domingo, 3 de noviembre de 2019

Ejercicio No.4: Conversación entre El Pete y Piper (editado) "Yo y yo"


Conversación entre El Pete y Piper

Los perros que mueren no van al cielo. No importa de que sean de mezclas inverosímiles o del más puro pedigree. Lo perros que mueren van a un gran prado verde, el “Prado Eterno”. Allí hay árboles para marcar territorio, pelotas para jugar, zapatillas para morder, trampas de arena para revolcarse, lagos con patos para señalar y setos de arbustos para esconder huesos. Los perros que mueren hablan como personas y solo de sus amos. En una mañana se encuentran en ese prado El Pete, una mezcla de todas las razas perrunas y Piper, un purísimo y hermoso Golden Retriever. Así fue lo que conversaron:

El Pete: --Mi amo era un niño de 8 años que iba a la escuela primaria cuando lo adopté. Crecí con él hasta que se hizo adolescente. Persiguiendo a una perrita en celo al cruzar una avenida no me percaté que venía un coche muy rápido y así llegué a este glorioso prado.

Piper: --Pues mira que como tu amo era también mi amo lo adopté ya hombre hecho y derecho. Me decía a cada momento que yo era lindo; bahh, no sé, estos humanos que se preocupan tanto por lo lindo o feo cuando lo que importa es comer y procrearse como manda el Gran Kahn. Viví mucho junto a él hasta que sentí el llamado del Prado Eterno.

--Tampoco entendí a mi amo aún con muchos menos años de cuando tú lo tuviste; siempre con esa preocupación por la belleza. Puedes creer que de niño leía pocas historietas y se pasaba horas mirando embobado láminas de obras de arte. Le gustaba leer también. Muchas veces se quedaba días y días hipnotizado leyendo libros de aventuras. Una vez le metí el hocico delante del libro para recordarle que tenía que sacarme a hacer mis necesidades (y de paso remarcar mi territorio cerca de la casa) a más de servirme la comida. Vi los autores que lo tenían tan apasionado: Salgari, Defoe, Dumas, Verne. Y mientras yo veía con envidia, a través de la verja, a otros amos paseando y jugando con sus perros. Como ordena el Gran Khan, yo igual lo acompañaba fielmente.

--No me digas que de chico ya andaba en eso. También de grande se le daba por leer igual o peor. Unos años después cuando ambos éramos más grandes fue el acabose: empezó a leer un libro a las 9 de la mañana o no paró ni para comer hasta que lo terminó a la tarde. Yo no podía aguantar más y le metí otra vez mi hocico para recordarle que tenía hambre y necesidades que hacer afuera. No me hizo caso, me dijo que le faltaba poco. Pude ver el título de lo qué leía: Brave New World, estaba en inglés pero nosotros entendemos cualquier idioma de los humanos. Este comportamiento es peor del que teníamos cuando olfateábamos una perrita en celo en las cercanías del barrio. No sé qué encuentran en las palabras de los libros que los vuelven así de maniáticos.

--Fíjate en las cosas que hemos tenido que soportar de nuestro amo pero es la Ley del Prado Eterno y por eso ahora disfrutamos plenamente de nuestra naturaleza perruna. A mí me contaba secretos que seguramente no lo hacía con ningún humano; siempre enamorándose de la chica tal o cuál, aquella de los ojos tan hermosos, del cabello bellamente rizado, de una encantadora piel como de durazno, de una voz celestial, de aquel cuerpo perfecto de Afrodita. Podía casi entenderle pero nunca que se quedara una hora mirando una lámina que no era más que un pedazo de piedra de una mujer mutilada; me dijo que le llamaban la Venus de Milo. ¿Te imaginas si nos sintiéramos atraídos por lo que quedara de una perrita a la que le acaba de pasar por encima un autobús? Igual le seguía la corriente porque era mi amo. Desde que lo adopté ya noté que se quedaba enmudecido y trastornado ante lo que él me decía: “¿Ves Pete? Esto es belleza pura”. Belleza, ese inútil atributo tan de humanos. Importante para él y a la vez tan innecesario.

--Ahh, los humanos y la belleza. No sé qué le encuentran. Quizá les produzca un efecto similar al que nos despierta una perra cuando está en celo. Pero lo de la belleza les llega siempre y entonces los que sufrimos somos nosotros que nos vemos abandonados y discriminados. ¿Cuántas veces buscan uno de los nuestros en base a que los perciben más bellos? Ni se preocupan de la fidelidad que es lo que nos manda el Gran Khan. Somos todos perros y para nosotros solo existen algunas restricciones debido al tamaño; aún así nos apañamos para sobrellevarlas. Oye, me voy a dar un chapuzón al lago y aprovecharé para correr algún pato. Me imagino que no es tu tipo de entretenimiento pero distendámonos un poco. Estos recuerdos me tensan. Y hablando de tensión imagínate cuando sobre mis últimos años lo difícil que la habré pasado cuando a mi amo se le dio por leer a Nietzche, Montaigne y Spinoza. Por suerte no se quedaba pegado a las letras todo el día como hacía antes; él también tenía que salir a pasear y tomar aire fresco en la plaza.

--Muy sabio consejo Piper; hay que aflojarse luego de esta charla. Yo también iré a ver cómo está mi territorio y escarbaré un poco en los setos. Como sabes, el Gran Kahn me dio habilidades para buscar roedores en sus cuevas; eso me distiende y me ayuda a olvidar cómo mi amo se ensimismaba mirando láminas de mujeres mutiladas, de tipos desgraciados clavados en cruces y otras atrocidades sin sentido. Digo yo, si no los van a comer, ¿por qué hacen todo eso? Para peor ante alguna lámina me decía: “mira Pete, esto es belleza pura”. Ayy estos humanos, ¿para qué querrán eso que llaman belleza?

P.S.: Agradezco con humildad al gran Cervantes, que con su Cipión y Berganza, protagonistas del coloquio de “Los perros de Mahudes”, me dio la idea de pasar el “yo” a dos de mis perros mientras conversan en lo que llamo el “Prado Eterno”.

Yo Atilio, 9 años, y yo Mario, 78 años.


Atilio: – Hola Mario, tú sabes de mí pero yo no sé de ti. Estoy en cuarto grado, mi maestra es Iris. Apuesto a que nunca olvidaste a Iris; la maestra que estaba enamorada de mí. Por eso me llamaba Atilio y no Mario. Y de vez en cuando me nombraba ante la clase “excelentísimo señor Navarro”. Sin dudas que se derretía por mí.

Mario: – Claro que sí; la divina Iris. Consciente o inconscientemente me marcó mucho.

Atilio: – Pero, ¿por qué?

Mario: – Ese loco enamoramiento que tú correspondiste con gusto concluyó con el curso de cuarto. Después volvieron las brujas, me corrijo, las maestras de siempre. No me había dado cuenta de nada de eso hasta unos años atrás. Con la perspectiva del tiempo pude vislumbrar ciertas capas de mi inconsciente profundo que ni imaginaba.

Atilio: - Sí, mi diosa viviente de nombre Iris. Su boca carnosa coronada por bellísimos ojos profundamente verdes. No puedo apartar mi vista de ellos. Seguro que recuerdas también este cabello castaño claro, bien ondulado de mujer -no de ángel- que contrasta con su piel tostada y sugestiva. Siempre derramando sonrisas hipnotizantes desde su boca amplia e insinuante. Ya te dije que me llama Atilio; una muestra de su inconmensurable amor hacia mí. Mis nueve añitos no son un impedimento para acercarme al éxtasis cuando usa esos rosados labios para demostrar cómo pronunciar de manera diferenciada una V labiodental y una B bilabial! 

Mario: - Tú, niño y tan sensible a la belleza; la inutilidad más necesaria que existe*. Debes saber que cuando llegué a los 24 años me casé con Atilia que tenía 20. Lucía tez morena y unos ojos gatunos verdísimos. Su cuerpo parecía una escultura griega. Usaba medias con raya detrás, igual que lo hacía Iris para delinear esas perfectas esculturas que eran sus piernas.

Atilio: - Muy interesante, cuéntame cómo fue tu vida entonces. ¿Pudiste establecer la fábrica de automóviles que ya llevo tiempo planificando?

Mario: - No, no fue posible. Ideas no me faltaron. Comencé a estudiar ingeniería industrial para ganar habilidades en lo que tanto deseaba hacer pero pronto, por un lado debido a mi propia naturaleza perezosa en aplicarme a aquello que no era especialmente de mi afición, y por otro, mi natural facilidad para ciertas artes terminaron llevándome hacia objetivos diferentes.

Atilio: - Qué sorpresa me das. Recuerdo que ya en primer grado, la vieja bruja de la maestra, (solo Iris no lo es) me retó por dibujar coches y camiones en lugar de delinear flores o la bandera del país.

Mario: - Así es; la vida nos lleva muchas veces por caminos que no coinciden con lo que queremos o creemos querer; son las circunstancias puntuales que al aparecer van marcando la ruta. Es como el viento; venga de donde venga debes adaptarte y tratar de sacarle provecho. No es lo mismo oponer un velero directamente a esa fuerza contraria que hacer bordadas a babor y estribor con las velas en el ángulo adecuado para poder avanzar. Lo mismo sucede en la vida. Hay que aprovechar todo lo que se nos aparece, sean brisas o huracanes; eso fue lo que me pasó, Atilio; pero nunca dejé de soñar. 

Atilio: - ¿Qué pasó luego?

Mario: - Seguro que recuerdas que a nuestra escuela venían chicos inmigrantes europeos. Sus familias regocijándose en la esperanza de América y también en el simple hecho de poder comer todos los días. Me vienen a la mente los alemanes como los padres de Robertito que ponían salchicherías, talleres mecánicos e incluso panaderías; italianos como los padres de Atilia que preferían la venta de verduras, la carpintería y la construcción; un buen grupo de españoles de Galicia, casi todos almaceneros y baristas; algún inglés trabajando para el ferrocarril o la fábrica de alpargatas; franceses que ponían restaurantes y más panaderías; la chica pied noir **, Simone cuya familia plantaba naranjas y, por sobre todo, Eva, la niña de Checoslovaquia cuyos padres tenían una pequeña fábrica de hilados. Los que no eran hispano-parlantes llegaban a hablar como nosotros a los pocos meses. ¿Te acuerdas lo de la comida? Nos repetían a cada momento, muy intrigados, por qué nunca terminábamos nuestros platos y tirábamos los restos. No nos dábamos cuenta de lo que era pasar hambre en términos literales y dramáticamente reales como lo habían sufrido ellos. Sabían lo que era; habían vivido la Europa devastada por la guerra junto a sus padres.

Atilio: - Ah, la rubia Eva. Es una niña exótica en la clase, parece salida de una película. Lleva una melenita a lo Heidi; tiene buena altura como todos los de aquellas tierras. Su piel, perfectamente blanca se tuesta de bronce ya desde fines de septiembre con nuestro sol del sur. Eso remarca unos bondadosos ojos celestes como el cielo. Eva es hermosa y diferente. Se empeña en llamarme excelentísimo señor Navarro parafraseando a la maestra Iris con sus erres guturales del acento checo. Pero nunca podrá estar a la altura de Iris: Iris es una semidiosa!

Mario: -Eva fue siempre una niña de gran tesón, como todos los hijos de inmigrantes. Siguió asistiendo al mismo instituto secundario que yo hasta el tercer año. Parecía, sabes, una más de nosotros, otra de entre los niños criollos; hasta jugaba fútbol con los varones. Me siguió llamando excelentísimo señor Navarro en el liceo hasta que desapareció al terminar ese tercer año. Como su familia no podía volver a Checoslovaquia me enteré de que viajaron a Brasil para instalarse en San Pablo. Muchos de los que llegaron con hambre comieron bien, se educaron estupendamente y cuando se sintieron fuertes volvieron a Europa pues ya se venía la gran recuperación de posguerra; eso sí, siempre y cuando estuvieran de este lado del telón de acero. A los niños criollos nos sirvió para ampliar nuestra cultura general con tradiciones diferentes y otra visión de la vida. Como esta lección: hay que comer todo lo que está en plato; nunca se sabe si mañana habrá otra vez. 

Atilio: - Pero, ¿qué tiene qué ver toda esta historia de los inmigrantes que vinieron al Uruguay después de la guerra? Estamos evocando a mi exquisita Iris y sus demostraciones de V labio-dentales que hace como lanzando besos; besos que indudablemente están dirigidos a mí. Eva, sí, sí, pienso en ella. Ahora está sentada en un banco más adelante. La veo de semiperfil, es muy linda. Es una niña que me agrada y sé que le caigo bien. Pero no es una semidiosa.

Mario: - Es que somos lo que recordamos o lo que nos recuerda***  La memoria no es verdad. La memoria nos sirve para interpretar la realidad y, sobre todo, construye esa realidad propia de acuerdo a nuestras emociones. Sin memoria no nos entenderíamos. A través de las ventanas que nos fabricamos con tantos recuerdos, estamos componiendo, estamos soñando, estamos creando realidades. La memoria sintetiza lo que eres o crees ser. Es como si dibujaras tu propia imagen de esas realidades; realidades que siguen siendo sueños. No me creerías si te cuento que cuando muchos años después visité San Pablo busqué su apellido, Kout en las guías telefónicas. Nunca me animé a llamar a ninguno de esos números.

Atilio: Uyyy, no, no, no! La vida en cuarto grado es más simple y más completa al mismo tiempo. Me dejo querer por Iris y le devuelvo ese amor con mis miradas de ternura. Me gusta Eva, claro que sí; me encanta oírla en su exótico acento checo cuando me llama “excelentísimo señogr Navagrro”.

Valencia, 3 de noviembre de 2019.

      * frase de Rosa Montero
     ** ”Pied Noir” son los franceses nacidos en Argelia colonial
  *** pensamiento de Francisco Umbral

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