miércoles, 5 de febrero de 2020

Nuevos cadáveres exquisitos


Cuando destripo el pescado lo hago con sutileza, pulcritud y gratitud, no siempre en casa podíamos tomar pescado, ni carne.

Paso el filo a lo largo del lenguado y lo voy abriendo, sacándole cuatro hermosos filetes después de quitarle las branquias. Dejando la cabeza y la espina central encima de la tabla.

Llevo los filetes a mi madre para que los cocine. Cuando los recibe enseguida los pasa por harina que saborizó con perejil y algo de ajo. Solo de sentir ese perfume se me hace agua en la boca. Hace días que teníamos ganas de comer algo sabroso, pero no llegábamos a poder comprar el pescado así que era arroz y un poco de verduras.

Esa noche a la hora de cenar comimos pescado rebozado después de mes y medio de dieta vegetariana estricta.

En un principio la sensación fue muy agradable después de tanto tiempo comiendo verduras, el paladar agradeció el sabor del pescado y permitió que la familia valorara la conveniencia de seguir una u otra dieta, lo que fue causa de un debate en la mesa.

El debate acabó pronto, mi padre que estaba en silencio lo zanjó con esta frase. Me ha tocado la primitiva. Se levanto y nos invitó a comer a un restaurante japonés, nos dijo que ahora íbamos a saber lo que era comer buen pescado.

El Fugu, que nos sirvieron tenía un aspecto extraño. El chef nos recomendó el hígado pues era la parte más sabrosa si se prepara bien, de todas las maneras no se preocupen que ahora se crían en piscifactorías y son totalmente inocuos, más tarde me enteré de que el que comimos era salvaje y el hígado era la parte más venenosa.

La habitación daba vueltas, la ventana comenzó a quemarse o eso es lo que cría ver, la cera de las velas se transformaron con diferentes tonalidades de azul.

Mientras tanto me encontraba tumbado sobre una mesa de mármol que de vez en cuando se manchaba de una secreción que salía de mis oídos imposible de describir.

A veces la historia la escriben cadáveres exquisitos.

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