11. La cara B
Me cruzo con ellos esta mañana en la escalera. Nadie utiliza
ya los ascensores. Él camina delante, con una lentitud casi sagrada. Se agarra
a la barandilla con dos manos y tira, como puede, de un cuerpo que le responde
apenas, todo fragilidad. No le veo la boca, pero logro escuchar una respiración
como de locomotora, en parte por la mascarilla que le cubre media cara, una
máscara industrial, blanca, redonda, que más que una máscara parece un bozal.
Ella sube detrás, con un rostro que es pura desazón. En una mano sostiene una
mochila de oxígeno, de la que sale una cánula que se pierde bajo la máscara de
él. Con la otra, hace malabarismos en torno a la figura de su padre (imagino
que es su padre), como si él fuera un jarrón de porcelana a punto de caer. Me
da la sensación de que pueden llevar siglos en esa tesitura, camino de la
primera planta, donde están las consultas.
Son días de lo insólito los días del COVID. Es como si el
hospital se hubiera dislocado del espacio y del tiempo. Como si todo se hubiera
vuelto del revés y hubiéramos caído al otro lado del espejo, en un ambiente
cósmico, silencioso, glacial. En una asepsia espesa. Entran ganas de abrir
todas las puertas para buscar detrás la realidad. Pero no se pueden tocar las
manillas de las puertas. Tocar está prohibido en tiempos del COVID.
Y detrás de las puertas, aunque no lo parezca, siguen
pasando cosas. Hay gente que espera que le digan que se ha curado el cáncer.
Hay gente que no sabe cómo va explicar que las pruebas salen mal. Hay gente que
viene como siempre a hacerse la diálisis. Hay gente que se pone los guantes
para entrar a operar.
A la vuelta me los cruzo de nuevo bajando la escalera, esta
vez ella delante y él detrás. Vuelven a casa, pienso, después de la consulta.
Puro retrato de la vulnerabilidad.
Y es que en la cara B de este caos sigue la vida.
¿Podremos seguir sosteniendo la vida con las manos mientras
nos libramos con los puños del COVID?
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