¿Nos perdimos?
--Nos perdimos –
dice mi madre
--No creo—respondo
No puede ser, mi madre no se pierde nunca. Es ella quien indica
la dirección a tomar a los otros, ya sean los cercanos, los a media distancia o
los alejados. Mi madre es como omnipresente. Creo que no existe o que existe en
demasía. Es como una elucubración de mi, según ella, imperfecta mente.
--Es a tu padre a
quien buscas, tienes que saber dónde está—me remarca
--Pronto
encontraremos el lugar—contesto sin convicción
Sé que es el número 395 porque ella me lo ha escrito en
un papel; siempre controlando todo. Seguimos caminando. Hay muchos árboles. Son
muy bonitos. Qué le importarían a mi padre esos árboles ahora. Veo que ya estamos
por el número 74 y aumentan en dirección a la pared del fondo. No estamos lejos
pero me siento cósmicamente lejano. Tan lejos como que dudo de si existí como
hijo de ellos. Es así, me siento ajeno y perdido. No he podido captar el sentido
de lo que llaman espacio familiar.
--Me parece que es
allá abajo, ¿no te acuerdas? —dice ella
--Estoy confundido,
todos parecen iguales a la distancia— hablo mientras sigo caminando
Ni siquiera recuerdo haber presenciado el entierro de mi
padre. Estoy convencido de que jamás estuve en ese lugar. Debería aparecer en
mi memoria. Murió apenas hace un año. Tengo que recordarlo, así lo ha decretado
mi madre. Mi mente no encuentra nada grabado del hecho. Solo un flash surge en
mi memoria; es el asco y el horror que sentí cuando me obligó a dar un beso en
la frente del cadáver antes de que cerraran el ataúd. No era mi padre, era el
envase descartable al terminar su uso de alguien que fue mi progenitor. Los
envases PET se reciclan, son útiles; estos otros no son PET. No tienen más
función que servir de reliquia a aquellos que no pueden recibir lo intangible
del amor, del odio, de la compasión, de la misericordia, de la creatividad, del
humor, del drama, de la picardía, del deseo, de la bondad, de la amabilidad, de
la intolerancia, de la comprensión, de la sapiencia, de la ignorancia, de la armonía, del caos, y de toda la pasión que nos lleva a la belleza y la alegría
en la vida.
--Ahh, allí está el
395. El de la tercera hilera—aclara mi madre al llegar
--Sí, hemos
llegado—murmuro con hastío
Mi mente vuela en el tiempo; vuela al pasado cuando
visitamos juntos algunas catedrales. Vimos los dedos momificados de San
Mengano, el brazo incorrupto de Santa Sutana, el rostro de húmedos ojos que lloran ocasionalmente de Santa Fulana. Al salir de una de esas iglesias mi padre me dice en
voz baja para que su mujer no oyera:
--“Me gustaría
conocer el templo de Casanova, quizá exhiban como reliquia su miembro viril
petrificado”—
La parafernalia necrófila le resultaba detestable; lo
mismo que las reliquias de las iglesias. Aprendí varias cosas de mi padre.
Aprendí que los cadáveres no tienen relevancia, son envases que se descartan una
vez que cumplieron su función. De mi madre aprendí que ella nunca se podía
perder.
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