LESA
HUMANIDAD
Sobre las 5
de la mañana, más o menos, llevaron a Santiago Achú hecho pedazos. Sus
compañeros de celda tuvieron que armarlo como si fuera un rompecabezas. Desde
su detención, le sacaban regularmente para ser interrogado en el Cuartel de
Investigaciones que el Ejército había ocupado tras atentar contra el gobierno
socialista. Allí, dos hombres uniformados lo machacaban a golpes sin conseguir sacarle
ni una palabra. Querían saber dónde se escondía su hermano Matías y cuál era su
vinculación con un médico comunista llamado Dante Inostroza. Les acusaban a los
tres de ser los autores intelectuales del Plan Hache.
Esa última
vez había otro hombre durante el interrogatorio. Era muy joven y no llevaba
uniforme. Tampoco hablaba. Recurrían a él cuando los golpes y el tanque no eran
suficientes para que el preso declarara lo que ellos querían. Le había aplicado
a Santiago corrientes sobre el cuerpo durante dos horas hasta hacerle salir
sangre. Quedó totalmente cicatrizado. Apenas podía moverse por las fracturas y
acabó perdiendo la vista.
Cuando recuperó
el habla, reveló a sus compañeros la identidad de aquel hombre al que ninguno
quería conocer. Llevaba los ojos vendados, pero pudo reconocer a Rubio en cuanto
tuvo sus manos sobre la piel desnuda. No era la primera vez que la delicadeza infalible
de sus dedos le estremecía. Bajo la protección del cuartucho en el que se
amaban desde hacía dos años, la libertad fluía en forma de confesiones y
promesas de Santiago. Pero se las arrancaba, junto con las esperanzas de Rubio,
en el instante en el que traspasaba la puerta.
Al notar el
contacto de los cables, amparado por la degradación generalizada de la sala de
tortura, pareció que Santiago iba a decir algo, pero no lo hizo. Hicieron falta
dos descargas para que declarara lo que los militares querían oír. Ante el asombro
de los uniformados, Rubio le aplicó una tercera descarga, pero Santiago no confesó.
Al día
siguiente, en el diario se informaba de la muerte de los doctores Santiago Achú
y Dante Inostroza. Les habían disparado varias veces por la espalda mientras
intentaban huir corriendo, dijeron, en el traslado de un Penal a otro tras
atacar a los funcionarios militares que les conducían.
Los
pacientes y compañeros del hospital psiquiátrico que con el tiempo se
atrevieron a hablar, afirmaban que el Dr. Santiago Achú era un buen hombre.
Amable, prudente, educado. Sobre todo, educado. Recomendado por su futuro
suegro, acababan de nombrarle director de la Clínica Psiquiátrica de San
Fernando cuando le detuvieron. Planeaba casarse en dos semanas con Julieta,
embarazada de cuatro semanas.
Su joven
amigo y discípulo, el Doctor Rubio, le sustituyó ocupando el cargo hasta el día
de su muerte 26 años después. Su madre le encontró al regresar esa noche a la
casa que compartían electrocutado en la bañera.
-Maricón de
mierda- le dijo por última vez.
En la
mesa de la consulta del Doctor Rubio quedó el expediente de su último paciente
de aquel día:
Matías Achú / Trastorno
crónico por estrés postraumático
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