lunes, 13 de enero de 2020

CONTRADICCIÓN-LESA HUMANIDAD



LESA HUMANIDAD


Sobre las 5 de la mañana, más o menos, llevaron a Santiago Achú hecho pedazos. Sus compañeros de celda tuvieron que armarlo como si fuera un rompecabezas. Desde su detención, le sacaban regularmente para ser interrogado en el Cuartel de Investigaciones que el Ejército había ocupado tras atentar contra el gobierno socialista. Allí, dos hombres uniformados lo machacaban a golpes sin conseguir sacarle ni una palabra. Querían saber dónde se escondía su hermano Matías y cuál era su vinculación con un médico comunista llamado Dante Inostroza. Les acusaban a los tres de ser los autores intelectuales del Plan Hache.
Esa última vez había otro hombre durante el interrogatorio. Era muy joven y no llevaba uniforme. Tampoco hablaba. Recurrían a él cuando los golpes y el tanque no eran suficientes para que el preso declarara lo que ellos querían. Le había aplicado a Santiago corrientes sobre el cuerpo durante dos horas hasta hacerle salir sangre. Quedó totalmente cicatrizado. Apenas podía moverse por las fracturas y acabó perdiendo la vista.
Cuando recuperó el habla, reveló a sus compañeros la identidad de aquel hombre al que ninguno quería conocer. Llevaba los ojos vendados, pero pudo reconocer a Rubio en cuanto tuvo sus manos sobre la piel desnuda. No era la primera vez que la delicadeza infalible de sus dedos le estremecía. Bajo la protección del cuartucho en el que se amaban desde hacía dos años, la libertad fluía en forma de confesiones y promesas de Santiago. Pero se las arrancaba, junto con las esperanzas de Rubio, en el instante en el que traspasaba la puerta.
Al notar el contacto de los cables, amparado por la degradación generalizada de la sala de tortura, pareció que Santiago iba a decir algo, pero no lo hizo. Hicieron falta dos descargas para que declarara lo que los militares querían oír. Ante el asombro de los uniformados, Rubio le aplicó una tercera descarga, pero Santiago no confesó.
Al día siguiente, en el diario se informaba de la muerte de los doctores Santiago Achú y Dante Inostroza. Les habían disparado varias veces por la espalda mientras intentaban huir corriendo, dijeron, en el traslado de un Penal a otro tras atacar a los funcionarios militares que les conducían.
Los pacientes y compañeros del hospital psiquiátrico que con el tiempo se atrevieron a hablar, afirmaban que el Dr. Santiago Achú era un buen hombre. Amable, prudente, educado. Sobre todo, educado. Recomendado por su futuro suegro, acababan de nombrarle director de la Clínica Psiquiátrica de San Fernando cuando le detuvieron. Planeaba casarse en dos semanas con Julieta, embarazada de cuatro semanas.
Su joven amigo y discípulo, el Doctor Rubio, le sustituyó ocupando el cargo hasta el día de su muerte 26 años después. Su madre le encontró al regresar esa noche a la casa que compartían electrocutado en la bañera.
-Maricón de mierda- le dijo por última vez.
 En la mesa de la consulta del Doctor Rubio quedó el expediente de su último paciente de aquel día:
Matías Achú / Trastorno crónico por estrés postraumático

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