domingo, 27 de octubre de 2019

Una tregua


Se caen a pedazos las maderas podridas de la estación de tren del Olimpo. Tantos siglos de descuido después, las tejas parecen roídas por ratas gigantescas. Las vías siguen funcionando gracias al sostén que les da la tierra y aunque los vagones del tren estén cada vez más destartalados, el camino al inframundo sigue intacto.
Como cada año, durante todos estos siglos, Démeter se despide de su hija Perséfone con un beso en la frente. La angustia de madre se le vuelve piedra en la puerta del pecho, las lágrimas de diosa le dibujan líneas trasparentes en la piel y propician en el mundo las lluvias del otoño, que instalan el frío irremediablemente.
La historia de los dioses del Olimpo se mantiene tristemente inalterada desde el surgimiento de religiones-mono: monoteístas, monogámicas y monotemáticas. Las diosas y los dioses siguen haciendo las mismas cosas, cayeron irónicamente en su propia trampa sisífica, dando al mundo el mantenimiento mínimo necesario para que los seres que sí existen se enteren que lo que diferencia a los dioses griegos de los actuales, no es el nivel de perfección, sino la cualidad humana de sus deseos.
El inframundo es un lugar de hielo en el fondo de la tierra en el que siempre huele a gas. Las estalactitas y las estalagmitas parecen azules castillos gélidos en medio de la oscuridad, brillan húmedos como los ojos de Démeter viendo el tren alejarse de la estación. En el inframundo hay infiernos como almas condenadas existen, cada uno diseñado para que no sea posible escapar de la repetición.
Perséfone confió en su tío, por eso comió las semillas de granada, no sabía que quien probaba algo en el inframundo estaba por ello destinado a quedarse. Su padre, Zeus, no supo protegerla.
Démeter sufrió tanto por su hija que el invierno se posó sobre la tierra el tiempo en el que Perséfone estuvo secuestrada por su tío Hades, sufrimiento destinado a repetirse cada vez que regresara al inframundo.
Zeus había alcanzado un equilibrio en la negociación con Hades sobre la propiedad de Perséfone: ella pasaría un tiempo con su madre, para que la tierra diera frutos, y otro tiempo gobernando el inframundo con él como su esposa. Amada tanto por todos, estaba condenada a vivir entre el Olimpo y los infiernos.
El viaje en tren al inframundo era el único lugar en el que Perséfone podía pensar el algo distinto a las necesidades de su madre o las de su tío: se preguntaba ¿Qué harían sus amigas las ninfas del bosque cuando sobre la tierra cayera el frío? Pensaba también en su padre, ¿En qué animal se estaría convirtiendo? ¿Para copular con qué mujer? ¿Tener qué tipo de hijos? Tenía la imaginación más fantástica del Olimpo: se imaginaba que se soltaban las amarras divinas del minotauro, que se cortaba el hilo de Ariadna y que a Narciso le crecía una verruga negra en la punta de la nariz.
Deseaba que la eternidad la sorprenda en ese viaje en el tren destartalado, quería escapar como ser a su destino de cosa. Vivía su propio infierno y también una tregua: el viaje. Entonces cerró los ojos y se imaginó que danzaba al compás que marcaba el cambio de colores de la aurora boreal, que jugaba con las luces verdes de neón natural de las aguas del mar, que recorría las constelaciones montada en una estrella fugaz.
Cuando el tren llegó al inframundo, la estrella fugaz cayó en picado sobre los hielos que adornaban los paisajes gélidos del mundo de los infiernos, levantando una nube de bruma y astillas de cristal que inundó el reino de los muertos, congelando todo lo que en él se encontraba: los ríos de la pena, el odio y el olvido; Cerbero, el perro de tres cabezas de Heracles; se congelaron las almas de los héroes condenados, las de los helenos y los pobres sin amigos ni familia. Se congeló Perséfone, justo donde quería, en un asiento del tren destartalado. Ahí se congelaron sus ensoñaciones y sus instantes.
Se prolongaría sobre la tierra el invierno el tiempo que tardara en descongelarse el mundo de los muertos, y después, todo empezaría de nuevo.

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