NO VAYAN A DECIR
No recuerdo haber
tenido nunca tantas ganas de estar sola contigo. Lo pienso ahora que por fin se
han despedido todos, o mejor, se han dejado acompañar hasta la puerta. La gente
tiene la costumbre de presentarse cuando menos falta hace. Dime tú a mi qué
necesidad tiene tu hermano de aparecer a estas alturas, con esos aspavientos, como
si esto le pillara por sorpresa. De don Javier ya no te digo nada, que bien
sabe él lo que he sufrido yo, y va y me viene con que si los santos óleos y el
perdón. Como si no te anduviera perdonando yo toda la vida, que hasta el pecado
original te lo he borrado de tanto fregarte los pecados. Y por si fuera poco, los
del seguro, casi tres horas que me han tenido en vilo para poder darte el
pasaporte de finado. Que parece que hasta para declararse muerto hay que tener
en regla los papeles ¿Y no me dicen además que se llevan la ropa y que ya te
visten ellos? Pues he tenido que decirles que ni hablar, que aquí la única que
piensa amortajarte es tu mujer, que para algo es tu mujer. Se pasa una media
vida lavando calzoncillos y vienen un par de forasteros y quieren arreglarte
así, de oficio, con esa frialdad. Pues de eso nada.
No recuerdo cuándo
fue la última vez. La última vez que tuve yo el deseo de ti, de verte así, tú y
yo y ya está. Y no será por las horas que hemos pasado los dos en este piso.
Cincuenta y tantos años van desde que entramos aquí pensando que esto era el
paraíso. Cincuenta y tantos metros que han visto ya de todo, ¿y qué no han visto?
¡Qué engañados nos teníamos! Virgen al matrimonio y deseosa de un nidito de
amor llegaba yo. Entonces sí tenía yo ganas de verte así, desnudo. O quizás no,
quizás no era deseo sino miedo, que la desnudez de un hombre, antes, guardaba un
misterio doloroso. El miedo de después ya fue otra cosa. Quisiera yo saber entonces
dónde estaban tu hermano, y don Jesús, y todos los demás. En la soledad de allí sí que hubieran podido ahorrarme buenos palos, y no en esta.
Te retiro la
sábana. Alguien te la ha dejado caer encima. Seguramente habrá sido la doctora,
con esa manía que tienen de tapar todo lo impuro, como si la muerte pudiera
tramitarse así de fácil, bajando el telón. La he visto acercarse con recelo
antes de certificar tu defunción. Tu defunción, lo ha dicho así. Te aparto la
sábana y te quito el pijama. Es un pijama viejo, descolorido del uso y de lejía. Lo corto con las tijeras de cocina, las mangas, las perneras, para
sacarlo sin tener que incordiarte demasiado. También te quito el pañal y me conmueve
esa desnudez inofensiva tuya. Esa desnudez del alma que no pueden tapar ya todas las sábanas del mundo.
Te enjabono todo
el cuerpo. El agua templada, no muy caliente, que a ti te gusta así. Con la
esponja voy limpiándote desde el cuello hasta los pies: la espalda,
las axilas, las nalgas. Lo último, tus partes, que tienen algo ahora como de
piel de lenguado, no me preguntes por qué. ¡Si tú vieras la primera vez que
tuve que limpiarte el culo! Más que el asco era la rabia, pero una rabia como toda
hecha de pena. Me dijeron que de aquella te morías, y han pasado cinco años. Y yo no sé si
he sido más esclava en estos cinco o en los cuarenta que vinieron antes. Que
antes aun podía una darse un respiro cuando estabas en el bar o en el trabajo,
o donde fuera. Pero después, a ver en qué momento. Y habrá quien piense que un
hombre enfermo como tú no da trabajo. No sé yo si hubiera sido mejor que te me
murieras entonces y no a plazos. ¿Y qué me dices tú de las ayudas? Que no, que
si la renta de mis hijos es muy alta. Como si no tuvieran bastante ya tus hijos
con haberte aguantado en vida para tener que mantenerte a estas alturas, todo desvencijado como
estás.
Te doy crema.
Hidratante, de la buena. Mira qué piel. Me lo dice la enfermera, lo bien
cuidado que te tengo, ni una llaga. Cada mañana me siento a mirarte en el
rincón. Es siempre una sensación como de paz, después de haberte lavado y
perfumado y puesto el desayuno por la sonda y dado todas las pastillas. Y tú mirándome con esa mirada que
sé que tú me entiendes y que me lo agradeces, hasta que me perdonas por los
días que quiero cerrar la puerta de casa y no volver. Que si pudieras moverte
a lo mejor hasta me dabas un abrazo. Me siento a mirarte y me enciendo un
cigarro, uno cada mañana, bien dosificaditos, como para liberarme. Y no sé si
me saben hasta un poco a venganza, dios mío, con lo poco que te gustaba a ti verme fumar.
Te visto. No te
lo creerás cuando te diga que ya tenía el traje preparado. Pero desde hace
años, fíjate. Lo tenía bien guardado en el fondo del armario, en una funda. Me
cuesta colocártelo porque empiezas a tener ya una rigidez como de cera fría,
pero te queda bien. Te imaginaba así, elegante. Desde las bodas de plata que yo
no te veía en traje, y mira si ha llovido. La de veces que soñaba yo de niña con
vestir a mi marido para ir a trabajar, y ya ves tú, a los setenta y para el
último viaje. Que nunca es tarde, dicen.
Te peino. Te
peino ahora casi con más delicadeza que cuando estabas vivo. Privado como
estabas de todo lo demás, la cabeza era tu último rincón de resistencia, el
único reducto de tu cuerpo que no pude someter a este amor mío que me he ido cobrando de vieja y a poquitos. Cómo te resistías a que te peinara. Te peino y hasta te
pongo laca, no vayan a decir.
Te intento
cruzar las manos sobre el pecho, las uñas bien cortas y bien limpias. Parece
que pesan más que nunca, me cuesta sostenerlas. Y mira que conozco bien su
peso, que lo he probado sobre todos los palmos de mi cuerpo. Se aguantan, al final, las dos entrelazadas. Te
arreglo bien los puños.
Te anudo la
corbata. Y quiero hacerte un nudo de los gruesos, que cubra bien esa marca
morada de tu cuello. No vayan a pensar, dios me perdone. No vayan a pensar que
he sido yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario