martes, 12 de mayo de 2020

Los dientes

Los dientes. Los busco, los voy palpando uno por uno con la punta de la lengua. Sus cúpulas, sus vientres, sus aristas. La lengua tiene memoria de sus imperfecciones, conoce cada una de sus muescas. El calcio de los dientes guarda huellas de la vida que sólo guarda el calcio. El calcio de los dientes encierra más historias que cualquiera de las partes de mi cuerpo. ¡Cuántas cosas en la vida nos pasan por la boca! ¡Cuántas cosas nos tragamos en la vida!

Después, delante del espejo, los busco uno por uno. Los reviso. Me da miedo haber perdido algún diente en el camino. Pienso mucho en este miedo de los dientes, porque es en este miedo donde anida la vejez. El miedo por los dientes nos crece con los años. Los años transfiguran el ansia de los niños por perderlos, el ansia de arrancarlos, esa necesidad tan pura de ver romperse en huecos toda la dentadura de la leche. Los años nos transforman esa alegría dulce de la pérdida en un miedo cargado con aristas. Con todas las aristas que ya no son de calcio, que no son las aristas que ha perdido la triste calavera desdentada. 

Pienso en mi lengua lamiendo una vejez que ya no tiene las muescas de la vida. Pienso en mi vieja  lengua perdida en una boca que se ha tragado dieciséis pares de dientes.

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