EL
GENIO
El
día que maté a Rafa recibí la llamada de su entrenador.
Había practicado tantas veces a lo largo de 7 años esa conversación que arranqué con mi
discurso casi antes de que él me anunciara la noticia. Entre la rabia y las
lágrimas que percibía en su tono, resonó en mis oídos la frase que iba a
cambiar radicalmente mi vida. En 20 días empezaba la Copa y yo era el siguiente en
la lista de los mejores.
Rafa era el primero. Y yo, el segundo. El que jugaría en su
lugar y lideraría el equipo.
Salvo las dos finales que perdí contra él, había
ganado todos los partidos jugados en los últimos dos años. Y ahora ésto. Desde luego, estaba
en racha.
Guardé
silencio unos segundos para disfrutar del momento y después de fingir una profunda
tristeza le agradecí su confianza asegurándole que trabajaría duro, que no se
arrepentiría.
Después
de 7 años de manos estrechadas ocultando la humillación, soportando en silencio
los exagerados elogios en los medios, en la opinión
pública y hasta en mi entorno familiar hacia cada gesto suyo, cada discurso, cada excentricidad del genio, por
fin había llegado mi momento.
Sí,
puede que su muerte me diera un poco de pena y puede incluso que hasta me
cayera bien y que sintiera una profunda admiración por su revés, pero después
de toda una vida pegado a una raqueta renunciando a tener una existencia normal ¿acaso no merecía yo también un momento de
gloria antes de mi retirada?.
Me
sobresaltó la voz de Rafa deseándome suerte desde su banquillo.
Cerré
de nuevo los ojos por un segundo, respiré hondo y me preparé para sufrir de
nuevo una lenta y agónica muerte en 3 sets.
Al
menos en mi sueño él sólo moría una vez.
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