Voces
No te muevas, quédate quieto, dice la voz dulzona. Es la primera voz que oigo cada día al despertarme. Le hago caso y me quedo quieto, no quiero levantarme. Muévete. Esa es la segunda voz que oigo. No puedo moverme. No, no te muevas. Levántate. No. Que te levantes. Bien. Todas las mañanas, después de negarme cien veces a enfrentarme al mundo, salgo. Todas. Me levanto y me obligo a ir al baño, a asearme y a vestirme. Solo con esto ya he gastado gran parte de mis fuerzas. Me enfrento a mi rostro marchito en el espejo, y mi reflejo me recuerda que todavía hay cosas que hacer. Desayuna, me repite de forma autoritaria. Me cuesta, pero al final consigo apartar la mirada de esos ojos acusadores y dirigirme a la cocina. Tengo una cafetera eléctrica, de esas que pones una capsula, aprietas un botón y tienes una taza de café recién hecho. Doy gracias a mi madre todas las mañanas por habérmela regalado. Saboreo el café, y noto como el calor cae hasta mi estomago, y como las ondas que deja una piedra en un lago tranquilo, se extiende hasta el resto de mi cuerpo, por la barriga, el pecho, las piernas y los brazos, y siento como vuelve a mi parte de la vida que he perdido levantándome. La suficiente como para prepararme unas tostadas de pan. Como robóticamente, sin hambre, aunque una pequeña voz dentro de mi reconoce que están buenas. Esa voz es un recuerdo de lo que fui una vez, los restos que quedan de esa persona. La pobre está asfixiada con la aplastante oscuridad azucarada que inunda mi cabeza, pero de vez en cuando logra hacerse paso para dirigirme alguna frase como esa, un eco. Intento no pensar mucho en ella, es doloroso ver todo lo que he perdido. La voz autoritaria vuelve, y me recuerda que no puedo seguir sentado en la mesa con la mirada perdida en mi taza de café vacía. Tiene que repetírmelo varias veces hasta que logro reunir las fuerzas necesarias para levantarme. Odio esa voz, es la que me mantiene vivo, la que se niega a dejarme morir. Es la misma vida luchando, negándose a permitir que me rinda. Y por eso la amo. Logro coger mi maletín y mi abrigo, y salgo de casa. El cielo empieza a clarear con los primeros rayos de la mañana. Pero en realidad es un día gris, como todos, dice la voz de caramelo. Cierto, respondo mirando al suelo. La voz autoritaria se molesta, pero no logra hacerme cambiar de opinión, no tiene fuerza. Sigo caminando y paso por delante de la tienda de bicis de la esquina. La voz de los recuerdos se emociona al ver los modelos nuevos en el escaparate. Deberíamos volvernos a comprar una, dice mientras me deleita con una imagen de mis largas travesías por las montañas del pueblo. Una imagen que enseguida se vuelve amarga cuando la voz empalagosa se adueña de ella. ¿Recuerdas como te gustaba ir en bici? ¿Desde cuando no vas, eh? ¿tres años va a hacer ya?. Sí, tres años, respondo con un suspiro que me hunde un poco más en el lecho arenoso del rio negro que me ahoga. Sigue caminando. La aparición de la voz autoritaria hace que sea consciente de mi mismo otra vez, y me percato de que me he quedado parado. No puedo seguir caminando. Camina. También puedes echarte al suelo y dejar de moverte, eso seria más fácil que dar otro paso. No, eso no es una opción, camina. Me quedo pensando, lo del suelo no suena mal. Camina. Me pongo en marcha de nuevo. Algún día te quedarás en el suelo. Es posible, contesto. No, nunca dejaré que te rindas. No se si aguantaré. Llego al colegio. Álvaro se suelta del brazo de su madre y viene corriendo a enseñarme la cartulina que ha hecho sobre las ballenas. Cuando Nuria le ve, sale apresurada en mi dirección para enseñarme la suya sobre los delfines. Ambos intentan captar mi atención interrumpiéndose entusiasmados el uno al otro, lo que deriva en una discusión sobre que animal es mejor. ¿Cómo van a ser mejor las ballenas? Todas son grises y aburridas, ¿sabías que hay delfines rosas?. Pero las ballenas son mucho más grandes, son el animal mas grande del mundo, ¿qué importa que no sean rosas?. Sonrío. Sonrío de verdad, y es como respirar por primera vez desde que me he levantado. Me suena un aviso en el móvil. Psicóloga, 18:00. La oscuridad pegajosa inunda mi mente y hace que mi sonrisa pase a ser falsa. No vayas. Miro a los niños, que han acordado que tanto ballenas como delfines molan mucho, y que desde luego son mejores que los brutos de los tiburones de Natalia. Vuelvo a mirar al móvil.
Cuánto me alegro de volver a leerte, María. Te echamos de menos. Coge esa libreta de tesoros que un día te robaré y arrastra tu culo hasta Railowsky esta tarde.
ResponderEliminarGracias, María, por traer tan bien traída esa miríada de voces. Hay algo de todos nosotros en ese personaje.
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