Al abrigo del granado, agachado, abrigó la
esperanza de escapar del agarre de su asesino.
Lentamente se desangraba. No gritó. No
había lágrimas. Ni siquiera un gruñido. Abotargado sentía el agarrotamiento de
sus miembros. Rígidas las manos, trataba de alargar los dedos sin lograrlo. Bajo
los párpados se extendió una gruesa tela. Sentía su piel pegarse a sus huesos. Se
vaciaba. Su contenido se descargaba y se extendía a su alrededor. Él que
siempre anduvo erguido, orgulloso de su grupa, ahora renegaba de su negra
fortuna.
Durante años en la élite, con un pasado
egregio, era la envidia de sus adversarios. Agraciado en su porte, grácil al
tiempo que enérgico en sus movimientos, nunca había dejado a nadie indiferente.
Generoso en sus ademanes grandilocuentes, se regocijaba y regodeaba de las
derrotas ajenas. Sumaba victorias como enemigos se iba granjeando.
En otros tiempos engreído, quien otrora
fuera un aguerrido jugador, era ahora ingerido por un ejercito de hormigas. Grotesco
final para el regente de las pistas de tenis.
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