. Introduciremos tubos en las gargantas
y presionaremos muchos pechos para devolverles el latido. Manejaremos con las
manos bisturís y abriremos la piel y llegaremos a las vísceras. Activaremos
todo tipo de máquinas y manipularemos toda clase de goteros. Cerraremos, con la
mano, la boca y los ojos de quienes morirán, firmaremos certificados de
defunción e informes de cualquier naturaleza. Y rápidamente las volveremos a
lavar. Las manos.
Querrán santificarnos esas manos, esas manos que cuando no mira el COVID también cometen pequeñas y grandes inmundicias.
Me
miro las manos. Son manos que infectan y que salvan. Manos encrucijada. Me miro las
manos y veo que me tiemblan.
La calma en el hospital parece a punto de romperse.
Decir que es brillante no sería nada nuevo para lo que tú escribes, y lo es inmensamente. Ahora nos agregas emoción a escala sideral! Gracias Gran Pablo!!!
ResponderEliminarMe gusta mucho esta visión de los días a través de las manos, de esa doble vida que llevan, del lenguaje propio que manejan. Empieza como diario pero va cogiendo el aliento del poema.
ResponderEliminarContiene esa paradoja de la que hablamos que debe estar presente en la poesía: las manos que sanan e infectan a la vez. La compañía que nos da la vida y nos la puede quitar.