martes, 19 de mayo de 2020

¿Nos perdimos? (Ejercicio Nº 17)



¿Nos perdimos?

--Nos perdimos – dice mi madre
--No creo—respondo

No puede ser, mi madre no se pierde nunca. Es ella quien indica la dirección a tomar a los otros, ya sean los cercanos, los a media distancia o los alejados. Mi madre es como omnipresente. Creo que no existe o que existe en demasía. Es como una elucubración de mi, según ella, imperfecta mente.

--Es a tu padre a quien buscas, tienes que saber dónde está—me remarca
--Pronto encontraremos el lugar—contesto sin convicción

Sé que es el número 395 porque ella me lo ha escrito en un papel; siempre controlando todo. Seguimos caminando. Hay muchos árboles. Son muy bonitos. Qué le importarían a mi padre esos árboles ahora. Veo que ya estamos por el número 74 y aumentan en dirección a la pared del fondo. No estamos lejos pero me siento cósmicamente lejano. Tan lejos como que dudo de si existí como hijo de ellos. Es así, me siento ajeno y perdido. No he podido captar el sentido de lo que llaman espacio familiar.

--Me parece que es allá abajo, ¿no te acuerdas? —dice ella
--Estoy confundido, todos parecen iguales a la distancia— hablo mientras sigo caminando

Ni siquiera recuerdo haber presenciado el entierro de mi padre. Estoy convencido de que jamás estuve en ese lugar. Debería aparecer en mi memoria. Murió apenas hace un año. Tengo que recordarlo, así lo ha decretado mi madre. Mi mente no encuentra nada grabado del hecho. Solo un flash surge en mi memoria; es el asco y el horror que sentí cuando me obligó a dar un beso en la frente del cadáver antes de que cerraran el ataúd. No era mi padre, era el envase descartable al terminar su uso de alguien que fue mi progenitor. Los envases PET se reciclan, son útiles; estos otros no son PET. No tienen más función que servir de reliquia a aquellos que no pueden recibir lo intangible del amor, del odio, de la compasión, de la misericordia, de la creatividad, del humor, del drama, de la picardía, del deseo, de la bondad, de la amabilidad, de la intolerancia, de la comprensión, de la sapiencia, de la ignorancia, de la armonía, del caos, y de toda la pasión que nos lleva a la belleza y la alegría en la vida.

--Ahh, allí está el 395. El de la tercera hilera—aclara mi madre al llegar
--Sí, hemos llegado—murmuro con hastío

Mi mente vuela en el tiempo; vuela al pasado cuando visitamos juntos algunas catedrales. Vimos los dedos momificados de San Mengano, el brazo incorrupto de Santa Sutana, el rostro de húmedos ojos que lloran ocasionalmente de Santa Fulana. Al salir de una de esas iglesias mi padre me dice en voz baja para que su mujer no oyera:

--“Me gustaría conocer el templo de Casanova, quizá exhiban como reliquia su miembro viril petrificado”—

La parafernalia necrófila le resultaba detestable; lo mismo que las reliquias de las iglesias. Aprendí varias cosas de mi padre. Aprendí que los cadáveres no tienen relevancia, son envases que se descartan una vez que cumplieron su función. De mi madre aprendí que ella nunca se podía perder.

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