Nos perdimos, dice mi madre cada vez que escucha
una canción en francés. Aleja sus ojos por los cristales sucios de la lluvia
pasada.
Pasa la nube lenta y dice: ¡una ballena, ahora
una paloma, el mapa de Italia!, mientras se desvanece. Mira la calle, y entre
paréntesis piensa, la miro, no sé qué pienso.
Nos perdimos, dice mi madre cada vez que ve a
un nieto jugar con su anillo de casada, todavía entre sus dedos, como el tesoro
de aquella isla que leía, cuando leía.
Nos perdimos, dice mi madre al entrevistador de
la televisión, ella sigue la conservación, comenta la respuesta incoherente de
algún observador de la realidad. Y dice mi madre: que poco le queda al pobrecico.
Nos perdimos, dice mi madre en su decadencia,
pienso en la mía que nunca se ha ido entre estos vestidos que con elegancia y banalidad
llevo, pienso en su decadencia que se eleva
sobre el cielo de la ventana.
Nos perdimos dice mi madre, cuando nos perdimos
de verdad y no quisimos darnos cuenta, ella que sabe. ¡Porque no funciona el GPS!
¡Maldita sea! No blasfemes, me reprende, tranquila, sentada en la parte trasera
de mi último modelo.
Nos perdimos, dice mi madre cuando pago en el
supermercado: dales algo que hagas con tus manos, por el kilo de zanahorias.
Mi madre se pierde, se queda quieta en silencio,
en el centro del pasillo de los lácteos y dice: hace frío ¿No estamos en
agosto, hijo?
Mi madre se pierde mirando muros pintados,
entre pájaros, rostros y frases hechas. Es así como se lucha ahora madre. Como
siempre hijo, como siempre.
Mi madre se pierde fatigada con la mirada
lejana, mientras veo una pequeña lágrima que nubla la ciudad.
Nos perdimos, dice mi madre, me perdí si saber
regresar, las estrellas se fundieron aquella noche.
Hace tiempo que dejé de pagar el recibo de la
luz.
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