Recordad que empezaremos la clase comentando los relatos que quedaron por comentar.
Selene Trips
Es el año 2040 y el escritor Manuel Vilas tiene setenta y ocho años. Se mira en el espejo y se acuerda de un mito cinematográfico del siglo XX: King Kong. No puede remediar que el recuerdo de King Kong le suma en una vasta melancolía. Tiene que salir del cuarto de baño, que es el sitio en donde le ha asaltado el recuerdo de King Kong, y sentarse sobre la cama. De King Kong está viendo ahora mismo una sonrisa espantosa. Abre la gaveta de la mesa de su habitación y encuentra una fotografía de su perro Golo, que vivió entre el año 1995 y el año 2009. Llama, de repente, King Kong a su antiguo perro Golo. «¿Dónde estás, amor mío?», grita Vilas en mitad de su sofisticada habitación: madera de cerezo bajo sus pies con calcetines de fibra de eucalipto normando. Mira las fotografías de Golo y una gota de plomo hierve en su corazón. Recuerda películas antiguas en donde los niños moribundos acertaban a ver a sus perros muertos corriendo sobre un ejército de nubes blancas apostadas sobre la eternidad y una lluvia de helado de vainilla descendía del Cosmos abierto e iluminado.
«Dios será un perro, tendrá una cabeza de perro», grita un Vilas de setenta y ocho años en mitad del pasillo de su casa. Vilas regresa al espejo y se sigue acicalando. Se pone colonia Kenzo. Otra vez le vuelve a castigar un comando de neuronas memoriosas. Se acuerda de la primera vez que olió esa colonia, de la primera vez que compró un frasco de Kenzo. Fue en el aeropuerto de Barajas, mientras esperaba un vuelo para Lyon. Vilas tiene que darse prisa con su acicalamiento, se le está haciendo tarde. Se acerca una noche más de este año 2040. Es la noche deteriorada, físicamente enferma, que contiene en sus poros el desvanecimiento de todas las civilizaciones, que contiene la expresiva lucha del hombre contra la inexpresividad de la materia, que contiene la memoria histórica como única —y por tanto ridícula— fuerza de gravedad, que contiene las grandes legiones de muertos que se supone hollaron una vez la puerca Tierra, que contiene el error, el tumor, el esencial desbaratamiento de la cordialidad de la materia frente a la inteligencia humana. Está la televisión encendida, en un canal de Historia. Una historiadora guapísima sale hablando del franquismo. Vilas la oye, dice algo así como:
Ya lo sabemos prácticamente todo sobre el franquismo; sabemos que Francisco Franco fue, en términos de realismo histórico, el verdadero fundador de la democracia, su misión chamánica —desconocida para él mismo, de ahí que fuese una misión chamánica— fue crear la clase media española; por eso desde hace ya unos años, ningún historiador de prestigio discute la rehabilitación de la figura de Francisco Franco; el realismo histórico supera la vieja escuela de historiadores en donde la ideología jugaba un papel determinista.
Vilas se queda mirando a la joven historiadora. Las nuevas televisiones sí son realistas, puedes oler la carne de quien te habla desde la pantalla. Vilas acerca sus ojos a la piel de la historiadora. Acerca la mano hasta su boca. Huele bien la historiadora. Huele a almendros, a mar y a viento libre. Pero el viejo Vilas se acuerda del franquismo. El viejo Vilas sabe que el franquismo no fue, en realidad, un régimen político sino un régimen psiquiátrico. Nadie convoca a la psiquiatría como es debido. La psiquiatría es la madre de la Historia. La locura colectiva como una forma de orden político. Llama desde su móvil a la televisión (es una televisión interactiva) y dice eso, dice «locura y martirio psíquico como existencia política verdadera». Y se graba. Y sale esa frase, durante unos segundos, debajo del rostro de la hermosa historiadora. «Pero ¿dónde está Francisco Franco ahora?» Vuelve a llamar y dice esa frase y sale esa frase debajo de la historiadora. No está llamando nadie a ese programa, sólo él, por eso no tiene que esperar a que salgan sus comentarios, que aparecen prácticamente en tiempo real. Si revelara su identidad…
Va Vilas a una lectura de su poesía, en una institución cultural muy prestigiosa llamada Juan Carlos I. Es una institución que se fundó a la muerte del monarca, ocurrida en el año 2028. La gente estaba tan orgullosa de Juan Carlos I que el gobierno tuvo que hacerle monumentos en todas las ciudades españolas: en Granada, en Zaragoza, en La Coruña, en Madrid, en Sevilla, en Murcia, en Córdoba, en Santiago de Compostela, en Málaga, en Valladolid, en Soria, en Segovia, en Ciudad Real, en Alicante, en Zamora, en Orense, en Badajoz, hasta en Barcelona y en San Sebastián. Pero no bastaron los monumentos. Hubo que crear una institución de contenidos culturales. De hecho, en la práctica, la Fundación Juan Carlos I tiene ya más prestigio que el Instituto Cervantes, muy en decadencia este último desde que aparecieron los métodos cerebrales insertivos para el aprendizaje de lenguas, métodos que, aunque no suponían ningún avance consistente, se pusieron de moda y produjeron una gran crisis en el sector de la enseñanza de idiomas. Recuerda Vilas la primera vez que cenó con Juan Carlos I. El monarca había leído su novela Aire Nuestro.
En esa novela Vilas hablaba mucho de Juan Carlos I, fantaseaba con la monarquía. Así que Juan Carlos I quiso conocer a Vilas y lo invitó a palacio. Fue una cena caprichosa y delirante. Ocurrió un día de junio de 2012. Lo primero que le dijo Juan Carlos a Vilas fue esto: «Vilas, eres la polla, pero una polla homérica, me he partido el culo leyendo tu bendita novela». Recuerda muy bien la frase, porque Vilas pensó que iba a decir, por coherencia, «jodida novela» y no, lo que dijo fue, como si de un experto en los contrastes literarios se tratase, «bendita novela». Vilas observó que en la mesa había cuatro cubiertos. Juan Carlos le dijo a Vilas: «Mira, Vilas, como cenar solos los dos, por mucha sintonía que tengamos, por mucho buen rollito que seamos capaces de alcanzar, puede ser un coñazo, tío, he invitado a estas dos gacelas primorosas», y señaló a dos chicas que en ese momento hacían su aparición. Recuerda Vilas que nunca pudo estar más de acuerdo con el Rey, porque, efectivamente, él había pensado lo mismo, «por muy buen rollo que tengamos, cenar con un Rey puede ser psíquicamente agotador», de modo que la presencia de las chicas actuó como un bálsamo en la parte social del cerebro de Vilas. «Las dos quieren ser poetas, como tú, Vilas», dijo el monarca. Una se llamaba Graciela y era mexicana y la otra se llamaba Roberta y era neoyorquina. Las dos eran muy guapas, pero, inexplicablemente, estaban obesas, y las dos se sentaron en las rodillas del monarca, no sin que éste sintiera crujir sus piernas. Juan Carlos les dijo: «Palomitas, palomitas, esta noche hemos invitado al Diablo, para que nos enseñe los secretos de la Historia». Supuso Vilas que el Diablo era Vilas. Luego cenaron arroz con bogavante y bebieron tres botellas de Blecua. Las chicas comían mucho, por eso Juan Carlos les decía: «Comed más arroz, comed más, palomitas, palomitas, están preparando más arroz con bogavante, podéis comer hasta reventar». Juan Carlos I le dijo a Vilas: «He hecho que las chicas leyesen también tu novela, para que te pregunten cosas y se enteren de la conversación». Vilas recuerda que Roberta le dijo algo extraordinario, le dijo que su madre fue la presidenta de un club de fans de Johnny Cash en Brooklyn, y que Cash visitó dos veces la sede del club, y que su madre se consideraba amiga de Johnny Cash. En ese momento, Juan Carlos I mandó traer una guitarra acústica y Roberta, que también era fan de Cash, se puso a cantar The Man Comes Around.
Cantaba bien, quizá por su obesidad. «Ves, tío, como tu Aire Nuestro habla de Johnny Cash,yo te he traído a esta tarada, lo digo en broma, lo de tarada, que lo digo con cariño, vamos, para que te cante una canción», dijo el monarca. Pero la tarada obesa cantaba tan bien que Vilas se emocionó. Luego hubo más cenas con el monarca, pero nunca fueron como la primera vez. De hecho, ahora mismo piensa Vilas que tal vez, dado el tiempo transcurrido, esa cena sea algo irreal, porque recuerda que Juan Carlos I le dijo que estaba convencido de que la vida privada era una ficción más del capitalismo, y que eso se notaba muy bien tras leer Aire Nuestro.
Juan Carlos le dijo esto: «Tienes
razón, jodido Vilas, yo estoy aquí para dar cobertura histórica a
las ficciones del capital, y lo hago de puta madre, y tú estás aquí
para narrar lo bien que yo hago mi trabajo, por eso te he invitado a
cenar; y tú también haces muy bien tu trabajo, que consiste en
contar lo bien que yo hago mi trabajo, y mi trabajo consiste en decir
lo bien que hace su trabajo el capital, y el trabajo del capital
consiste en hacernos creer que estamos haciéndolo todo de puta
madre; y como tú bien sabes, bendito Vilas, nada de esto es
despreciable, es lo más lejos adonde hemos llegado como especie,
como civilización, como pueblo, como socialismo». La cena fue
disparatada. Luego jugaron al juego de las prendas. Recuerda que
acabaron en calzoncillos y las chicas en tanga, unos tangas
gigantescos. A Graciela y Roberta les colgaba la carne, pero eran
hermosas, eran como árboles con ramas torpemente gruesas. El Rey
acariciaba las grasas colgantes de Graciela y Roberta con una ternura
misteriosa. Finalmente, alguien del servicio privado del Rey entró
en escena y la fiesta se acabó. El Rey se marchó bruscamente. Y
Vilas se quedó con las chicas y aún hubo tiempo, mientras se
vestían, de acabar con una botella de champán y de que Roberta
cantara Redemption Song.
Aprovechó Vilas la marcha del Rey para acariciar los michelines de las dos chicas, y sintió un frescor muy agradable en la mano, una gravedad y un frescor al mismo tiempo. Dos coches estaban esperándolos, dos coches muy distintos. Ellas se fueron en uno, y Vilas en el otro. El coche de ellas —recuerda Vilas— era mucho mejor que el suyo. El coche de ellas era un Audi A8 y lo conducía un chófer con corbata; y el suyo un Seat Toledo viejo y lo conducía un taxista madrileño mal vestido, gordo y sin afeitar. Entendió Vilas la ironía real en el reparto de automóviles y de conductores; esa ironía le hizo cierta gracia, aunque le malhumoró cuando lo pensó dos veces y le acabó de hundir en la rabia más absoluta cuando el taxista le dijo que nadie le había pagado la carrera previamente. Para colmo, el asiento del Seat Toledo tenía un costurón y el coche olía mal, a gasolina tal vez. Eran las cuatro y media de la madrugada de un mes de junio lleno de fuerza. Después de pagar la carrera, y ya enfrente de su casa, el taxista le dio a Vilas un cedé. «Me han dicho que le dé esto.» Subió a su piso. Era un cedé de audio. Puso el cedé en el reproductor. Se oyó una voz:
Mis antepasados degollaron a miles de personas como tú, bendito Vilas. Sediciosos inútiles, vagos, insociables de todas las categorías. Y fueron degollados con las garantías de la Historia. Y ellos aceptaron ser degollados porque eran conscientes de que estaban producidos de manera defectuosa, porque los hombres son como los coches. Esto se lo dijo a mi padre el gran Alfonso XIII, a quien se lo dijo, joder, ahora no me acuerdo de quién se lo dijo, míralo en Wikipedia, jodido Vilas, hazme el favor, el que viene antes de Alfonso XIII, ya ni me acuerdo de quién es, será Alfonso XII, digo…
Después del discursito venía una canción de Julio Iglesias. Acabada la canción, seguía otro parlamento, pero no era la voz de Juan Carlos I. Era la voz del actor de doblaje español que pone voz castellana en las películas americanas a la estrella Robert de Niro. De modo que Vilas estaba verdaderamente encantado. Le estaba hablando el cabronazo de Robert de Niro:
Ya sabía yo que te encantaría que te hablara con esta voz. Monarquía y Martin Scorsese mezclados, ideal para el SuperVilas. Mira, SuperVilas, yo te quiero. Creo que eres el único súbdito que aún ama España. Porque tú amas España, ¿no, mariconazo? Yo soy el único padre que te queda. Necesitamos un Padre. Yo soy el tuyo. Buenas noches, hijo mío. Tu padre te ama. Tu padre daría su vida por ti.
Vilas tuvo que ponerse un whisky. De Niro sonando en su reproductor, con mensajes del rey de España, era como si alguien hubiera decidido ampliar su novela Aire Nuestro. En la siguiente pista, sonaba una canción de Franco Battiato. Sin duda, todo era perfecto en ese cedé. Parecía un fragmento de novela vilasiana. Puso la siguiente pista:
Perdona lo del Seat Toledo. Pero es que tenía que recordarte de dónde vienes. Ni uno solo de tus antepasados valió la pena en el único sentido que la Historia reconoce como gravedad: la santidad, el crimen y la tiranía.
Ahora se oía la banda sonora de la película Solo ante el peligro.
Se podía escuchar la canción Do Not Forsake Me, Oh My Darling.
Aprovechó Vilas la marcha del Rey para acariciar los michelines de las dos chicas, y sintió un frescor muy agradable en la mano, una gravedad y un frescor al mismo tiempo. Dos coches estaban esperándolos, dos coches muy distintos. Ellas se fueron en uno, y Vilas en el otro. El coche de ellas —recuerda Vilas— era mucho mejor que el suyo. El coche de ellas era un Audi A8 y lo conducía un chófer con corbata; y el suyo un Seat Toledo viejo y lo conducía un taxista madrileño mal vestido, gordo y sin afeitar. Entendió Vilas la ironía real en el reparto de automóviles y de conductores; esa ironía le hizo cierta gracia, aunque le malhumoró cuando lo pensó dos veces y le acabó de hundir en la rabia más absoluta cuando el taxista le dijo que nadie le había pagado la carrera previamente. Para colmo, el asiento del Seat Toledo tenía un costurón y el coche olía mal, a gasolina tal vez. Eran las cuatro y media de la madrugada de un mes de junio lleno de fuerza. Después de pagar la carrera, y ya enfrente de su casa, el taxista le dio a Vilas un cedé. «Me han dicho que le dé esto.» Subió a su piso. Era un cedé de audio. Puso el cedé en el reproductor. Se oyó una voz:
Mis antepasados degollaron a miles de personas como tú, bendito Vilas. Sediciosos inútiles, vagos, insociables de todas las categorías. Y fueron degollados con las garantías de la Historia. Y ellos aceptaron ser degollados porque eran conscientes de que estaban producidos de manera defectuosa, porque los hombres son como los coches. Esto se lo dijo a mi padre el gran Alfonso XIII, a quien se lo dijo, joder, ahora no me acuerdo de quién se lo dijo, míralo en Wikipedia, jodido Vilas, hazme el favor, el que viene antes de Alfonso XIII, ya ni me acuerdo de quién es, será Alfonso XII, digo…
Después del discursito venía una canción de Julio Iglesias. Acabada la canción, seguía otro parlamento, pero no era la voz de Juan Carlos I. Era la voz del actor de doblaje español que pone voz castellana en las películas americanas a la estrella Robert de Niro. De modo que Vilas estaba verdaderamente encantado. Le estaba hablando el cabronazo de Robert de Niro:
Ya sabía yo que te encantaría que te hablara con esta voz. Monarquía y Martin Scorsese mezclados, ideal para el SuperVilas. Mira, SuperVilas, yo te quiero. Creo que eres el único súbdito que aún ama España. Porque tú amas España, ¿no, mariconazo? Yo soy el único padre que te queda. Necesitamos un Padre. Yo soy el tuyo. Buenas noches, hijo mío. Tu padre te ama. Tu padre daría su vida por ti.
Vilas tuvo que ponerse un whisky. De Niro sonando en su reproductor, con mensajes del rey de España, era como si alguien hubiera decidido ampliar su novela Aire Nuestro. En la siguiente pista, sonaba una canción de Franco Battiato. Sin duda, todo era perfecto en ese cedé. Parecía un fragmento de novela vilasiana. Puso la siguiente pista:
Perdona lo del Seat Toledo. Pero es que tenía que recordarte de dónde vienes. Ni uno solo de tus antepasados valió la pena en el único sentido que la Historia reconoce como gravedad: la santidad, el crimen y la tiranía.
Ahora se oía la banda sonora de la película Solo ante el peligro.
Se podía escuchar la canción Do Not Forsake Me, Oh My Darling.
Vilas adoraba esa canción. Recuerda
Vilas ahora que ha recordado las palabras «novela vilasiana». Tal
vez fue la primera vez que pensó en novelas vilasianas. Guardó el
cedé. Aún lo tiene. Hizo copias. Pero nunca se lo dejó escuchar a
nadie. En la última pista Juan Carlos I usaba la voz del actor de
doblaje que daba vida castellana a Gary Cooper. Imaginó que sería
un imitador. En cualquier caso, era la voz española de Gary
Cooper:
Necesitamos la bondad como fundamento histórico de la nueva literatura española. Vilas, tú que has estado solo ante el peligro, te nombro mi ayudante.
Tú descubriste una de las grandes alienaciones de la inteligencia humana: creer que existe el tiempo histórico, que existe la Historia.
Sabe Vilas que pronto morirá. Y aun así, acepta ir a esta lectura en la Juan Carlos I. Es más que una lectura; es un acto publicitario, en donde se va a presentar a la prensa un traje espacial. Piensa Vilas que aún podrá enamorar a alguien, metido en su traje espacial, y con sus setenta y ocho años. A una mujer tal vez. Piensa que aún podrá deslumbrar a alguien. Y no es absurdo ese pensamiento. Setenta y ocho años ahora son nada. Muchos lemas publicitarios invocan esa edad como una edad de plenitud. Un amigo suyo acaba de ser padre y se ha casado con una chica de treinta y dos años. No siente ninguna envidia. Una mujer de treinta y dos años puede llegar a ser tan estúpida como un hombre de treinta y dos años. Nunca pudo con la estupidez. En justicia, nunca pudo consigo mismo. Aún le ponen nervioso sus propios poemas, y eso que es un hombre que ya no le teme a nada, un hombre viejo que conoce los parasoles del final de la existencia: los parasoles que impiden la llegada de las voces, de los pensamientos, de la vida de los otros. Le pone nervioso su exhibicionismo moral, el exhibicionismo de su poesía de principios de siglo. Qué tiempos aquellos, qué horrorosa estaba España entonces. Se acuerda de los finales de la primera década del siglo XXI, de los años ocho y nueve, especialmente. Se acuerda de la mala suerte que significaba para un escritor español haber nacido en España, de lo bueno que hubiera sido para un escritor español nacer en Estados Unidos; no obstante, todo siempre puede empeorar, y peor sería haber nacido en Nairobi o en Bolivia. Se acuerda de que entonces llegó a pensar que lo mejor que le podía acontecer a un escritor español era pasar, de manera camuflada, por un escritor estadounidense. Se acuerda de la cultura oficial de entonces, de aquellas tiranías literarias e intelectuales, que desaparecieron cuando la economía española, en 2014, despegó y se colocó en los primeros puestos mundiales debido al descubrimiento inesperado o milagroso de enormes pozos petrolíferos en la provincia de Soria, que fueron detectados con nuevas técnicas prospectivas. Los pozos de Soria reventaron la economía mundial. Luego el petróleo se extinguió, pero eso fue ya muy entrada la década de los años veinte. Hubo tiempo suficiente para que España alcanzase una renta per cápita muy superior a la de Francia y Alemania. Fue célebre el suicidio del ministro francés de Economía cuando España, finalmente, desplazó económicamente a Francia en el G-5. El ministro alemán de Economía, en vez de suicidarse, dimitió. El retraso estético y literario de España resultó que era una cuestión económica. En esos años, en el intervalo de tres lustros, seis escritores españoles ganaron el Premio Nobel de Literatura. Y uno de ellos era negro. Y fue gracias al petróleo y no al talento. Y el petróleo, que sepa Vilas, también es negro.
Pero Vilas piensa ahora que es estúpido ir a esta lectura, aunque es una lectura de la que va a estar pendiente la prensa cultural internacional, pues Vilas es uno de los siete seleccionados. Vendrán también escritores jóvenes a saludarle con entusiasmo teatral. Querrán que lea sus relatos, sus poemas, sus novelas. No saben nada. No saben que son jóvenes. No saben que sus huesos están nuevos, que sus ojos tienen una garantía de cuarenta años, que su boca huele a luz y a fuerza. Aun así, va a la lectura, al acto de promoción de la cultura española, y tendrá que ponerse el traje espacial. Su hija Valentina le llamó por teléfono para decirle que si se ponía el traje espacial, dejaría de hablarle y no permitiría que viera a su célebre nieta Mariana. Valentina aprovecha cualquier cosa para amenazarle con prohibirle ver a su nieta, pero lo que quiere es dinero, más dinero, es insaciable y derrochadora, con una ludopatía y un amante y un marido a cuestas. Vilas tiene una gran devoción por su nieta Mariana, que ya es una escritora famosa. Fue una niña muy especial, con sólo diez años había escrito dos novelas breves y una docena de cuentos espléndidos. Con catorce años ganó el Premio Planeta, con la magnífica novela Padres asesinos.
Fue un notición que una niña de catorce años se convirtiera en una narradora consumada, pero España o el Mundo son así. Vilas se había casado tres veces, y las tres veces fueron un fracaso. Valentina era fruto de su segundo matrimonio. Valen, como la llamaban familiarmente, no le perdonó a su padre que abandonara a su madre, que se llamaba Esmeralda. Ésta no superó que su marido la abandonara y se suicidó. Vilas lo pasó mal. Pero se volvió a casar, con una chica de veinte años que se llamaba Anaconda Ácida, y era artista de rock. Aún seguía casado con ella, pero aunque hacía años que no se veían, ella tuvo tiempo de mandarle un e-mail diciéndole que si aceptaba el paripé de los poetas que viajan a la Luna, ella no tendría inconveniente en hacer públicas algunas intimidades del célebre viajero a la Luna. A Vilas le importaba poco lo que Anaconda Ácida dijera. Era una colgada, una anarcocósmica. Todo el mundo sabe que los anarcocósmicos son unos tarados, unos salvajes que están todo el día fornicando y mirando al cielo, con la intención de convertir al cielo al anarquismo. Sí le dolía lo de Valentina y Mariana. A veces tenía la sensación de que su vida sentimental había sido diseñada por algún escritor imbécil de principios de siglo, algún bastardo que le odiaba más allá del tiempo y del espacio. Todas sus mujeres querían joderle el viaje a la Luna. Tal vez se preocupasen por él. Tal vez pensaban que estaba mayor para semejante aventura. Tal vez todo era una historia ridícula, y querían impedir que hiciese el ridículo. Sin embargo, recuerda que estuvo muy enamorado de Anaconda Ácida, de su pelo rubio especialmente. ¿Puede un hombre enamorarse sólo del pelo de una mujer, del pelo rubio de una mujer? Parece ser que sí, a condición de que esos cabellos sean de oro. El oro sobre las cabezas desiertas, ése es el misterio.
Piensa Vilas que la experiencia no da la libertad. Sigues haciendo lo mismo pese a que sabes que vas a dejar de hacerlo en breve tiempo, en muy breve tiempo. Porque no se puede hacer otra cosa. Pero le vendrán muy bien los euros que le van a pagar por esta lectura y por esta promoción. Está muy bien pagada esta lectura de sus poemas. Mejor no decir cuánto. Es un escándalo que paguen tanto. Se ha hecho los análisis médicos correspondientes. Y los médicos le han dicho a Manuel Vilas, al casi octogenario Manuel Vilas, que sí, que puede. Que haga el viaje con cuidado, que no se exceda en las comidas y en las emociones, y le han recetado unas pastillas especiales para este tipo de viajes. Es verdad que podría haberse pagado el viaje sin necesidad de ese exhibicionismo occidental, ya casi decrépito. No cuesta tanto. Se lo podría haber pagado como un turista más. Ya se han fletado casi treinta viajes turísticos a la Luna, y la seguridad y el éxito están garantizados. Algún amigo suyo escritor se lo ha reprochado en la intimidad, le ha reprochado que se prestase a esa mascarada de enviar a los siete mejores poetas de la Tierra a la Luna, pero Vilas sabe que esos reproches acaban siendo fruto de la envidia. Hay una conjunción extraña en el pensamiento de Vilas: la alegría del viaje, la alegría del dinero y la posibilidad de que, finalmente, consiga enamorar a alguien en el acto al que va a acudir dentro de unos momentos. Enamorar a alguien, como cuando era joven.
Ha vuelto a llamar a la compañía, ahora, en este instante, cuando sólo quedan veinte minutos para que vengan a buscarlo, para que le lleven a una sala llena de gente que quiere escuchar sus poemas y que quiere que les hable del viaje a la Luna, que comente algo de sus colegas internacionales: algo de la poetisa rusa, algo del premio Nobel francés, algo de la italiana, heredera de Dante, que diga cosas, que hable de la Luna, que explique qué se siente al saber que van a ser los primeros poetas de la Historia en pisar la Luna. Les ha preguntado a los de la compañía si conseguirá dormir bien, si se duerme bien sobre la Luna, y les ha recordado —cosa que constantemente hace su hija Valentina— que él es el escritor de más edad, de bastante más edad, de la expedición, y recordarles y enfatizar este asunto le ha resultado humillante, pero más humillantes son la muerte y el dolor. Sí, le han asegurado, sí, si toma las pastillas que le han prescrito. Ha vuelto a preguntar por los efectos secundarios de las pastillas. Vilas sigue amando su vida, no le gusta sufrir, ni le gusta el insomnio, ni tolera la más mínima molestia, porque es imperdonable la más mínima molestia, y esto último piensa Vilas que es un triunfo absoluto del capitalismo sacralizado. Los de la compañía Selene Trips le han dicho que no había efectos secundarios. La directora de Selene Trips, Madonna Ruiz de la Prada, ha hablado personalmente con él. Le ha dicho: «Señor Vilas, soy una devota de su obra literaria, y he de decirle que he preparado su viaje a la Luna con el máximo empeño, con la máxima meticulosidad; sé que usted, amado poeta, va a ser feliz allá arriba; se merece estar allí, al lado de los ángeles, si es que existen los ángeles (ha habido risas en este momento)». Vilas se ha preguntado que qué tal estaría la Madonna esta. No obstante, las palabras de Madonna Ruiz de la Prada le han resultado inquietantes. Y que le llamara «amado poeta» le ha resultado asfixiante y sospechoso. Igual quieren asesinarle, hay lectores locos por ahí. Una vez, hace unos años, Vilas visitó a la célebre vidente francesa Annie Ernaux (había sido también escritora). Annie era una anciana entonces, pero la videncia era su nuevo don. Annie se tomó un whisky con Vilas y luego cogió sus manos en la famosa (famosa entre los espiritistas) habitación azul de su casa de Niza, que era donde ella trabajaba. Ernaux se asustó mucho con lo que vio. Le dijo que veía la obra de Vilas editada más allá de la Tierra. Había visto un libro de Vilas leído por una criatura que no era humana. Que la criatura extraterrestre leía el español a la perfección y que dicha criatura se aprendía un poema de memoria del propio Vilas. Y Ernaux entró en trance entonces y consiguió arrebatar a la criatura extraterrestre el poema de Vilas que estaba leyendo, y lo recitó bajo un estado inconsciente. Ernaux le dijo que podía ver la cara del extraterrestre que estaba leyendo el poema. Era una cara de color azul y esto estaba ocurriendo en el año 756.234 después de Margón, y que Margón equivalía más o menos a Cristo. Sólo que Margón era una mujer. El margonismo se equipararía
mutatis mutandis al cristianismo. Había que tener en cuenta que Margón, en vez de morir en la cruz, murió electrocutada. Y que Margón también resucitó al tercer día. Ernaux temblaba. Bebieron más whisky. Vilas le preguntó a Ernaux si el extraterrestre entendía la soledad humana, característica temática del poema de Vilas que el extraterrestre estaba leyendo. Ernaux le dijo que no es que la entendiese, es que la hacía suya. «Es un grado de solidaridad con la literatura y con el arte que no conocemos», dijo la Ernaux. Vilas se quedó fascinado, pues era fascinante tener lectores más allá de la Tierra. Y era evidente que esto acabaría ocurriendo. Ernaux, como si hubiera oído sus pensamientos, le dijo a Vilas que era uno de los pocos poetas españoles que había accedido al mundo extraterrestre. Había otros dos: Jorge Manrique y Federico García Lorca. «Tu lector extraterrestre te está invocando cada vez que te lee; prácticamente, querido Vilas, tienes una vida garantizada más allá de la Tierra», dijo Annie. Annie y Vilas hablaron mucho rato, bebieron bastante y discutieron apasionadamente sobre una nueva dimensión de la literatura más allá de nuestra galaxia, sobre un futuro en el que la literatura extraterrestre y la literatura terrestre interaccionasen, sobre el desvanecimiento del concepto de historia de la literatura universal, sobre los nuevos simposios y congresos y seminarios que analizarían y estudiarían las literaturas intergalácticas, sobre las nuevas cátedras de universidad especializadas en poesía extraterrestre. Vilas preguntó a Ernaux por los derechos de autor en el mundo extraterrestre. Pero Ernaux se quedó dormida en ese momento, por efecto del whisky.
Entiende Vilas que su próximo viaje a la Luna ha motivado este remoto recuerdo de aquel día en que Annie Ernaux le dijo que las mentes extraterrestres adoraban su literatura. Pero esa adoración, de qué sirve, piensa Vilas, es decir, de qué sirven los grupis extraterrestres. El concepto de lector es un concepto terrestre y occidental. Qué puede hacer un extraterrestre con la poesía de Vilas. ¿Enamorarse de Vilas? Y eso qué significa.
Vilas está feliz con este viaje. Quiere ver la Luna. Ya no es una novedad, pero va a ser un privilegiado, no todo el mundo puede acceder a un viaje así. Piensa en qué pensaría su padre si supiese que va de viaje turístico-literario a la Luna. Le gustaría podérselo decir a su padre. Padre, tu hijo va a la Luna. Pero ya no se acuerda de su padre, ni sabe si en realidad tuvo un padre alguna vez. Sin duda, su padre tendría que estar orgulloso de él, pero el orgullo por lo que hace un hijo también tiene unos parámetros históricos muy determinados, en consecuencia sería difícil que su padre encontrase ese viaje como un motivo de orgullo. No entendería nada. El concepto de prestigio es cambiante. Todo fue una idea de la esposa del nuevo presidente de los Estados Unidos. La esposa del presidente ama la poesía. Lo hace público siempre que puede. Es una apasionada de la poesía. Es una amante loca de la poesía de Walt Whitman. Es ella la que ha financiado un viaje a la Luna para los poetas más prestigiosos de la cultura occidental. Irán siete poetas. Un poeta norteamericano. Un poeta francés. Un inglés. Un alemán. Un italiano. Un ruso. Y un español. Y Vilas es el español. Al principio del proyecto, se barajó la posibilidad de que fueran dos poetas norteamericanos. En cuanto al caso de la poesía en español, cabe mencionar que hubo un gran poeta argentino que a punto estuvo de imponerse en las votaciones finales sobre el candidato español. Vilas pensaba que perdía su viaje a la Luna, pero a la postre contó con el voto de un crítico literario alemán, que vio en la poesía de Vilas un enaltecimiento de la materia muy superior al expresionismo subjetivo e irracional del poeta argentino. Dijo el crítico que Vilas estaba más preparado para la épica, y que la misión de «los siete dioses» era eminentemente épica.
La primera dama quiere que los siete poetas escriban un poema a pie de Luna. Quiere siete poemas en siete lenguas que hablen de la Luna en su más plena realidad, en su exactitud completa. Por fin la poesía hablará de la Luna desde la Luna. Ya no habrá metáforas ni símbolos, sino realidad. Tres mil años de poesía que sólo soñaba o inventaba o fantaseaba con la Luna caerán desvanecidos como sombras el mes que viene, cuando la flota de los siete mejores poetas del planeta alcance la Luna. La expedición se llama «los siete dioses». La presidenta de la Juan Carlos I ha insistido en que el traje espacial de Manuel Vilas lleve el anagrama de la institución. Esta tarde, después de la lectura de sus poemas, la presidenta hará público ante la prensa cultural española e internacional el diseño del traje espacial de Manuel Vilas. Cada país se ha tomado el diseño del traje espacial muy a pecho. Se han filtrado a la prensa fotografías de los modelos rusos. Todas las naciones implicadas han hecho del diseño del traje espacial de su poeta una cuestión de Estado. Se especula sobre el carácter excepcional que tendrá el diseño del traje de Italia. La primera dama ha hecho declaraciones muy expresivas: «La Luna será conquistada por la poesía; la humanidad está unida, forma un solo cuerpo, y ese cuerpo es el cuerpo de la poesía; el viaje de los siete dioses representa el instante inaugural de la nueva alianza de naciones; sabíamos que este momento estaba inscrito en el espíritu de la poesía, desde Homero; creo que el espíritu de la Grecia clásica, el espíritu homérico, alcanzará su máximo esplendor cuando los siete dioses pisen la Luna».
Verá la Tierra desde la Luna, verá la danza de los hombres sobre los mares y las montañas, la danza inexistente. No verá ni a su padre ni a su madre ni a su perro Golo porque ya no existen, porque no existieron nunca. Intuye Vilas que la percepción del tiempo pasado cambiará, tiene que cambiar. Tiene que haber una forma de entender el pasado que sea respetuosa con la propia inexistencia profunda del pasado. Tendrá que haber una tecnología del tiempo, que supere la ficción de la Historia. Por otra parte, Vilas, una vez que pise suelo lunar, se verá obligado a creer que existe la Luna. Tendrá que creer que existe la Tierra, pues la verá allá lejos, como un globo inerte, insípido, azulino, perdido, irresponsable, inconsciente. Ése es el gran misterio de la materia: su irresponsabilidad. La irresponsabilidad va más allá del nihilismo. La irresponsabilidad introduce la luminosidad de la fiesta, de las fiestas inertes. Tendrá que creer que existe el propio Vilas, allí, caminando sobre la Luna, cogidos los siete dioses de la mano, los siete poetas inmortales, saltando los siete dioses en sus siete trajes espaciales de diseño, dando juguetones pasos sobre la Luna, pasos que serán retransmitidos al mundo entero, a todos los programas culturales de las televisiones del mundo.
Necesitamos la bondad como fundamento histórico de la nueva literatura española. Vilas, tú que has estado solo ante el peligro, te nombro mi ayudante.
Tú descubriste una de las grandes alienaciones de la inteligencia humana: creer que existe el tiempo histórico, que existe la Historia.
Sabe Vilas que pronto morirá. Y aun así, acepta ir a esta lectura en la Juan Carlos I. Es más que una lectura; es un acto publicitario, en donde se va a presentar a la prensa un traje espacial. Piensa Vilas que aún podrá enamorar a alguien, metido en su traje espacial, y con sus setenta y ocho años. A una mujer tal vez. Piensa que aún podrá deslumbrar a alguien. Y no es absurdo ese pensamiento. Setenta y ocho años ahora son nada. Muchos lemas publicitarios invocan esa edad como una edad de plenitud. Un amigo suyo acaba de ser padre y se ha casado con una chica de treinta y dos años. No siente ninguna envidia. Una mujer de treinta y dos años puede llegar a ser tan estúpida como un hombre de treinta y dos años. Nunca pudo con la estupidez. En justicia, nunca pudo consigo mismo. Aún le ponen nervioso sus propios poemas, y eso que es un hombre que ya no le teme a nada, un hombre viejo que conoce los parasoles del final de la existencia: los parasoles que impiden la llegada de las voces, de los pensamientos, de la vida de los otros. Le pone nervioso su exhibicionismo moral, el exhibicionismo de su poesía de principios de siglo. Qué tiempos aquellos, qué horrorosa estaba España entonces. Se acuerda de los finales de la primera década del siglo XXI, de los años ocho y nueve, especialmente. Se acuerda de la mala suerte que significaba para un escritor español haber nacido en España, de lo bueno que hubiera sido para un escritor español nacer en Estados Unidos; no obstante, todo siempre puede empeorar, y peor sería haber nacido en Nairobi o en Bolivia. Se acuerda de que entonces llegó a pensar que lo mejor que le podía acontecer a un escritor español era pasar, de manera camuflada, por un escritor estadounidense. Se acuerda de la cultura oficial de entonces, de aquellas tiranías literarias e intelectuales, que desaparecieron cuando la economía española, en 2014, despegó y se colocó en los primeros puestos mundiales debido al descubrimiento inesperado o milagroso de enormes pozos petrolíferos en la provincia de Soria, que fueron detectados con nuevas técnicas prospectivas. Los pozos de Soria reventaron la economía mundial. Luego el petróleo se extinguió, pero eso fue ya muy entrada la década de los años veinte. Hubo tiempo suficiente para que España alcanzase una renta per cápita muy superior a la de Francia y Alemania. Fue célebre el suicidio del ministro francés de Economía cuando España, finalmente, desplazó económicamente a Francia en el G-5. El ministro alemán de Economía, en vez de suicidarse, dimitió. El retraso estético y literario de España resultó que era una cuestión económica. En esos años, en el intervalo de tres lustros, seis escritores españoles ganaron el Premio Nobel de Literatura. Y uno de ellos era negro. Y fue gracias al petróleo y no al talento. Y el petróleo, que sepa Vilas, también es negro.
Pero Vilas piensa ahora que es estúpido ir a esta lectura, aunque es una lectura de la que va a estar pendiente la prensa cultural internacional, pues Vilas es uno de los siete seleccionados. Vendrán también escritores jóvenes a saludarle con entusiasmo teatral. Querrán que lea sus relatos, sus poemas, sus novelas. No saben nada. No saben que son jóvenes. No saben que sus huesos están nuevos, que sus ojos tienen una garantía de cuarenta años, que su boca huele a luz y a fuerza. Aun así, va a la lectura, al acto de promoción de la cultura española, y tendrá que ponerse el traje espacial. Su hija Valentina le llamó por teléfono para decirle que si se ponía el traje espacial, dejaría de hablarle y no permitiría que viera a su célebre nieta Mariana. Valentina aprovecha cualquier cosa para amenazarle con prohibirle ver a su nieta, pero lo que quiere es dinero, más dinero, es insaciable y derrochadora, con una ludopatía y un amante y un marido a cuestas. Vilas tiene una gran devoción por su nieta Mariana, que ya es una escritora famosa. Fue una niña muy especial, con sólo diez años había escrito dos novelas breves y una docena de cuentos espléndidos. Con catorce años ganó el Premio Planeta, con la magnífica novela Padres asesinos.
Fue un notición que una niña de catorce años se convirtiera en una narradora consumada, pero España o el Mundo son así. Vilas se había casado tres veces, y las tres veces fueron un fracaso. Valentina era fruto de su segundo matrimonio. Valen, como la llamaban familiarmente, no le perdonó a su padre que abandonara a su madre, que se llamaba Esmeralda. Ésta no superó que su marido la abandonara y se suicidó. Vilas lo pasó mal. Pero se volvió a casar, con una chica de veinte años que se llamaba Anaconda Ácida, y era artista de rock. Aún seguía casado con ella, pero aunque hacía años que no se veían, ella tuvo tiempo de mandarle un e-mail diciéndole que si aceptaba el paripé de los poetas que viajan a la Luna, ella no tendría inconveniente en hacer públicas algunas intimidades del célebre viajero a la Luna. A Vilas le importaba poco lo que Anaconda Ácida dijera. Era una colgada, una anarcocósmica. Todo el mundo sabe que los anarcocósmicos son unos tarados, unos salvajes que están todo el día fornicando y mirando al cielo, con la intención de convertir al cielo al anarquismo. Sí le dolía lo de Valentina y Mariana. A veces tenía la sensación de que su vida sentimental había sido diseñada por algún escritor imbécil de principios de siglo, algún bastardo que le odiaba más allá del tiempo y del espacio. Todas sus mujeres querían joderle el viaje a la Luna. Tal vez se preocupasen por él. Tal vez pensaban que estaba mayor para semejante aventura. Tal vez todo era una historia ridícula, y querían impedir que hiciese el ridículo. Sin embargo, recuerda que estuvo muy enamorado de Anaconda Ácida, de su pelo rubio especialmente. ¿Puede un hombre enamorarse sólo del pelo de una mujer, del pelo rubio de una mujer? Parece ser que sí, a condición de que esos cabellos sean de oro. El oro sobre las cabezas desiertas, ése es el misterio.
Piensa Vilas que la experiencia no da la libertad. Sigues haciendo lo mismo pese a que sabes que vas a dejar de hacerlo en breve tiempo, en muy breve tiempo. Porque no se puede hacer otra cosa. Pero le vendrán muy bien los euros que le van a pagar por esta lectura y por esta promoción. Está muy bien pagada esta lectura de sus poemas. Mejor no decir cuánto. Es un escándalo que paguen tanto. Se ha hecho los análisis médicos correspondientes. Y los médicos le han dicho a Manuel Vilas, al casi octogenario Manuel Vilas, que sí, que puede. Que haga el viaje con cuidado, que no se exceda en las comidas y en las emociones, y le han recetado unas pastillas especiales para este tipo de viajes. Es verdad que podría haberse pagado el viaje sin necesidad de ese exhibicionismo occidental, ya casi decrépito. No cuesta tanto. Se lo podría haber pagado como un turista más. Ya se han fletado casi treinta viajes turísticos a la Luna, y la seguridad y el éxito están garantizados. Algún amigo suyo escritor se lo ha reprochado en la intimidad, le ha reprochado que se prestase a esa mascarada de enviar a los siete mejores poetas de la Tierra a la Luna, pero Vilas sabe que esos reproches acaban siendo fruto de la envidia. Hay una conjunción extraña en el pensamiento de Vilas: la alegría del viaje, la alegría del dinero y la posibilidad de que, finalmente, consiga enamorar a alguien en el acto al que va a acudir dentro de unos momentos. Enamorar a alguien, como cuando era joven.
Ha vuelto a llamar a la compañía, ahora, en este instante, cuando sólo quedan veinte minutos para que vengan a buscarlo, para que le lleven a una sala llena de gente que quiere escuchar sus poemas y que quiere que les hable del viaje a la Luna, que comente algo de sus colegas internacionales: algo de la poetisa rusa, algo del premio Nobel francés, algo de la italiana, heredera de Dante, que diga cosas, que hable de la Luna, que explique qué se siente al saber que van a ser los primeros poetas de la Historia en pisar la Luna. Les ha preguntado a los de la compañía si conseguirá dormir bien, si se duerme bien sobre la Luna, y les ha recordado —cosa que constantemente hace su hija Valentina— que él es el escritor de más edad, de bastante más edad, de la expedición, y recordarles y enfatizar este asunto le ha resultado humillante, pero más humillantes son la muerte y el dolor. Sí, le han asegurado, sí, si toma las pastillas que le han prescrito. Ha vuelto a preguntar por los efectos secundarios de las pastillas. Vilas sigue amando su vida, no le gusta sufrir, ni le gusta el insomnio, ni tolera la más mínima molestia, porque es imperdonable la más mínima molestia, y esto último piensa Vilas que es un triunfo absoluto del capitalismo sacralizado. Los de la compañía Selene Trips le han dicho que no había efectos secundarios. La directora de Selene Trips, Madonna Ruiz de la Prada, ha hablado personalmente con él. Le ha dicho: «Señor Vilas, soy una devota de su obra literaria, y he de decirle que he preparado su viaje a la Luna con el máximo empeño, con la máxima meticulosidad; sé que usted, amado poeta, va a ser feliz allá arriba; se merece estar allí, al lado de los ángeles, si es que existen los ángeles (ha habido risas en este momento)». Vilas se ha preguntado que qué tal estaría la Madonna esta. No obstante, las palabras de Madonna Ruiz de la Prada le han resultado inquietantes. Y que le llamara «amado poeta» le ha resultado asfixiante y sospechoso. Igual quieren asesinarle, hay lectores locos por ahí. Una vez, hace unos años, Vilas visitó a la célebre vidente francesa Annie Ernaux (había sido también escritora). Annie era una anciana entonces, pero la videncia era su nuevo don. Annie se tomó un whisky con Vilas y luego cogió sus manos en la famosa (famosa entre los espiritistas) habitación azul de su casa de Niza, que era donde ella trabajaba. Ernaux se asustó mucho con lo que vio. Le dijo que veía la obra de Vilas editada más allá de la Tierra. Había visto un libro de Vilas leído por una criatura que no era humana. Que la criatura extraterrestre leía el español a la perfección y que dicha criatura se aprendía un poema de memoria del propio Vilas. Y Ernaux entró en trance entonces y consiguió arrebatar a la criatura extraterrestre el poema de Vilas que estaba leyendo, y lo recitó bajo un estado inconsciente. Ernaux le dijo que podía ver la cara del extraterrestre que estaba leyendo el poema. Era una cara de color azul y esto estaba ocurriendo en el año 756.234 después de Margón, y que Margón equivalía más o menos a Cristo. Sólo que Margón era una mujer. El margonismo se equipararía
mutatis mutandis al cristianismo. Había que tener en cuenta que Margón, en vez de morir en la cruz, murió electrocutada. Y que Margón también resucitó al tercer día. Ernaux temblaba. Bebieron más whisky. Vilas le preguntó a Ernaux si el extraterrestre entendía la soledad humana, característica temática del poema de Vilas que el extraterrestre estaba leyendo. Ernaux le dijo que no es que la entendiese, es que la hacía suya. «Es un grado de solidaridad con la literatura y con el arte que no conocemos», dijo la Ernaux. Vilas se quedó fascinado, pues era fascinante tener lectores más allá de la Tierra. Y era evidente que esto acabaría ocurriendo. Ernaux, como si hubiera oído sus pensamientos, le dijo a Vilas que era uno de los pocos poetas españoles que había accedido al mundo extraterrestre. Había otros dos: Jorge Manrique y Federico García Lorca. «Tu lector extraterrestre te está invocando cada vez que te lee; prácticamente, querido Vilas, tienes una vida garantizada más allá de la Tierra», dijo Annie. Annie y Vilas hablaron mucho rato, bebieron bastante y discutieron apasionadamente sobre una nueva dimensión de la literatura más allá de nuestra galaxia, sobre un futuro en el que la literatura extraterrestre y la literatura terrestre interaccionasen, sobre el desvanecimiento del concepto de historia de la literatura universal, sobre los nuevos simposios y congresos y seminarios que analizarían y estudiarían las literaturas intergalácticas, sobre las nuevas cátedras de universidad especializadas en poesía extraterrestre. Vilas preguntó a Ernaux por los derechos de autor en el mundo extraterrestre. Pero Ernaux se quedó dormida en ese momento, por efecto del whisky.
Entiende Vilas que su próximo viaje a la Luna ha motivado este remoto recuerdo de aquel día en que Annie Ernaux le dijo que las mentes extraterrestres adoraban su literatura. Pero esa adoración, de qué sirve, piensa Vilas, es decir, de qué sirven los grupis extraterrestres. El concepto de lector es un concepto terrestre y occidental. Qué puede hacer un extraterrestre con la poesía de Vilas. ¿Enamorarse de Vilas? Y eso qué significa.
Vilas está feliz con este viaje. Quiere ver la Luna. Ya no es una novedad, pero va a ser un privilegiado, no todo el mundo puede acceder a un viaje así. Piensa en qué pensaría su padre si supiese que va de viaje turístico-literario a la Luna. Le gustaría podérselo decir a su padre. Padre, tu hijo va a la Luna. Pero ya no se acuerda de su padre, ni sabe si en realidad tuvo un padre alguna vez. Sin duda, su padre tendría que estar orgulloso de él, pero el orgullo por lo que hace un hijo también tiene unos parámetros históricos muy determinados, en consecuencia sería difícil que su padre encontrase ese viaje como un motivo de orgullo. No entendería nada. El concepto de prestigio es cambiante. Todo fue una idea de la esposa del nuevo presidente de los Estados Unidos. La esposa del presidente ama la poesía. Lo hace público siempre que puede. Es una apasionada de la poesía. Es una amante loca de la poesía de Walt Whitman. Es ella la que ha financiado un viaje a la Luna para los poetas más prestigiosos de la cultura occidental. Irán siete poetas. Un poeta norteamericano. Un poeta francés. Un inglés. Un alemán. Un italiano. Un ruso. Y un español. Y Vilas es el español. Al principio del proyecto, se barajó la posibilidad de que fueran dos poetas norteamericanos. En cuanto al caso de la poesía en español, cabe mencionar que hubo un gran poeta argentino que a punto estuvo de imponerse en las votaciones finales sobre el candidato español. Vilas pensaba que perdía su viaje a la Luna, pero a la postre contó con el voto de un crítico literario alemán, que vio en la poesía de Vilas un enaltecimiento de la materia muy superior al expresionismo subjetivo e irracional del poeta argentino. Dijo el crítico que Vilas estaba más preparado para la épica, y que la misión de «los siete dioses» era eminentemente épica.
La primera dama quiere que los siete poetas escriban un poema a pie de Luna. Quiere siete poemas en siete lenguas que hablen de la Luna en su más plena realidad, en su exactitud completa. Por fin la poesía hablará de la Luna desde la Luna. Ya no habrá metáforas ni símbolos, sino realidad. Tres mil años de poesía que sólo soñaba o inventaba o fantaseaba con la Luna caerán desvanecidos como sombras el mes que viene, cuando la flota de los siete mejores poetas del planeta alcance la Luna. La expedición se llama «los siete dioses». La presidenta de la Juan Carlos I ha insistido en que el traje espacial de Manuel Vilas lleve el anagrama de la institución. Esta tarde, después de la lectura de sus poemas, la presidenta hará público ante la prensa cultural española e internacional el diseño del traje espacial de Manuel Vilas. Cada país se ha tomado el diseño del traje espacial muy a pecho. Se han filtrado a la prensa fotografías de los modelos rusos. Todas las naciones implicadas han hecho del diseño del traje espacial de su poeta una cuestión de Estado. Se especula sobre el carácter excepcional que tendrá el diseño del traje de Italia. La primera dama ha hecho declaraciones muy expresivas: «La Luna será conquistada por la poesía; la humanidad está unida, forma un solo cuerpo, y ese cuerpo es el cuerpo de la poesía; el viaje de los siete dioses representa el instante inaugural de la nueva alianza de naciones; sabíamos que este momento estaba inscrito en el espíritu de la poesía, desde Homero; creo que el espíritu de la Grecia clásica, el espíritu homérico, alcanzará su máximo esplendor cuando los siete dioses pisen la Luna».
Verá la Tierra desde la Luna, verá la danza de los hombres sobre los mares y las montañas, la danza inexistente. No verá ni a su padre ni a su madre ni a su perro Golo porque ya no existen, porque no existieron nunca. Intuye Vilas que la percepción del tiempo pasado cambiará, tiene que cambiar. Tiene que haber una forma de entender el pasado que sea respetuosa con la propia inexistencia profunda del pasado. Tendrá que haber una tecnología del tiempo, que supere la ficción de la Historia. Por otra parte, Vilas, una vez que pise suelo lunar, se verá obligado a creer que existe la Luna. Tendrá que creer que existe la Tierra, pues la verá allá lejos, como un globo inerte, insípido, azulino, perdido, irresponsable, inconsciente. Ése es el gran misterio de la materia: su irresponsabilidad. La irresponsabilidad va más allá del nihilismo. La irresponsabilidad introduce la luminosidad de la fiesta, de las fiestas inertes. Tendrá que creer que existe el propio Vilas, allí, caminando sobre la Luna, cogidos los siete dioses de la mano, los siete poetas inmortales, saltando los siete dioses en sus siete trajes espaciales de diseño, dando juguetones pasos sobre la Luna, pasos que serán retransmitidos al mundo entero, a todos los programas culturales de las televisiones del mundo.
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