Treinta y dos palabras. Ese era el número exacto, no había pronunciado ni una más en los tres años que llevaba trabajando en el Parque de Bomberos de Catarroja tras haber obtenido una nota perfecta en las oposiciones. Un número bastante por debajo de las cincuenta que, según varios lingüistas, son necesarias para establecer una comunicación básica, detalle que le producía un tímido orgullo. Fórmulas de corta cortesía; los mágicos “sí”, “no”, “por favor” y “gracias”; un par de socorridos verbos, a poder ser en infinitivo, conjugar ya suponía un extra; nombres contados, adjetivos selectos y una profunda devoción por la polisemia. Complementaba el escueto diccionario, que había comenzado a elaborar en la infancia, con un rico catálogo de expresiones faciales, manos inquietas y sordera ficticia para los momentos más comprometidos. No se trataba de una estrategia para evitar la comunicación oral a toda costa. Era, más bien, un método de supervivencia. Hablar le resultaba terrorífico. Ante la perspectiva de tener que producir una serie de sonidos que acabarían formando una palabra y, con suerte, una oración simple, su aparato fonador quedaba completamente inutilizado: alveolos convertidos en pasas que impedían impulsar el aire hacia una faringe amojamada y cuerdas vocales que no conocían la elasticidad.
La determinación de construirse este limitadísimo idiolecto surgió en el aula trece del colegio público al que asistió durante todo el humillante periodo de educación obligatoria. El ciclo del agua. Era un buen tema de exposición, circular, cerrado, solo tenía que seguir los pasos, las fases. Pie izquierdo arriba. Sobre la tarima con decisión, a pesar de las risillas crecientes que soltaba el imperativo público. Ni siquiera pudo pronunciar el título del trabajo. Sus transversos del abdomen se activaron a la par, su boca emitió líquidos en lugar de sonidos. Convivir con apodos y burlas hasta graduarse.
En cambio, el cuerpo de bomberos era una institución perfecta: lo suficientemente jerarquizada como para no tener que expresar una opinión personal obligatoriamente y con el aliciente de poder salvar vidas en lugar de terminarlas. Además, todo el equipo apreciaba enormemente su discreción, obediencia y efectividad. Incluso desprendía cierta asertividad y calma, cualidades muy apreciadas en una profesión de riesgo. Había encontrado su lugar. Cada mañana, practicaba los términos elegidos. Esa mañana también. La guardia estaba siendo curiosamente tranquila. Un aviso por árbol caído que se solucionó en menos de una hora y una falsa alarma con escape de gas inexistente de por medio. Estaba escuchando su programa de entrevistas favorito cuando, a través de la megafonía general, la voz de su superior requirió su presencia en la sala de reuniones. Al entrar, con rostro severo y cejas comprimiendo frente, le aguardaban el comandante y una agente de policía.
—Tome asiento—indicó con amabilidad temblorosa el comandante.
—Gracias.
—Gracias.
—Te presento a la detective Junquera, quiere hacerte unas preguntas, será rápido. ¿Te importa?
—No.
—Buenas tardes, siento entrometerme en su jornada laboral. Me han dicho que el día no está siendo muy duro. Aún así, intentaré ser breve.
—Hola.
—Me encuentro al cargo de una investigación abierta de la que no puedo revelar muchos detalles.—...
—¿A qué suele dedicar los lunes? ¿Trabaja?
—¿A qué suele dedicar los lunes? ¿Trabaja?
—Libro.
—¿Todos los lunes?
— Sí—alveolos pasa.
—Qué suerte. ¿Qué hizo la mañana del pasado lunes?
—Dormir—firme, bien.
—Entiendo... ¿Es esta su mochila?
—Sí.
—Si la abriese, ¿qué encontraría?
—Libro—¡toma!
—¿Sólo un libro? ¿Qué me dice de una cartera, tabaco, algunos céntimos sueltos escondidos por las esquinas o un chicle aventurero rebozado en pelusas? ¿Nada de eso? —No—perdiendo elasticidad en las cuerdas vocales.
—Ya veo...
—...
—El pasado lunes veintiocho apareció en un garaje calcinado el cuerpo sin vida de una mujer joven. Mostraba signos de violencia, le faltaban los dos pulgares y los dos dedos meñiques de los pies, no puedo ser mucho más específica. También presentaba algunas fibras verdosas... Dígame, ¿dónde estuvo el pasado lunes veintiocho? Esta vez, elabore su respuesta, por favor.
—¿Todos los lunes?
— Sí—alveolos pasa.
—Qué suerte. ¿Qué hizo la mañana del pasado lunes?
—Dormir—firme, bien.
—Entiendo... ¿Es esta su mochila?
—Sí.
—Si la abriese, ¿qué encontraría?
—Libro—¡toma!
—¿Sólo un libro? ¿Qué me dice de una cartera, tabaco, algunos céntimos sueltos escondidos por las esquinas o un chicle aventurero rebozado en pelusas? ¿Nada de eso? —No—perdiendo elasticidad en las cuerdas vocales.
—Ya veo...
—...
—El pasado lunes veintiocho apareció en un garaje calcinado el cuerpo sin vida de una mujer joven. Mostraba signos de violencia, le faltaban los dos pulgares y los dos dedos meñiques de los pies, no puedo ser mucho más específica. También presentaba algunas fibras verdosas... Dígame, ¿dónde estuvo el pasado lunes veintiocho? Esta vez, elabore su respuesta, por favor.
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