Carta a los
hermosos compañeros del taller
(Escribo ya en rioplatense para irme acostumbrando)
No quiero dejar de agradecerles que me hayan acompañado a
tomar unas cervezas el pasado martes. No digo cañas pues en Uruguay me
referiría a un aguardiente de caña de azúcar que fue muy popular no muchos años
atrás: pueden leer un breve relato relacionado con esto en www.saberesbueno.wordpress.com
bajo el título de “Olor a bar de copas”.
Se preguntarán porqué les escribo. Aquí va la respuesta:
porque los extrañaré aún dentro de la alegría que será encontrarme con mis hijas,
nietos, otros miembros de la familia y numerosos amigos de Uruguay. Además, los
llamo de hermosos porque admiro la belleza en todas sus formas tangibles o imaginadas.
Quizá lo hayan notado a través de mis torpes textos. Sigo admirando, sintiendo
y necesitando de la belleza, tanto la visual como la de la amistad, de la
comprensión y también de la discrepancia. La belleza de aprender de todos
ustedes en cada segundo de nuestro taller.
A Bárbara le tengo que agradecer su increíble bondad y
benevolencia. Nos muestra en forma muy constructiva caminos para expresarnos
mejor, así todos crecemos gracias a ella. Lleva el grupo en forma tan armónica
que día a día me siento más hermano de todos. Nos hace personas más válidas más
allá de si aprendemos a escribir correctamente mucho o poco. Pero no quiero
transformar esta carta en un panegírico; solo quise expresar con sinceridad lo
que he sentido. A raíz de una breve conversación con ella en el bar del
Mercat, conversación que surgió luego que Ana (II) expresara que leía a
Benedetti les recordé que lamentablemente no había conocido a mi tocayo famoso
pero en el campo de los escritores tuve la suerte de toparme con Eduardo
Galeano (née Hughes y olvidable…) y especialmente a Juan Carlos Onetti. No
olviden a este gigante de la literatura latinoamericana antes del boom
comercial de los igualmente grandes García Márquez y Vargas Llosa. No se puede
decir que uno ha leído literatura de mi continente sin conocer su trilogía: La
vida Breve, Junta cadáveres y El astillero. Sé que no son lecturas fáciles pero
como todas las cosas, debemos encontrarles la vuelta.
Como regalo de navidad (en el Uruguay de Onetti y mío:
navidad -con minúscula- no existe en el calendario pues es oficialmente el Día
de la Familia) les relataré una pequeña historia. Juan Carlos que, a pesar de
lo que se pueda pensar por su literatura densa, tenía gran sentido del humor
necesitaba nuevas fotos para sus libros. Visité varias veces el apartamento
donde vivía, tanto para fotografiarlo como para tomar algún té con Dolly, su
señora, amiga y colega violinista de años en la sinfónica. Un té entre nubes de
humo de los cigarrillos que fumaba Juan Carlos uno tras otro mientras decía que
prefería el té “escocés” (o sea whisky).
Onetti quizá no se ha difundido por su falta de
comerciabilidad (perdón RAE) ya que es de difícil lectura. Ser un escritor
amargo y existencialista podía ser atractivo en los 50/60/70, pero ni entonces
ni mucho menos hoy era algo vendible. Aquel existencialismo de los 50 y 60 se
ha transformado quizá, en un emocionalismo (sigo pidiendo perdón a la RAE) que
tiene actualmente más atractivo. Conversando con él siempre decía que admiraba
como escritor a su compañero de oficina (fue funcionario de la municipalidad de
Montevideo) Martínez Moreno, otro de su generación y mucho menos conocido.
También mencionaba a un colega músico (pianista y compositor), Filisberto
Hernández, diciendo que había sido el más grande escritor de Uruguay. Aun hoy
hay gente que lo sigue poniendo como el número uno. Juan Carlos era modestia a
mansalva; esa modestia del que sabe que está más allá del denominador común;
algo que, con otro estilo, también tenía Borges. Le sobraba humor discreto y punzante
a la vez. No podré nunca olvidar como yo, con menos de 30 años, lo llevaba por toda
su casa buscando la luz natural (que era lo único que aceptaba para mi estilo
de toma fotográfica), para la pose que no fuera pose de esa imagen que tenía de
él al haber terminado hacía pocos días su obra cumbre: La vida breve. A cada
rato adoptaba poses payasescas y ridículas mientras me decía ‘sacame así Mario’;
lamentablemente no lo hice. Para mí era un trabajo y quería encararlo con total
seriedad.
Las fotos fueron un fracaso. No le gustaron y, según me contó
Dolly, le causaron una gran depresión. Estuvo 3 días tumbado en su cama sin
salir del cuarto luego de ver las muestras que le envié. A mí tampoco me
gustaron; sabía que no servirían ni de cerca para adornar una solapa de un
libro publicado en Madrid. Onetti no tenía el rostro agradable y aniñado de
Cortázar ni la excentricidad de Baroja. Y en esos años se usaban mucho las cuidadas
tomas de estudio con focos por todos lados creando los retratos habituales que
todos conocemos. Lo mío era una especie de street
photography y por más que Dolly y él mismo gustaran de mi estilo, no era lo
apropiado para una editorial europea de entonces. Recuerdo bien su cuarto. Quizá
eso de tumbarse todo el tiempo en la cama y solo tener la vista de esas cuatro
paredes con una pequeña ventana, una mesita de luz con algunas novelas
policiales, sus cigarrillos sin filtro con un par de encendedores para no
quedarse sin fuego, y la botella de escocés a mano, le permitían, seguramente, concentrarse
para mejor observar su interior. En el exilio de Madrid lo hizo durante años hasta
su muerte como también lo habían hecho Baroja y otros. Eran los “tumbados”.
Al visitar entonces su apartamento en la zona del Parque
Rodó de Montevideo, muy cercano al mar (río dirían los argentinos) noté que escribía
a mano, no usaba máquina aunque había una en un rincón. Lo entiendo desde lo
más profundo de mi ser: escribir a mano te da tiempo de pensar mientras metes
cada palabra como si la masticaras. Cuando escribes a mano el papel te presenta
resistencia que debes vencer al avanzar con el lápiz, resistencia que te ayuda
a sopesar lo que escribes. Al escribir a mano cada poco tienes que parar para
volver a afilar ese grafo antes de que tus ideas empiecen a perder agudeza.
Cuando escribes a mano se te da un tipo de cansancio físico que te hace sentir
esas palabras más allá de su significado abstracto, son como dibujos bonitos o
feos que uno ni sabe qué quieren decir. Así era el Juan Carlos que conocí. Bebedor
con ganas pero sin llegar a ser alcohólico, fumador insoportable desafiando las
enfermedades que eso puede provocar y sobreviviente brillante hasta sus casi 85
años.
Ahhh, también te ayuda tener a una Dolly a tu lado apoyándote siempre.
Pero por sobre todo es escribir, escribir y escribir, y seguir escribiendo.
Nos veremos el 28 de enero de 2020. Feliz Navidad (o Día de
la Familia para mí) y buen comienzo de nuevo año.
Valencia, 12 de diciembre de 2019.
Gracias, Mario, por este bello texto tan lleno de buenos deseos.
ResponderEliminarQue tengas un viaje feliz y muchos reencuentros gratos allá en tu tierra.
Gracias por tu bondad especialmente viniendo de ti que tienes el don de escribir tan lindo! Abzs
EliminarAy, Mario, me emocioné. Te echaremos de menos, vuelve pronto. La anécdota de Onetti de viva voz es mucho mejor
ResponderEliminarNo es para tanto, la emoción debe ser por salvarse de mí por un mes. Se ve que aún tengo que aprender a contar las cosas...
EliminarBsss