sábado, 26 de octubre de 2019

ejercicio 3 vicen tormo "Blackey"



BLACKEY
El padre reunió a la familia y les dijo:
–Esto no tiene pinta de cambiar y hemos gastado ya nuestros ahorros. Las cosechas se han perdido. La de chufa, la de patata, y la más importante que nos daba el sustento para gran parte del año, la de naranjas –mandarinas, clementinas, late y las sanguinelli– víctimas de las heladas; lo intentamos con los caquis y tampoco pudieron resistir el frío. Estoy desesperado y vuestra madre también. Según los expertos se ha producido un doble cambio climático que ha vuelto tarumba a las propias estaciones. El pasado año tuvimos un calor sofocante hasta el mes de noviembre ¿os acordáis que era inaguantable? Gastamos muchísimo dinero en aire acondicionado. Luego vino la lluvia y con la bajada de temperatura vino la nieve.  Seguimos en pleno mes de julio sin parar de nevar, de esto ya hace siete meses. El termómetro no pasa de los dos o tres grados de temperatura los días soleados. Según dicen los expertos es a causa de la lluvia ácida que se está produciendo en los países escandinavos. Yo no me creo nada. La Conselleria de Agricultura y Pesca tampoco nos ha informado. En el pueblo estamos todas las familias igual. Esto jamás había sucedido en Museros ni en ningún otro pueblo de las comarcas de l’Horta Nord. Por eso os he reunido para deciros lo que vuestra madre y yo hemos pensado hacer a ver si os parece bien. Lo único que tenemos es la madera de nuestros queridos frutales. Hemos pensado arrancarlos, cortarlos y venderlos al mejor postor. Esto nos dará para aguantar apenas un mes más. El precio de la leña ha subido bastante pero a pesar de ello todo el mundo va a hacer lo mismo. Los árboles están muertos y no tienen otra utilidad. Tú, Xavi, querías seguir con tus estudios musicales pero a partir de ahora no vamos a poder pagarle a Mario, tu profesor de fagot, ya se lo explicaremos. Tú Marta, hija mía, tampoco podrás seguir con tu carrera en la universidad.
La madre estaba llorando desconsoladamente junto a su marido sin poder mirar a sus hijos. Los hermanos escucharon atentamente hasta que el padre terminó. No parecían estar muy afectados. Se miraron. Marta le hizo un gesto a su hermano mayor. Éste tomó la palabra:
–Sabemos lo que está pasando y queremos agradeceros el esfuerzo que siempre habéis hecho por nosotros. El trabajo duro de llevar los campos y de vender la fruta es un negocio con pocos beneficios y lo sabíamos. Ahora queremos ser nosotros Marta y yo los que ayudemos y no nos importa paralizar los estudios y arrimar el hombro en estos momentos tan difíciles. Marta ya ha empezado a trabajar en las pistas de hielo que han instalado en la playa de la Malvarrosa. Es la nueva moda. La ciudad se ha transformado en apenas unos meses. Los jóvenes quieren practicar deportes de invierno–esquí de fondo por el cauce del Turia o snowboard, los mayores quieren hacer “curling” que es como la petanca pero sobre hielo, los más pequeños por supuesto quieren patinar–las nuevas pistas están a rebosar y necesitan personal, no pagan mucho pero algo es algo. A mí me ha salido un trabajo conduciendo un quitanieves en Puzol, siempre pensé que sacarme el carnet de conducir camiones podría servirme en el futuro y mira por dónde los de Autopistas-Aumar me lo han pedido como requisito.
La madre por fin pudo mirar a sus hijos y a pesar de seguir llorando esta vez era de alegría. Se llamaba Elvira. El padre se llamaba Juan. Elvira y Juan se abrazaron a Marta y a Xavi. De repente “Blackey” que estaba tumbado junto a la estufa se les quedó mirando sorprendido. Como si se hubiera enterado de la conversación empezó a aullar desconsoladamente, se puso a cuatro patas y soltó una retahíla de ladridos potentes. Marta se acercó a su perro, lo agarró por la cabeza, le dio unos besos y dijo:
–¡Blackey también quiere trabajar, ja, ja, ja!
Elvira no pudo evitar una carcajada que se fundió con las lágrimas que todavía poblaban su rostro. Entonces mirando al pastor alemán le soltó:
–¡Pues nada Blackey te veo tirando del trineo de la leña!
Todos rieron sonoramente.

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