martes, 11 de febrero de 2020

El bombero Ramón y su miedo (ejercicio No.8)



El bombero Ramón y su miedo (ejercicio No.8)

Hacía solo unos meses que yo había logrado entrar al cuerpo de Bomberos. Fue luego de un exhaustivo entrenamiento para formar parte de esa institución profesional. Era fuerte, joven y lleno de ilusiones. Había sido mi sueño desde niño.

--Vamos don Ramón, no se me quede así como si estuviera en la luna de Valencia. ¿Qué está imaginando en su cabeza?--

Estábamos en la segunda planta de un edificio antiguo. No había grandes llamas pero el peligro eran los gases producidos por la combustión. Habíamos aprendido que no son las quemaduras las que producen víctimas, antes mueren sofocadas. Así que entramos con máscaras de oxígeno para evacuar a los que ya no se movían. Mi compañero va a por unos niños pequeños y se los lleva. Me indica que hay alguien más y voy a rescatarle.

--Déjeme ponerle la manta que hace frío aquí en este patio abierto. Otra vez se me babea. Ay ay ay, qué trabajo me da. Le sacaré ese birrete de bombero; no tenemos fuego cerca y así le pongo una gorra abrigada. --

Ante mí tengo al juez, al fiscal, mi defensor y varios compañeros del cuerpo. También estaba la mujer que había rescatado y revivido aplicándole lo que había aprendido en el entrenamiento. Fue ella quien finalmente me denunció por acoso sexual. La encontré desnuda tirada en una cama; la puse en el piso para reanimarla pues aprendimos que los gases mortales suben mientras que hasta unos 60cm se respira aire sin monóxido por un cierto tiempo. Me saqué la máscara y me tiré sobre ella para hacerle el boca a boca de acuerdo a nuestra instrucción. Cuando vi que su corazón latía nuevamente y estaba reanimada la cargué para sacarla del bloque de apartamentos. El hecho tuvo repercusiones mediáticas. Fue la última víctima rescatada y estaba la televisión cuando salí del edificio con ella desnuda en mis brazos. Vinieron los de la ambulancia, la pusieron en una camilla y la cubrieron. La mujer, de mediana edad, me empezó a llamar al ser dada de alta del hospital para agradecer que le hubiera salvado la vida. Me cayó muy bien al principio. Luego las llamadas se producían a cada momento. Incluso venía por mi casa y me decía de salir a tomar algo ya que yo era su ángel de la guarda. A los pocos días se me insinuaba aún más. Para salir de esa pesadilla le dije que no me interesaba nada de lo que me proponía, yo simplemente había cumplido con mi deber. Agregué que si seguía rondando mi casa y haciendo llamadas iría a la policía a denunciarla por acoso. No podía entender que me negara a sus avances. Pronto llegó a ser agresiva apareciéndose por todos los lados donde yo iba ya fuera con amigos o junto a alguna de mis parejas circunstanciales. Cuando no aguanté más y le dije que debía meterse en un psiquiátrico fue ella la que me denunció. Y aquí estoy ante un juez. Me absolvieron por falta de pruebas, eran palabras contra palabras.

--Claro, ahora que está más calentito se me duerme otra vez. Pero … qué cosa don Ramón, ahora se babea aún más. --

Cada vez que hay un siniestro con gente dentro pido que no me manden a rescatar personas pues me quedó el miedo de cómo lo podrían tomar. Me degradaron en el cuerpo porque una vez me negué a sacar una joven desmayada cuando ya no quedaban hombres por rescatar. Así me pasaron a chófer pero aún en esa función debo participar de alguna manera en la operación. Cuando conduzco la paso bien. Voy esquivando coches, con la sirena a todo volumen y haciendo sonar de vez en cuando la bocina especial de aire para advertir a los que se nos cruzan en el camino. Me gusta cómo se asustan con ese ruido y enseguida se salen de nuestro camino. Lo malo es que cuando sucede algo grande debo intervenir al igual que mis compañeros. Pero no me hacen sentir bien, se mofan de que me niegue a rescatar víctimas femeninas. Es malo que te acusen. Peor ser el blanco de los telediarios de la televisión y aparezcas en los periódicos cuando solo has tratado de hacer las cosas que has aprendido.

--Pero don Ramón, ¿qué le pasa ahora? —

Siento que me sacuden y me despierto.

-- Otra vez se me duerme y hace gestos como que estuviera conduciendo. Y justo cuando viene la hora de la merienda. Vamos, vamos que se le enfría el café con leche. Hoy tenemos una rica bollería que han donado unas señoras muy generosas. —

-- Pero ¿qué dice, que no quiere nada que hayan regalado mujeres? Ay ay ay abuelo, mire que se pone bien caprichoso usted. Venga que le seco esa baba. –

Me pone un babero para no seguir mojando ni estropear la vieja ropa que llevo encima.

-- Tome la merienda y ya lo llevo a ver su serie favorita de la televisión en Animal Planet, la de El encantador de perros, ¿no es así abuelo? --

Me tomé el café con leche y aunque tenía hambre ni probé la bollería que parecía exquisita; sentía miedo de que me persiguieran después y me acusaran por abuso si alababa lo rico que eran. Mi experiencia de bombero me decía que hay que andarse con mucho cuidado al mostrarse amable.

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