martes, 7 de abril de 2020

Microtacto



  Clara se dirigía apurada a su sesión semanal. Había seguido al pie de la letra las instrucciones establecidas por las autoridades, no quería ser descalificada por cualquier minúsculo detalle. Ya se habían dado casos de “Aversión”, como se denominaron oficialmente. Antes de salir de casa, se había lavado su potente pelo negro aplicando en cada una de las zonas craneales el número de rotaciones hacia delante y hacia atrás establecido por ley, seguido de un aclarado con  agua destilada y un secado a propulsión. El pelo era la parte sencilla. El resto del cuerpo sí que suponía una verdadera complicación multiplicada por cada uno de sus pliegues, cavidades o arrugas. Su propio hermano había sido objeto de “Aversión” por no lavarse correctamente las líneas de las manos. Terminada la limpieza, se había enfundado el mono homologado que había recibido en casa el día anterior. En esta segunda ocasión, las cremalleras en forma de rectángulo quedaban dispuestas de la siguiente manera: una en el antebrazo derecho, otra en la palma izquierda y una última en el hombro izquierdo. Tocaba tren superior. Clara esperaba cabeza. Quizás la próxima semana. 


  Con el cuello estirado, la cabeza (la cabeza…) firme y los ojos fijos en otros ojos de  plástico, pasó el reconocimiento facial y entró algo nerviosa en las instalaciones. Guiada por una voz que rellenaba el edificio, recorrió el pasillo hasta detenerse frente a la cabina T7. La puerta se abrió en el mismo instante en el que se enfrentó a ella. De pie, con los brazos y las piernas extendidos  como si se hubiese quedado a mitad de una clase de aeróbic, un nuevo escáner recorrió todo su cuerpo. Comprobado que el cierre hermético del mono había funcionado de manera automática y que las aberturas rectangulares aparecían en las posiciones esperadas, Clara se acomodó en la butaca esponjosa. Al igual que la primera vez, una pequeña persiana se elevó para dejar paso a un fino y largo brazo mecánico encargado de abrir la primera cremallera. Para tratarse de la tecnología más innovadora del planeta, el bracito se tomaban su tiempo. Cada diente que se separaba dejando a la vista su piel producía en Clara un enorme sobresalto, una anticipación que parecía no terminarse. Al fin, el trozo de tejido doblado sobre sí, el trozo de piel expuesto. Retracción del bracito y cierre de persiana. En la pared se formó un círculo que se hundió para dejar paso a una mano. Una mano sin cables, sin tornillos, sin bisagras. Una mano con pulso. Avanzó hasta colocarse a la altura de su antebrazo. Bajó, rozó el vello más alto. Bajó un poco más. Tres minutos de caricias, de caricias institucionales. Tres minutos por rectángulo. 

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