sábado, 26 de octubre de 2019

PROPUESTA 3. NO, ASÍ NO


NO, ASÍ NO

-Hola, cómo estás papi? Qué susto me diste el otro día- dijo entrando en el comedor la menor de sus ocho hijos con fingido aire despreocupado -Pensaba que te quedabas ahí...-
Para la comodidad de los padres, ya muy mayores, los hermanos solían reunirse cada viernes por la tarde en la casa familiar. Ese día, Piper llegó la última. Salvo a Rachel, la mediana, no le había contado a ninguno de ellos lo que les había sucedido en el hospital unos días antes mientras ella le hacía compañía en la habitación. Ni siquiera a la madre. Era ya el tercer ingreso del padre en dos meses meses por el agravamiento de su acostumbrada bronquitis invernal. Resultó ser uno de los daños colaterales de la insuficiencia respiratoria que sufría por los 40 años que vivió pegado a la colilla de un Ducados. Cada invierno, el frío y la humedad traspasaban una a una las cuatro capas de ropa con las que se paseaba por casa con sorprendente dignidad. No tardaba en aparecer la tos, después el resfriado, luego la falta de aire y por último la bronquitis. Durante esos meses, muy a pesar de las necesidades de la madre, el padre salía poco a la calle y le costaba dormir por las noches por la continua necesidad de incorporarse para buscar el aire como un pez desesperado al que sacan del agua. La falta de sueño la compensaba con siestas de dos horas bajo una manta en el sofá tumbado sobre su costado izquierdo con las piernas encogidas encima de una mesita. 
El malestar solía mejorar en verano, pero ese año, a pesar de que se agotaba el mes de julio, el calor no llegaba. 
El frío no se iba. Parecía hincharse invadiendo sin piedad cada calle, cada hogar, cada cuerpo. Como un cobrador sin escrúpulos, el helor le recordaba a aquel anciano padre de tan vasta prole cada año que llevaba viviendo de prestado. Tras casi nueve meses sin una cálida tregua, el esfuerzo de sus agotados pulmones por robar algo de oxígeno al aire helado empezaba a no ser suficiente. Pitidos en el pecho, sensación de asfixia y la visión del borde del abismo le llevaban de nuevo a la cama del hospital.
Aquel día, a la hora de la comida, mientras Piper le hacía compañía en la habitación, le sirvieron al padre una sopa en la cama. Al intentar tragar la primera cucharada se atragantó y arrancó a toser confiando en que lo controlaría como cualquier otra persona. Tosía y paraba sin el menor atisbo de duda acerca de que se le pasaría. Tanto lo creía que, ante la admirada pero temerosa risa de Piper y entre carraspeos, sentado muy recto y con el puño en alto, el altivo padre, teatralizando su propia agonía, comenzó a recitar de viva voz:

“!AGARRADO AL DURO  BANCO
DE UNA GALERA TURQUESA
AMBAS MANOS EN EL REMO…!”

Recitaba y tosía.
Piper empezaba a preocuparse y le propuso avisar a una enfermera mientras le daba al botón de aviso que había en la pared sobre el cabezal de la cama, pero él se negaba y seguía recitando. 
Recitando y tosiendo.
Piper, cada vez más inquieta, insistía en llamar, pero a su padre, apuntalado patriarca de descendientes y hermanos, su entrenado orgullo le impedía pedir ayuda. 
Siguió entonces recitando y tosiendo sin parar hasta que la tos le ganó la batalla a Góngora y se agarró a su garganta impidiéndole respirar. Su cara empezó a amoratarse por la asfixia. Desesperado, intentó levantarse agarrado al catéter insertado en su muñeca con el miedo y la sorpresa reflejados en sus ojos muy abiertos. Piper, desafiando el bloqueo de sus piernas por la indecisión y el miedo, voló hasta el mostrador del pasillo y arrastró hasta la habitación a las perezosas enfermeras que habían ignorado la llamada. Mientras una sujetaba al padre por los hombros, la otra le desenredaba el catéter y la que parecía la jefa, al fin, logró colocarle las cánulas nasales unidas al tanque del aire a través de un cable de plástico. Mientras Piper le agarraba la mano tan fuerte como quien intenta evitar que la la corriente del río arrastre a un ahogado, el tiempo pareció detenerse unos segundos en el sonido constante del flujo de oxígeno avanzando hacia sus pulmones. 
-¡No!, así no- Suplicaba en silencio la hija menor a su padre esperando el veredicto.
Y así, sin permiso ni consenso, le devolvió de nuevo a la vida.
Y así, sin permiso ni consenso, le condenó de nuevo a la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario