¿Y ahora qué?
Luisa estaba sentada en la camilla de un box de hospital. Su madre se sentaba en una silla a su lado. Miraba al médico. No podía verle la cara. El doctor hablaba, Luisa veía su boca moviéndose, pero no oía nada. ¿Qué había pasado? Apenas sentía su propio cuerpo, no sabía que hacía allí. Esa mañana se había levantado pronto para ir al instituto, a las 8:00, como todos los días. Su madre apartó la vista del doctor durante un instante y la miró con ¿Preocupación?¿Miedo? ¿qué le habían hecho? Luego bajó la vista y Luisa siguió su mirada hacia su mano. Estaba hinchada y de color violáceo. Probó a moverla, pero un dolor agudo le cortó la respiración durante unos segundos, haciéndola salir de su estupor por un instante. Su madre volvió a prestar atención al medico.
- …fractura…hematomas en brazos y piernas…corte en el interior de la boca…
Con cada palabra suelta que oía decir al doctor su cuerpo respondía con un nuevo dolor, como si las heridas despertaran de su letargo a medida que el medico las llamaba por su nombre, al igual que sus compañeros de clase cuando el profesor pasaba lista a primera hora de la mañana. Ella se sentaba en la parte delantera del aula, cerca del profesor, pero también cerca de las ventanas, apartada de todas las miradas. Todos los días rezaba para hacerse invisible, para que nadie reparara en ella. Luisa no creía en Dios, no creía que nadie escuchara sus súplicas, porqué todos los días la veían y entonces empezaba la pesadilla. Solían pasar dos o tres horas hasta que Susana se fijaba en ella, las primeras horas solía dormir al fondo de la clase. Luego se acercaba y le decía “Hola boca de hojalata”, y después empezaba con la tortura que se le hubiera ocurrido aquel día. Quemarle los brazos con su mechero, arrancarle pelo a pelo de su cabeza, atarla con celo a la silla… Cada día se volvía más creativa. Los profesores intentaban castigarla y llamarle la atención, pero la mayoría de las veces no veían nada. Luisa siempre se preguntó si le tenían tanto miedo como ella.
Una enfermera le estaba vendando la mano, el doctor ya no estaba y solo quedaban ella y su madre en la sala. Nadie hablaba. La enfermera empezó a curarle el resto de heridas leves.
¿Había pasado por fin? ¿Se había cansado Susana de jugar con ella y le había dado una paliza? No se acordaba de nada. Todo aquello había empezado 5 meses atrás, cuando le habían puesto aparato. Un mes después se había armado de valor y entre sollozos le había contado a su madre su penosa vida en el instituto, mientras tenía en mente las amenazas de Susana si se atrevía a chivarse. ¿Era por eso, de alguna forma se había enterado que se había ido de la lengua, que había confesado su tortura?
Ahora estaban en el coche. Pero no en su coche. Su madre se sentaba a su lado y evitaba deliberadamente no mirarla. Entre los asientos traseros y el conductor, había una reja. Su boca le sabía a sangre y los puntos de la mejilla interior se enredaban con sus brakets metálicos.
Defiéndete. Defiéndete había contestado su madre mientras volvía su mirada a las revistas que ojeaba antes de que Luisa empezara a hablar. Defiéndete. En opinión de su madre era imposible que los adultos hicieran nada en cosas de críos como ese. A una chica así, solo se le podía vencer enfrentándose a ella. Luisa nunca había sido capaz, no era de ese tipo de persona. A lo que su madre le respondió con un resoplido desdeñoso. Defiéndete.
Estaban en una sala gris, con una mesa gris en el centro con tres sillas también grises. Un hombre de uniforme hablaba delante de ella y de su madre. Luisa solo oía silencio, como si aquel hombre no estuviera allí, como si solo fuera un mal sueño y estuviera a punto de despertarse. Pero no se despertó, sino que silencio se convirtió en susurros, y los susurros en palabras
- …Susana esta en el hospital, los médicos dicen que está fuera de peligro pero…
Defiéndete. Esa mañana Susana había aparecido en clase mostrando orgullosa sus brakets nuevos y relucientes, sonriendo con complacencia a todo aquel que mostrara interés. Todos alababan lo valiente que había sido al ponérselos y le decían lo guapísima que iba a estar cuando se los quitaran, a lo que ella respondía que incluso con aparato, seguía igual de guapa que siempre. Luisa sonrió por primera vez en mucho tiempo, por fin se había acabado todo. Dos horas mas tarde, sintió que una persona se acercaba por su espalda y le susurraba al oído: “Buenos días boca de hojalata”. Oyó el chasquido del mechero y el calor en su nuca. Defiéndete.
El policía seguía hablando. Más silencio en los oídos de Luisa. Defiéndete. “Creo que por fin lo he hecho mama, me he defendido” Casi se le escapa una sonrisa. Había conseguido librarse de Susana, era libre, ya no tendría miedo todo estaba bien y…
- …por tanto deberá ir a un reformatorio.-Concluyó el agente.
Aquellas palabras sí que las oyó, claramente. La alegría que había sentido se desvaneció. En un instante su cuerpo y su vida se vaciaron por completo dejándole solo una sensación de vértigo. ¿Y ahora qué?
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