jueves, 12 de diciembre de 2019

Carta a los hermosos compañeros del taller.


Carta a los hermosos compañeros del taller
(Escribo ya en rioplatense para irme acostumbrando)

No quiero dejar de agradecerles que me hayan acompañado a tomar unas cervezas el pasado martes. No digo cañas pues en Uruguay me referiría a un aguardiente de caña de azúcar que fue muy popular no muchos años atrás: pueden leer un breve relato relacionado con esto en www.saberesbueno.wordpress.com bajo el título de “Olor a bar de copas”.

Se preguntarán porqué les escribo. Aquí va la respuesta: porque los extrañaré aún dentro de la alegría que será encontrarme con mis hijas, nietos, otros miembros de la familia y numerosos amigos de Uruguay. Además, los llamo de hermosos porque admiro la belleza en todas sus formas tangibles o imaginadas. Quizá lo hayan notado a través de mis torpes textos. Sigo admirando, sintiendo y necesitando de la belleza, tanto la visual como la de la amistad, de la comprensión y también de la discrepancia. La belleza de aprender de todos ustedes en cada segundo de nuestro taller.

A Bárbara le tengo que agradecer su increíble bondad y benevolencia. Nos muestra en forma muy constructiva caminos para expresarnos mejor, así todos crecemos gracias a ella. Lleva el grupo en forma tan armónica que día a día me siento más hermano de todos. Nos hace personas más válidas más allá de si aprendemos a escribir correctamente mucho o poco. Pero no quiero transformar esta carta en un panegírico; solo quise expresar con sinceridad lo que he sentido. A raíz de una breve conversación con ella en el bar del Mercat, conversación que surgió luego que Ana (II) expresara que leía a Benedetti les recordé que lamentablemente no había conocido a mi tocayo famoso pero en el campo de los escritores tuve la suerte de toparme con Eduardo Galeano (née Hughes y olvidable…) y especialmente a Juan Carlos Onetti. No olviden a este gigante de la literatura latinoamericana antes del boom comercial de los igualmente grandes García Márquez y Vargas Llosa. No se puede decir que uno ha leído literatura de mi continente sin conocer su trilogía: La vida Breve, Junta cadáveres y El astillero. Sé que no son lecturas fáciles pero como todas las cosas, debemos encontrarles la vuelta.

Como regalo de navidad (en el Uruguay de Onetti y mío: navidad -con minúscula- no existe en el calendario pues es oficialmente el Día de la Familia) les relataré una pequeña historia. Juan Carlos que, a pesar de lo que se pueda pensar por su literatura densa, tenía gran sentido del humor necesitaba nuevas fotos para sus libros. Visité varias veces el apartamento donde vivía, tanto para fotografiarlo como para tomar algún té con Dolly, su señora, amiga y colega violinista de años en la sinfónica. Un té entre nubes de humo de los cigarrillos que fumaba Juan Carlos uno tras otro mientras decía que prefería el té “escocés” (o sea whisky).

Onetti quizá no se ha difundido por su falta de comerciabilidad (perdón RAE) ya que es de difícil lectura. Ser un escritor amargo y existencialista podía ser atractivo en los 50/60/70, pero ni entonces ni mucho menos hoy era algo vendible. Aquel existencialismo de los 50 y 60 se ha transformado quizá, en un emocionalismo (sigo pidiendo perdón a la RAE) que tiene actualmente más atractivo. Conversando con él siempre decía que admiraba como escritor a su compañero de oficina (fue funcionario de la municipalidad de Montevideo) Martínez Moreno, otro de su generación y mucho menos conocido. También mencionaba a un colega músico (pianista y compositor), Filisberto Hernández, diciendo que había sido el más grande escritor de Uruguay. Aun hoy hay gente que lo sigue poniendo como el número uno. Juan Carlos era modestia a mansalva; esa modestia del que sabe que está más allá del denominador común; algo que, con otro estilo, también tenía Borges. Le sobraba humor discreto y punzante a la vez. No podré nunca olvidar como yo, con menos de 30 años, lo llevaba por toda su casa buscando la luz natural (que era lo único que aceptaba para mi estilo de toma fotográfica), para la pose que no fuera pose de esa imagen que tenía de él al haber terminado hacía pocos días su obra cumbre: La vida breve. A cada rato adoptaba poses payasescas y ridículas mientras me decía ‘sacame así Mario’; lamentablemente no lo hice. Para mí era un trabajo y quería encararlo con total seriedad.

Las fotos fueron un fracaso. No le gustaron y, según me contó Dolly, le causaron una gran depresión. Estuvo 3 días tumbado en su cama sin salir del cuarto luego de ver las muestras que le envié. A mí tampoco me gustaron; sabía que no servirían ni de cerca para adornar una solapa de un libro publicado en Madrid. Onetti no tenía el rostro agradable y aniñado de Cortázar ni la excentricidad de Baroja. Y en esos años se usaban mucho las cuidadas tomas de estudio con focos por todos lados creando los retratos habituales que todos conocemos. Lo mío era una especie de street photography y por más que Dolly y él mismo gustaran de mi estilo, no era lo apropiado para una editorial europea de entonces. Recuerdo bien su cuarto. Quizá eso de tumbarse todo el tiempo en la cama y solo tener la vista de esas cuatro paredes con una pequeña ventana, una mesita de luz con algunas novelas policiales, sus cigarrillos sin filtro con un par de encendedores para no quedarse sin fuego, y la botella de escocés a mano, le permitían, seguramente, concentrarse para mejor observar su interior. En el exilio de Madrid lo hizo durante años hasta su muerte como también lo habían hecho Baroja y otros. Eran los “tumbados”.

Al visitar entonces su apartamento en la zona del Parque Rodó de Montevideo, muy cercano al mar (río dirían los argentinos) noté que escribía a mano, no usaba máquina aunque había una en un rincón. Lo entiendo desde lo más profundo de mi ser: escribir a mano te da tiempo de pensar mientras metes cada palabra como si la masticaras. Cuando escribes a mano el papel te presenta resistencia que debes vencer al avanzar con el lápiz, resistencia que te ayuda a sopesar lo que escribes. Al escribir a mano cada poco tienes que parar para volver a afilar ese grafo antes de que tus ideas empiecen a perder agudeza. Cuando escribes a mano se te da un tipo de cansancio físico que te hace sentir esas palabras más allá de su significado abstracto, son como dibujos bonitos o feos que uno ni sabe qué quieren decir. Así era el Juan Carlos que conocí. Bebedor con ganas pero sin llegar a ser alcohólico, fumador insoportable desafiando las enfermedades que eso puede provocar y sobreviviente brillante hasta sus casi 85 años. 

Ahhh, también te ayuda tener a una Dolly a tu lado apoyándote siempre. Pero por sobre todo es escribir, escribir y escribir, y seguir escribiendo.

Nos veremos el 28 de enero de 2020. Feliz Navidad (o Día de la Familia para mí) y buen comienzo de nuevo año.
Valencia, 12 de diciembre de 2019.

4 comentarios:

  1. Gracias, Mario, por este bello texto tan lleno de buenos deseos.
    Que tengas un viaje feliz y muchos reencuentros gratos allá en tu tierra.

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    1. Gracias por tu bondad especialmente viniendo de ti que tienes el don de escribir tan lindo! Abzs

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  2. Ay, Mario, me emocioné. Te echaremos de menos, vuelve pronto. La anécdota de Onetti de viva voz es mucho mejor

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    1. No es para tanto, la emoción debe ser por salvarse de mí por un mes. Se ve que aún tengo que aprender a contar las cosas...
      Bsss

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