El bombero
Ramón y su miedo (ejercicio No.8)
Hacía solo unos meses que yo había logrado entrar al cuerpo
de Bomberos. Fue luego de un exhaustivo entrenamiento para formar parte de esa
institución profesional. Era fuerte, joven y lleno de ilusiones. Había sido mi
sueño desde niño.
--Vamos don Ramón, no
se me quede así como si estuviera en la luna de Valencia. ¿Qué está imaginando
en su cabeza?--
Estábamos en la segunda planta de un edificio antiguo. No
había grandes llamas pero el peligro eran los gases producidos por la
combustión. Habíamos aprendido que no son las quemaduras las que producen
víctimas, antes mueren sofocadas. Así que entramos con máscaras de oxígeno para
evacuar a los que ya no se movían. Mi compañero va a por unos niños pequeños y
se los lleva. Me indica que hay alguien más y voy a rescatarle.
--Déjeme ponerle la
manta que hace frío aquí en este patio abierto. Otra vez se me babea. Ay ay ay,
qué trabajo me da. Le sacaré ese birrete de bombero; no tenemos fuego cerca y
así le pongo una gorra abrigada. --
Ante mí tengo al juez, al fiscal, mi defensor y varios
compañeros del cuerpo. También estaba la mujer que había rescatado y revivido
aplicándole lo que había aprendido en el entrenamiento. Fue ella quien
finalmente me denunció por acoso sexual. La encontré desnuda tirada en una
cama; la puse en el piso para reanimarla pues aprendimos que los gases mortales
suben mientras que hasta unos 60cm se respira aire sin monóxido por un cierto
tiempo. Me saqué la máscara y me tiré sobre ella para hacerle el boca a boca de
acuerdo a nuestra instrucción. Cuando vi que su corazón latía nuevamente y
estaba reanimada la cargué para sacarla del bloque de apartamentos. El hecho
tuvo repercusiones mediáticas. Fue la última víctima rescatada y estaba la
televisión cuando salí del edificio con ella desnuda en mis brazos. Vinieron
los de la ambulancia, la pusieron en una camilla y la cubrieron. La mujer, de
mediana edad, me empezó a llamar al ser dada de alta del hospital para
agradecer que le hubiera salvado la vida. Me cayó muy bien al principio. Luego
las llamadas se producían a cada momento. Incluso venía por mi casa y me decía
de salir a tomar algo ya que yo era su ángel de la guarda. A los pocos días se
me insinuaba aún más. Para salir de esa pesadilla le dije que no me interesaba
nada de lo que me proponía, yo simplemente había cumplido con mi deber. Agregué
que si seguía rondando mi casa y haciendo llamadas iría a la policía a denunciarla
por acoso. No podía entender que me negara a sus avances. Pronto llegó a ser agresiva
apareciéndose por todos los lados donde yo iba ya fuera con amigos o junto a alguna
de mis parejas circunstanciales. Cuando no aguanté más y le dije que debía
meterse en un psiquiátrico fue ella la que me denunció. Y aquí estoy ante un
juez. Me absolvieron por falta de pruebas, eran palabras contra palabras.
--Claro, ahora que
está más calentito se me duerme otra vez. Pero … qué cosa don Ramón, ahora se
babea aún más. --
Cada vez que hay un siniestro con gente dentro pido que no
me manden a rescatar personas pues me quedó el miedo de cómo lo podrían tomar.
Me degradaron en el cuerpo porque una vez me negué a sacar una joven desmayada
cuando ya no quedaban hombres por rescatar. Así me pasaron a chófer pero aún en
esa función debo participar de alguna manera en la operación. Cuando conduzco
la paso bien. Voy esquivando coches, con la sirena a todo volumen y haciendo
sonar de vez en cuando la bocina especial de aire para advertir a los que se
nos cruzan en el camino. Me gusta cómo se asustan con ese ruido y enseguida se
salen de nuestro camino. Lo malo es que cuando sucede algo grande debo
intervenir al igual que mis compañeros. Pero no me hacen sentir bien, se mofan
de que me niegue a rescatar víctimas femeninas. Es malo que te acusen. Peor ser
el blanco de los telediarios de la televisión y aparezcas en los periódicos
cuando solo has tratado de hacer las cosas que has aprendido.
--Pero don Ramón, ¿qué
le pasa ahora? —
Siento que me sacuden y me despierto.
-- Otra vez se me
duerme y hace gestos como que estuviera conduciendo. Y justo cuando viene la
hora de la merienda. Vamos, vamos que se le enfría el café con leche. Hoy
tenemos una rica bollería que han donado unas señoras muy generosas. —
-- Pero ¿qué dice, que
no quiere nada que hayan regalado mujeres? Ay ay ay abuelo, mire que se pone
bien caprichoso usted. Venga que le seco esa baba. –
Me pone un babero para no seguir mojando ni estropear la
vieja ropa que llevo encima.
-- Tome la merienda y
ya lo llevo a ver su serie favorita de la televisión en Animal Planet, la de El
encantador de perros, ¿no es así abuelo? --
Me tomé el café con leche y aunque tenía hambre ni probé la
bollería que parecía exquisita; sentía miedo de que me persiguieran después y
me acusaran por abuso si alababa lo rico que eran. Mi experiencia de bombero me
decía que hay que andarse con mucho cuidado al mostrarse amable.
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