lunes, 6 de enero de 2020

Relato de terror- TRANQUILA


TRANQUILA

Le había costado un poco más de su ya mermada salud mental seguir en la casa familiar hasta encontrar el piso que buscaba, pero al fin lo tenía.
El apartamento era uno de los dos que ocupaban la quinta planta de un edificio con bastantes vecinos. Estaba ubicado en un barrio céntrico y concurrido de la ciudad. Era una de esas zonas en las que cualquiera que tenga niños y le guste la ciudad quisiera vivir. Tenía su parque enorme con columpios y árboles que daban sombra a los banquitos desde donde los padres observaban a sus hijos. No le faltaban sus dos o tres colegios, sus supermercados, sus señores con carritos de la compra y sus jubilados haciendo predicciones sobre lo que sería aquel edificio en construcción.
El balcón del salón-cocina del pisito daba a una plaza peatonal en la que siempre había niños jugando con pelotas o cualquier artilugio rodado y un par de bares con terrazas que casi siempre estaban llenas de gente. Aunque el pisito era pequeño, la decoración era moderna y las dos habitaciones más que suficientes para instalarse allí con su hija de siete años.
Sandra había forzado la venta de la casa en la que vivían los tres para salir de allí lo antes posible y necesitaba un sitio donde vivir que les hiciera un poco más fácil el cambio, así que, durante un mes entero, se dedicó casi exclusivamente a buscar su nuevo hogar. Por las noches repasaba de arriba abajo los anuncios on line y de día, cuando Ainhoa estaba en el cole, recorría los barrios que le gustaban preguntando en las inmobiliarias, a los conserjes y a los vecinos que salían de algún edificio que le interesaba. Pero cada día volvía más frustrada porque lo que estaba disponible requería un tiempo para acondicionarlo del que no disponía o eran plantas bajas demasiado accesibles. Lo que ella buscaba no parecía existir.
Después de quince días de búsqueda sin encontrar nada, a Sandra, desilusionada y cansada, empezaron a asaltarle las dudas sobre su decisión de vender tan precipitadamente la casa. A pesar de que su marido se había convertido en un ser desconfiado, huraño e iracundo desde que cerró la empresa y pasaba casi todo el día embebido en internet, a Sandra siempre le había compensado la casa en la que vivían y sobre todo el entorno. Los vecinos del edificio eran ya sus amigos y pese a estar muy cerca de la ciudad, les rodeaba un bosque espeso y precioso que terminaba en el mar. Cada día de los últimos cinco años Sandra dejaba tras la puerta el humo denso del desamor que había ido invadiendo su hogar y paseaba, corría, lloraba y hasta gritaba protegida por los árboles o el rumor del mar. Su hija y todo ese oxígeno conseguían insuflarle suficiente vida para permanecer allí un día, una semana. Un año más. Amaba tanto aquel lugar que le costaba creer su propia determinación de dejarlo. Pero tras la separación, desde que su ex y su rencor se habían instalado en el piso de arriba, que pertenecía a sus padres, sentía su presencia mucho más latente que cuando convivían. La sensación de estar vigilada le estaba volviendo loca.
Cuando la niña cumplió cuatro años, sin saber por qué, empezó a tener miedo cuando se iba a la cama y cada vez le costaba más dormirse si quien la acostaba dejaba la habitación. A veces, tenían que estar más de una hora a su lado cogiéndole la mano o contándole cuentos en la oscuridad hasta que el propio cansancio le vencía. Era frustrante el permanecer allí sin saber por qué le sucedía y cómo ayudarla a superarlo. Pasaban los días y cada vez necesitaba más y más tiempo la compañía de uno de sus padres para poder dormirse. Sus miedos parecían multiplicarse. Era agotador.
Al cabo de tres semanas, el padre decidió ayudar a la niña de otra manera y desde entonces, a la hora de acostarla, se apoltronaba en el sofá con el mando de la tele en la mano, miraba de reojo a la madre que acompañaba a la hija a la cama y les decía:
– Yo os protejo desde aquí-
Sandra, molesta, decepcionada y sola en su preocupación por la niña, se resignó a encargarse de acostarla cada día sin su ayuda dedicándole el poco tiempo del que disponía para descansar después de bañarla y hacer la cena. Noche tras noche, se acostaba junto a ella y le contaba un cuento, y otro cuento, una historia inventada o cualquier cosa que se le ocurriera mientras la abrazaba hasta que se dormía. Mientras tanto, debía de pensar la pequeña, su papá, fuerte y seguro de sí mismo, las protegía de los peligros desde el sofá.
Al decidir separarse, una de las cosas que Sandra tenía más claras es que tenía que conseguir que su hija superara su miedo al acostarse y pudiera dormir tranquila. Estaba convencida de que el origen estaba precisamente en que la niña había aprendido a creer que necesitaban protección. Así que, durante las tres semanas anteriores a la marcha del padre estuvo indagando sobre los terrores nocturnos, leyó varios libros que le recomendaron y consultó a una psicóloga especialista en el tema. Incluso aprendió técnicas de relajación para hacerlas juntas al acostarse. Necesitaba convencerse y convencer a la niña de que ellas dos solas, juntas, podían conseguirlo.
Pero el padre no pensaba así. Desde el mismo día en que empezaron a vivir solas y él se instaló en el piso de arriba, a la hora en la que Sandra acostaba a la niña, el padre daba unos golpecitos en el suelo justo sobre el techo de la habitación en la que ellas estaban.
-Yo os protejo desde aquí- creía escuchar Sandra en su cabeza a cada golpecito.
Al oírlos, la hija se encogía primero, pero luego se percataba de que era su padre y contestaba con otros tantos en la pared. Después, miraba con cara asustada a Sandra y se lamentaba:
-Mami, es papá. ¿Por qué no puede estar en casa con nosotras? Tengo miedo-
Con sorprendente dedicación, el padre no fallaba en su mensaje protector ni una sola noche. La niña seguía teniendo miedo y ninguno de los esfuerzos de la madre por ayudarla con lo que había aprendido funcionaba. Pero al cabo de una semana, la pequeña sólo se calmaba al escuchar el pavloviano sonido de los suaves golpecitos que daba el padre.
-Yo os protejo desde aquí- Escuchaba también en su cabeza la niña sintiéndose amparada ante la frustración e irritación de Sandra.
Pasaron dos semanas y Sandra supo que tenían que irse. Y por fin, su búsqueda concluyó gracias a una amiga que le consiguió una visita al piso que se iba a convertir al fin en su nueva casa. Lo que le llevó a decidirse en ese mismo momento fue comprobar que éste sí que reunía los dos requisitos indispensables para ella: suficiente distancia con la casa del padre y sensación de seguridad por la compañía de los vecinos y lo animado del barrio. En la misma visita firmó el contrato, notificó la nueva dirección de la niña al padre siguiendo instrucciones de su abogada y en dos días había hecho la mudanza y decorado con mimo la nueva habitación de la hija.
Por fin había llegado el día de su emancipación. Sandra estaba nerviosa, emocionada. Muy contenta. Aquella tarde, tras recogerla del cole, entraron juntas por primera vez en su nuevo hogar y la pequeña recorrió la casa de un lado a otro ilusionada, encantada con su preciosa habitación y con las vistas desde el salón a la divertida plaza llena de niños. Sandra notó por primera vez en mucho tiempo que podía respirar.
-Nos gusta- pensó. -Se adaptará bien-
Ese día cenaron viendo una película de dibujos para celebrar su llegada y a las 9, como siempre, se prepararon para ir a dormir. Sandra supo disimular muy bien su preocupación por el acostumbrado nerviosismo de su hija al acostarse y se puso a su lado en la cama como tenían costumbre. Le contó un cuento muy divertido de animales gamberros y, tras dejar una luz encendida en el pasillo, apago la luz y le dio un beso de buenas noches. La niña, por primera vez, le pidió a la madre que le acompañara para hacer esas respiraciones “de tranquilidad” que le había enseñado. Sandra, contenta y aliviada, accedió con gusto. A la cuarta inhalación, notó cómo la pequeña aflojaba la mano con la que cogía la suya y empezaba a dormirse. La cara de Sandra era toda ella una sonrisa que ya no recordaba que existía. Decidió esperar unos minutos hasta asegurarse de que su hija dormía para acostarse ella en su nueva y enorme cama.
Pasaron sólo unos segundos y de repente, un ruido duro y seco que parecía venir de la pared contra la que estaba apoyada la cama de la niña le sobresaltó provocándole un movimiento brusco de todo su cuerpo que movió también el de la hija, aunque no la despertó. Sus ojos y sus oídos parecieron abrirse como los de una gacela que nota el acecho, pero no escuchaba nada y pensó que todavía no conocía los sonidos normales de su nueva casa. Le convenció su argumento y volvió a relajarse.
Pero entonces, el mismo ruido duro y seco, pero ahora más fuerte y en forma de un golpe seguido de otro hasta hacer cuatro, retumbó en la pared volviendo a hacer saltar a Sandra y despertando, ahora sí, a la niña. Desorientada, apretando la mano de su madre, le preguntó que qué había sido ese ruido y le pidió que encendiera la luz. Sandra, notando la presión en su pecho, apretó en interruptor y, acariciándole la cabeza, le quitó importancia:
-No ha sido nada, cariño. Son los vecinos. Como antes no teníamos, no estamos acostumbradas. Duérmete- la tranquilizó dándole un beso en la mejilla y cogiéndole la manita.
La niña, apretándole fuerte con sus dedos, y mirándole con sus ojitos brillates, se dirigió a ella con la única frase que a Sandra podía darle miedo:
-Echo de menos a papá-
Sandra, sin contestar, le dio otro beso y le prometió quedarse en la cama hasta que se durmiera. Con la luz encendida, al cabo de unos minutos, la niña volvió a dormirse sin soltarle la mano. Sandra no quiso despertarla al irse a su habitación y decidió quedarse toda la noche junto a ella en la estrecha camita durmiendo sólo a ratos. Expectante.
Al día siguiente, la pequeña se despertó contenta, desayunó, se vistió y Sandra la llevó al colegio. Sandra pensó varias veces a lo largo del día en lo que había pasado la noche anterior y siempre llegaba a la misma conclusión. Era la primera noche, no conocemos los sonidos de la casa. Es normal. Como tenía el día libre, disfrutó de varias horas en la casa colocando nueva decoración y acostumbrándose a los espacios. Dio un paseo por el barrio, hizo la compra y se preparó la comida. Después de una siesta corta recogió a su hija del cole y fueron directas al parque que tenían al lado a jugar. La niña se divirtió con otros dos niños que se columpiaban junto a ella y quedaron en verse al día siguiente allí otra vez.
Volvieron a casa animadas por los nuevos amigos de la niña y prepararon juntas la cena mientras la pequeña le contaba lo alto que se había columpiado.  Sandra puso un capítulo de una serie muy divertida mientras cenaban para distendir el momento de irse a la cama y se hicieron las 9. La niña parecía estar tranquila.
Sandra se acostó junto a ella en la cama y le contó un cuento. Después la besó para darles las buenas noches y apagar la luz. Esta vez, la niña le pidió, apretándole la mano, que se quedara hasta que ella estuviera dormida. Sandra accedió y apagó la luz. Pero cuando iban a empezar a hacer las respiraciones profundas para relajarse, sonaron otra vez los cuatro golpes secos, rotundos. Esta vez más fuertes. Tanto que retumbaba la pared.
La pequeña, lanzando un grito, empezó a llorar agarrándose fuerte a la madre.
- Mami, tengo miedo- dijo temblándole la voz.
Sandra, intentando tranquilizarla sin poder casi lograrlo con ella misma, le repitió las mismas palabras de la noche anterior. No conocían los sonidos de la casa. Seguro que eran los vecinos corriendo la cama para irse a dormir. Pero la niña, muy asustada, le contestó que a lo mejor al lado vivían los malos o que podía ser un fantasma. Sandra cada vez se sentía más angustiada. Notaba como una especie de bola le cerraba el estómago y le faltaba el aire. Sin perder de vista el móvil que tenía sobre la mesita por si tenía que pedir ayuda, se mostró todo lo tranquila que pudo delante de la hija y siguió calmándola, abrazándola. Pero la niña no conseguía relajarse. Y mucho menos dormirse. Después de un rato en silencio, con los ojos muy abiertos mirando a la pared desde la que parecían haber llegado los golpes, dijo:
-Mamá, me quiero ir a casa. Quiero ir con papá.
Sandra, de nuevo sin contestar, dejó la luz encendida, le propuso contarle otro cuento que al final fueron dos más y finalmente la niña se durmió. Vigilante, sin poder ni siquiera cerrar los ojos, Sandra permaneció abrazando a su hija toda la noche.
El día siguiente fue normal para la niña. Sólo se le notaba un poco cansada, pero se fue animada al cole y volvió al parque donde estaban sus nuevos amigos.
En casa, después de cenar, al llegar la hora de acostarse, la hija pidió quedarse un rato más viendo la tele y Sandra accedió. Pero al cabo de un rato, la niña volvió a pedir más tiempo, insistiendo. Decía no tener sueño a pesar de que sus ojillos empezaban a enrojecerse. No quería irse a dormir. Y Sandra lo entendía. Ella también tenía miedo.
-¿Puedo dormir en tu cama?- preguntó.
Sandra, convencida de que acceder era decirle que había motivos para tener miedo, se negó, pero le prometió quedarse con ella, contarle todos los cuentos que hiciera falta con la luz encendida hasta que se durmiera y no moverse de su lado. Su único miedo era que su hija tuviera miedo. Eso y que no se sintiera segura a su lado. Pero se estaba quedando sin recursos y lo sabía.   
Le contó un cuento, y otro y otro, mientras la pequeña permanecía rígida agarrada al brazo de Sandra como a un salvavidas. Sin apenas poder moverse, al ir a darle un beso a la niña, otra vez, fuerte y seco, duro como un martillo, escucharon los cuatro golpes en la pared de al lado. La niña, dando un salto, se puso sobre Sandra gritando: - mamá, mamá!- Sandra, incorporándose con la niña en brazos saltó de la cama y fue hacia su habitación. Aunque ya estaba convencida de que esos golpes no eran normales, intentaba tranquilizar a la niña con palabras que ni ella creía, pero era imposible. La niña, aferrada a ella y al peluche que había rescatado de su cama al lanzarse sobre Sandra, lloraba:
-Mamá, me quiero ir a casa. Tengo mucho miedo. Quiero que venga papá. Quiero hablar con él. Llámale- insistía a la vez que Sandra intentaba disuadirla:
 -Cariño, estás conmigo. Estás segura. No te va a pasar nada malo porque yo te protejo. Vamos a dejar la luz encendida y a leer cuentos. Estás conmigo. No es necesario llamar a tu padre. Es tarde y no vamos a molestarle.
Pero la hija insistía una y otra vez en llamarle. Y Sandra, casi vencida, se obligaba a recordarse que si dejaba que llamara al padre, habría retrocedido, habría perdido y la ansiedad, el insomnio, el desprenderse de todo tal cual lo conocía, el sufrimiento, la lucha. Todo. Todo habrá sido en vano. Jamás podría prescindir de él, de su presencia vasta y densa ocupando cada espacio, de su incapacitante actitud protectora, de su irritante y condescendiente tono de voz, de su violenta frustración, de su de su necesidad de ser necesario.
Entonces, firme y convencida, aseguró a su hija:
-Cariño, somos listas, fuertes y valientes. Unos golpecitos en la pared no van a poder con nosotras. Cuando averigüemos lo que es, verás cómo nos reímos. Tranquila.
         Como por arte de magia, la niña, se tranquilizó. Pero aún así, después del susto y el llanto, no conseguía dormirse y decidieron leer cuentos toda la noche.
Cuando estaban empezando el primero, una vibración continua en la mesita de noche llamó la atención de la pequeña que alargó su mano para coger el móvil de la madre. En la pantalla, el nombre del padre parpadeando indicaba que les estaba llamando. Rápidamente, la niña descolgó y contestó. Lo siguiente que escuchó Sandra fue a su hija diciéndole a su ex marido con voz suplicante y aliviada:
-Sí, papá. Hay alguien malo dando golpes…. Sí, papá, ven por favor.
Sandra arrancó el móvil a la niña de las manos para impedirlo, pero el padre había colgado.
En silencio, sentadas en la cama con la vista dirigida al telefonillo, pasaron los siguientes 10 minutos. Al fin sonó y la niña fue corriendo a abrir. El ruido del ascensor anunciaba su inminente llegada. Sandra, sin sorpresa y casi admirada, se acercó a la puerta de entrada acompañando a la niña que en seguida la abrió. Allí estaba, en el descansillo de su casa. El padre. La niña corrió a abrazarle y el padre, tranquilo, sereno, la abrazaba con fuerza repitiendo:
-Tranquila, ya estoy aquí-
La niña le pedía irse con él. Le pedía incluso que se fueran las dos con él o que se quedara. Pero el padre, sereno, tranquilo y con su seguridad creciendo al ritmo que la de Sandra se destruía, la tranquilizó:
-Mañana ya estás conmigo-
Sin que Sandra pudiera ni quisiera ya impedirlo, el padre se quedó un rato con la niña en su habitación y consiguió que se relajara. Después se marchó y la niña, contenta y deseosa de que llegara el día siguiente, sonrió a la madre y fue al baño.
Sandra, guiada por sus propios pasos, se acercó a la puerta de entrada por la que él había salido y entonces, todas las dudas que aún le invadían sobre el hombre al que amó y creyó conocer, se disiparon y acercó su ojo derecho a la mirilla.
Con total claridad, vio al padre de su hija, de espaldas a su puerta. Estaba metiendo la mano en el bolsillo derecho de su pantalón. La sacó con algo en ella y dio tres pasos hacia delante. Introdujo la llave en la puerta que había frente a la silla y entró cerrándola tras él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario