El policía sincero.
Habían denuncias de rapiñas de un asaltante de
características muy comunes pero que tenía un cuerpo, si no entrenado, por lo
menos muy robusto. Hablaba poco y en un estilo educado. Usaba siempre una
pistola Glock 9mm según pudieron ver en algunos vídeos de cámaras de
vigilancia. Un pañuelo le tapaba la cara con gafas Ray-ban Aviator grandes.
Solo se llevaba el efectivo de pequeños comercios de barrio localizados muy
cerca unos de otros. Lo llamaban el “rapiñero
culto”.
La policía decidió mandar a esa zona marginal, que era algo
conflictiva a agentes de elite; los que estaban
preparados física e intelectualmente para los casos más violentos y
complicados. Era del grupo de operaciones especiales o sea el llamado GOE. Los
policías que integraban esa fuerza recibían clases de nivel universitario además
de un entrenamiento físico como el de las unidades tipo comando. Entre ellos se
llamaban por nombres como Robocop, Rambo, Hulk, y apodos similares. Tenían
equipamiento de choque incluyendo las famosas pistolas Glock 9mm, tasers
electrónicos y sofisticadas cachiporras. Andaban con chalecos de kevlar y
ocasionalmente agregaban cascos y antiparras.
A la pareja formada por el agente de primera Iglesias y el
Alférez Sánchez los mandan patrullar al barrio de Villa Española, tan famoso
por el equipo de fútbol aguerrido y su hinchada brava como por el nivel de
violencia. A los policías normales no se les permitía patrullar ese barrio. Así
salen estos miembros del GOE en el poderoso Falcon con motor 232 de 6 cilindros
(los mismos que se usaban en la dictadura argentina y el G2 en Cuba y que se
produjeron en la planta de Ford en Pacheco, Argentina hasta bien avanzados los
años 90). El agente Iglesias conducía mientras que el alférez Sánchez iba de
pasajero. Si bien era Sánchez el de más gradación, Iglesias lo llevaba por
donde quería. Sánchez no decía nada. Le gustaba ir en el Falcon sin importarle
el destino. Recorren horas y horas pero no ven nada llamativo. Parece que
cuando se acercaba el Falcon todos se metían en sus casuchas. Los pequeños
comercios ya habían cerrado. Así vuelven al cuartel general para dejar el
Falcon y reportarse a sus superiores.
La cantina estaba animada pues habían otros miembros del GOE
que también habían terminado sus rondas. Iglesias se mostraba dadivoso y
simpático, como siempre desde hacía un tiempo, invitando a todos los que allí
estaban a una vuelta de cerveza o whisky. Generalmente los policías no
disponían de dinero extra más allá que para alguna rara cerveza de vez en cuando y bizcochos
para acompañar el mate en la ronda. Aquellos cuyas esposas tenían un trabajo
mejor remunerado como de enfermera o funcionaria municipal, podían disponer de
algún billete extra. Los que debían “parar la olla” se las veían con más dificultad hasta cuidando el número de bizcochos que compraban.
Iglesias era muy apreciado. No solo por su generosidad sino
porque era un muy buen agente que no se achicaba ante un delincuente armado y
había ayudado enormemente a la gente de ese barrio a bajar el número de asaltos
y rapiñas. Los compañeros le preguntaban qué hacía su mujer para que él pudiera
ser tan generoso con ellos. Iglesias se reía y les decía que era el producto de
“unas rapiñitas”. Todos reían también y disfrutaban de la cerveza bien fría con
la que los había invitado Iglesias.
La búsqueda del “rapiñero culto” proseguía pues tampoco
había cesado ese tipo de delito y siempre parecía ser el mismo delincuente:
cuerpo fornido, Glock 9mm, gafas Ray-ban Aviator grandes, pañuelo cubriendo
nariz y boca y gorra de béisbol. En uno de los vídeos vieron cómo se le caía el
pañuelo pero estaba de espaldas a la cámara. No así la víctima, García que
tenía junto a su mujer la pollería de la zona, quien logra ver por un instante
su rostro. Cuando hace la denuncia no puede señalar ninguna característica particular
así que no hay identificación posible. García les decía:
--Si lo veo personalmente lo podría identificar--
García conducía en las noches un taxi
para ampliar sus magros ingresos.
Al terminar las rondas y luego de un poco de camaradería en
la cantina los agentes volvían a sus casas. El servicio de transporte era muy
escaso a esas horas de la madrugada así que muchas veces se juntaban entre
varios para compartir el costo de un taxi. Iglesias, Sánchez y otros 2 agentes
deciden parar uno. Sánchez, por ser alférez siempre se sentaba en el asiento
del acompañante. Iglesias y los otros
dos agentes ocuparon el asiento trasero del cómodo Mercedes 240D. Era García
quien conducía ese 240D para hacer el dinero extra que tanto necesitaba; más aún luego de la rapiña de que había sido víctima unos días antes. Van bajando
uno a uno en sus respectivos domicilios hasta que queda Sánchez solo. García le
pregunta entonces por el nombre del que acupaba el asiento del medio en la
butaca trasera.
–Ahh, le dice Sánchez,
es mi compañero de ronda, el agente de primera Iglesias—
García no comenta nada más y lleva a Sánchez a su domicilio
que es quien finalmente paga la colecta hecha para el viaje.
Al otro día cuando se presentan para el entrenamiento ven
que hay varios policías judiciales de Asuntos Internos en los vestuarios. No
entienden por qué. Entonces al llegar Iglesias todo queda claro. Salen varios
de estos funcionarios y lo esposan acusándolo de ser el “rapiñero culto”. Al salir detenido hacia la furgoneta judicial
Iglesias grita a sus colegas:
--Vieron como no
mentía--
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