martes, 22 de octubre de 2019

Propuesta 3: Los dientes y las garras


He visto morir, uno tras otro, a todos los habitantes de Sisedo. Te digo morir porque quiero ser preciso, aunque también podría contarte que los he visto matar. Pero el matar no se sostiene si no es sobre los hombros del culpable, y ya no hay aquí espacio ni para la culpa. Ya ves. La culpa, que anida en la sangre de la víscera. Ya ni eso nos queda. Esto no es más que un erial de huesos congelados. De astillas de huesos congelados. 

Sisedo no fue nunca un ejemplo de virtudes, eso es cierto. No se puede esperar otra cosa de un lugar como este, empujado fuera de los mapas, de la historia, en este valle imposible. Es una cuestión puramente darwiniana, tú lo sabes: cuando no hay pan para todos, se desdibuja el límite entre mentir y cooperar. Sin embargo, afectos y deslealtades convivieron en un código pacífico hasta ese día en que no llegó la primavera y dejó definitivamente de haber pan.

Al principio, no sé si lo recuerdas, a duras penas percibimos las señales. Tú y yo salíamos a pasear en los márgenes del día, mientras Marina dormía (o eso creíamos). Subíamos barranco arriba, hacia la loma, y oteábamos de lejos la masía del Tuerto y sus vacadas. Bajábamos también por el valle, intuyendo apenas el camino de Minuerga, que quedaba sepultado bajo el hielo en los días más duros del invierno. Sisedo sobrevivía entonces en un equilibrio casi milagroso.

Mediaba ya marzo, y en sus amaneceres latía una insólita quietud: ni los zorzales, ni las alondras, ni los petirrojos habían llegado a romper la burbuja helada del invierno; los cerezos, donde siempre despuntaba la promesa del buen tiempo, parecían haberse congelado. Era una premonición incómoda que iba tomando consistencia en cada una de nuestras escapadas. He pensado después que aquella angustia nos iba creciendo quedamente en la conciencia como si hubiera suplantado al agua, a ese rumor de agua que, por esas fechas, se tendría que haber ido apoderando del silencio del invierno hasta el estruendo irrevocable del deshielo. Nunca más conocimos el deshielo.  

La gente no tardó mucho en comprender que aquello era definitivo. Acostumbrados como estaban a la crudeza del invierno, hubo una falsa calma mientras quedaba en los hogares leña y harina y restos de matanza. La cosa cambió cuando perdimos la electricidad: fue, acuérdate, el día en que aquel olmo colosal se vino abajo y se llevó consigo los cables de la luz y la vida de Jacinto, destrozando su tractor y la pala quitanieves con la que heroicamente pensaba despejar el camino de Minuerga. Allí quedó Jacinto, bajo una nevada implacable que hizo inútil cualquier intento por darle sepultura. Ni incinerarlo pudimos para evitarle al menos acabar siendo alimento de los lobos. Quedó allí, allí lo dejamos, pero el caso es que en las semanas sucesivas un aroma a carne asada tomó las calles de Sisedo igual que un mal presagio. Los corrales estaban esquilmados, los perros empezaron a  desaparecer. Las escopetas aguardaban tras cada puerta y llegó  el día en que los lobos pasaron a ser lo menos preocupante. El hombre, tú lo sabes… El hombre es el lobo para el hombre. 

Marina permanecía impasible a pesar de todo aquello. Llevaba años sumida en esa indiferencia con la que pretendía castigarme por lo del Tuerto. Ni siquiera entonces, en ese estado de excepción, era capaz de abandonar su desdén, como si con ello redoblara la venganza. Pero una noche la vi descomponerse, cuando en plena madrugada aporrearon nuestra puerta y encontramos, al abrirla,  una vaca degollada que alguien había arrastrado hasta allí en mitad de la tormenta.
  
Sin ninguna otra referencia temporal, la llegada de esa ofrenda fue marcando, puntual, el paso de los meses en este invierno eterno: los golpes fortuitos en la puerta; la res tendida, que clandestinamente arrastrábamos al patio, donde tú ibas dando cuenta de las vísceras mientras Marina y yo la despiezábamos en un ritual atávico. Después yo me acostaba y ella pasaba el resto de la madrugada en vela, mirando por la ventana barranco arriba, hacia la loma del Tuerto, de donde veinte años atrás la traje de vuelta a casa antes de hacerle saltar a él el ojo izquierdo de un disparo de escopeta. No te negaré que más de una noche, en medio de este invierno impenitente, sentí la tentación de esperarlo de nuevo con el arma cargada. Pero el hambre, a veces, tú lo sabes, puede más que el honor.

La noche que despareció Marina los dos nos volvimos locos. Nos despertó un soplo de nieve en pleno dormitorio. La puerta estaba abierta y la tormenta se había apoderado de la casa. En plena madrugada recorríamos el pueblo dando voces, apedreando las ventanas, disparando a cada sombra. Recuerdo que aullabas con desesperación. Olías cada palmo de la nieve en busca de algún rastro. Anduvimos extraviados hasta el amanecer, barranco arriba: la masía del Tuerto estaba abandonada. Ni una sola vaca. Ni un signo de vida. Tan solo unos rescoldos en la chimenea. Hicimos arder toda la casa y volvimos a Sisedo, esta vez ya sin honor.  

Ahora, míranos, no queda ya ni espacio para el rencor en este pueblo. Ni la culpa, ni el rencor, ni la virtud: tan solo un hambre y un frío carnales que nos unen, a ti y a mí, en una misma especie. En una especie que lucha por la vida.

Mi escopeta no tiene munición. No sé quién será el último en saciarse. Solo nos quedan ya los dientes, y las garras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario