9. MASCARILLAS
DE LA PAZ
Estamos en la
guerra y el enemigo es invisible. Lo dice el presidente (tan guapo, tan sereno…
¿cómo dormirá este presidente?). E insiste el presidente: disciplina, espíritu
de sacrificio, moral de victoria. Y cuando entran los tanques, se cae la poesía
y yo me bajo.
De la apolillada
moral de la victoria viene a salvarme (lleva meses esperando en la mesilla) la
enorme Susan Sontag, que nos cuenta que el aprovechamiento de la guerra para
movilizar a las masas confiere una eficacia grande a esta metáfora en todo tipo
de campañas curativas. Nos habla del abuso de la metáfora militar en medio de
la sopa del capitalismo, que se resiste a las llamadas a la ética. Porque hacer
la guerra, dice, es una de las pocas empresas en las que no se pide a la gente
que sea realista, porque en la guerra ningún sacrificio es excesivo.
Qué sencillo es
ir a parar a la idea de la guerra. Será que en el mariposario de ideas de la
guerra podemos entendernos fácilmente. Vemos con claridad al enemigo, la
defensa, la munición. Entendemos llanamente la victoria, las víctimas, el
honor. Pero ojo, no se nos escapen las mariposas y se nos apodere la metáfora.
Ojo no vuele demasiado alto la metralla, porque entonces sí perdemos la guerra.
Lo curioso es que
esto sí que tiene algo de guerra: la organización marcial del hospital, el
equipo de protección, la plantilla de reserva. Pero pienso que la guerra está
en los ojos, la guerra es sólo la epidermis. Y debajo de las pinturas de la
guerra late con solidez el alma del cuidado (la guerra contra el no ser, es el cuidado).
¿Será que nos
falta la educación de los cuidados y es por ello que bebemos de metáforas de
guerra? ¿Qué hay de guerra en una anciana que pasea a su caniche, que limpia la
orina del caniche, que le lava las patas al caniche? ¿Qué hay de guerra en una
madre que amamanta detrás de la ventana? ¿Qué hay de guerra en el joven que
toca una campana en su balcón, a las doce? ¿Qué hay de guerra en subirle la
compra a la vecina, en llamarle a la puerta a la vecina? ¿Qué hay de guerra en
una niña que juega el veo veo en la
terraza? ¿Qué hay de guerra en la enfermera cargada de termómetros, en dos
médicos que se abrazan y lloran? ¿Qué hay de guerra en los cuchillos de las
cocinas de los hospitales? ¿Qué hay de guerra en un enfermo que sonríe y que
agradece aunque no te ve la cara, que te pide que le digas a su madre que está
bien? ¿Qué hay de guerra en las mujeres que invierten el domingo cosiendo
mascarillas de la paz?
En el cuidado, y
no en la guerra, está la auténtica metralla de la vida.
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