No se me
ocurre nada literario, y la nada es así:
No veo porqué relatar el camino de vuelta a casa luego de 20
años de penurias de navegación
sorteando ataques bestiales e inclemencias
mayores que las bíblicas. No pienso en mundos diferentes y terroríficos de
plantas carnívoras con iniciativa propia. No lucho para salir de laberintos
intelectuales perseguido por tristes monstruos indescriptibles. No me veo
transformándome en una piedra consciente viajando por el espacio infinito. No
logro pensar que mis extremidades son como las patas de un insecto barrigón y abominable.
No siento necesidad de contar sobre seres deformados y mutilados que
encontramos en la aventura de la vida, o de la de la muerte. No quiero contar
de mi perro acompañándome en una camioneta en un largo viaje porque no tengo ni
perro ni camioneta. No resbalo por las laderas de montañas a mundos apartados,
mundos aislados donde se cumple aquello de que el tuerto puede ser rey. No
conozco ningún boxeador ni jockey para que me pase el dato y le pueda jugar al
oponente y tener jugosas ganancias. No conozco a ningún torero para admirar su
figura en el ruedo y su miseria borracha y mezquina en la cantina. No tomaré
todos los gintonics necesarios para ver más allá de 700 rinocerontes. No podré
ir a la gran fiesta de los publicitarios de McDonald’s porque no tengo un
Datsun tuneado. No puedo negarme a revisar escritos como me lo pide el jefe
porque no tengo jefe y hago lo que me place. No me gusta que se quemen los
libros porque son caros y si no se leen bien se pueden reciclar para papel
higiénico. No conozco a ninguna dama antigua que pasee su perrito y pueda
describir. No recuerdo un discurso, aquel donde evitaría mencionar a
Shakespeare, para recitar en un baile de Dublín porque nunca estuve allí. No
soy heroinómano a pesar de no haber sido un niño querido ni ninguna droga me ha
amado excepto la ambición de saber más leyendo.
No me surgen episodios con ninfas lésbicas. No imagino
escenas con centauros homosexuales. No necesito saber de las experiencias
angustiosas de jóvenes desfloradas. No veo lolitas en mi entorno, tampoco
pederastas. No conozco depravados necrofílicos. No sé de galanes cinematográficos
que me relaten sus orgías múltiples. No soporto el olor que produce el humo del
cannabis para adentrarme en ese universo popular de neuronas carcomidas. No
soporto a los borrachos que podrían trasladarme a ese mundo de alucinaciones al
que llegan en sus delirios. No puedo beber más de dos o tres medidas de whisky
sin vomitar, aún sosteniendo la firme voluntad de alcanzar sueños etílicos que me hagan
percibir algo fantasioso. No oigo en mi ilusión auditiva una sonata de violín y
piano de Beethoven porque el violinista está muerto y no toco el piano desde
hace 66 años. No encuentro en el gris de
la multiplicidad de sombras ese hilo erótico que alimente mi creatividad
esquiva.
Vuelvo al silestone de la cocina. Una pila de platos y
cacharros que he acumulado desde ayer esperan, tal cual paciente enfermo en
dispensario público. Esperan a que les llegue ese turno que podrá liberarlos de indecibles impurezas.
Pero no son los platos que se liberan sino yo quien se libera unos veinte minutos
de la carga mental de dudar. Voy aprendiendo que pasar la aspiradora y luego la
fregona por todo el piso es una acción asimismo liberadora. Me libera de saber
que el ordenador espera que lo teclee uniendo letras, luego palabras, a su
vez formando frases y luego párrafos para armar capítulos en una obra que tenga
sentido o, que no tenga ninguno. A veces, como dejaba claro Jerzy Kosinski
en Desde el jardín, más importa lo que lectores, críticos y comunicadores
establezcan como sentido que lo que el generador del pensamiento ni siquiera
imagina que ha querido decir. Así, mientras espero que escurran platos, platillos, tazas,
pocillos, cubiertos, cucharones, espátulas, ollas, cazos, sartenes y mi querido
wok me pongo a no escribir nada. La nada es algo interesante pues da para
pensar a pesar de no ser nada. No quiero recordaros todo lo que se ha escrito
sobre la nada a más de ésta, mi reciente contribución para agregar nada a la
nada. Quizá todo sea como decía mi tío gallego, el Ing. Enrique
Fraga Cancela al definir la nada:
“Solo es un cuchillo sin mango al que le falta la hoja.”
Mario A. Navarro. Valencia, 1 de mayo de 2020.
Para refrescar la memoria sobre lo que cito y en el orden
escrito de punto a punto:
La odisea
(Homero), The Day of the Triffids (John Wyndham), La casa de Asterión (Jorge L.
Borges), A Space Odyssey (Arthur D. Clarke), La metamorfosis (Franz Kafka), A
Farewell to Arms y Metralla (Ernest Hemingway-Jesús Zomeño), Travels with
Charley (John Steinbeck), The Country of the Blind (Herbert G. Wells), Fifty
Grand (Ernst Hemingway), The Undefeated (Ernest Hemingway), Setecientos
millones de rinocerontes (Manuel Vilas), Westward the Course of the Empire
takes its Way (David F. Wallace), Bartleby the Scrivener: A Story of Wall
Street (Herman Melville), Farenheit 451 (Ray Bradbury), La dama del perrito
(Anton Chéjov), The Dead (James Joyce), La memoria del alambre (Bárbara
Blasco).
Miles de relatos y films, otros miles de relatos y films,
decenas de relatos y series de televisión, Lolita (Vladimir Nabokov), decenas de
relatos y algún que otro film, cientos de relatos y muchos films, miles de
relatos, muchos más miles sumados a films y dramas, mi propia experiencia, La
sonata Kreutzer (Lev Tolstoi), Cincuenta sombras de Grey (Erika Leonard
Mitchell o sea E.L. James).
Nota: He tratado de mantener los títulos en el original según el idioma en que los leí.
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