Cuando destripo el pescado lo
hago con sutileza, pulcritud y gratitud, no siempre en casa podíamos tomar
pescado, ni carne.
Paso el filo a lo largo del
lenguado y lo voy abriendo, sacándole cuatro hermosos filetes después de
quitarle las branquias. Dejando la cabeza y la espina central encima de la tabla.
Llevo los filetes a mi madre
para que los cocine. Cuando los recibe enseguida los pasa por harina que
saborizó con perejil y algo de ajo. Solo de sentir ese perfume se me hace agua
en la boca. Hace días que teníamos ganas de comer algo sabroso, pero no
llegábamos a poder comprar el pescado así que era arroz y un poco de verduras.
Esa noche a la hora de cenar
comimos pescado rebozado después de mes y medio de dieta vegetariana estricta.
En un principio la sensación
fue muy agradable después de tanto tiempo comiendo verduras, el paladar
agradeció el sabor del pescado y permitió que la familia valorara la
conveniencia de seguir una u otra dieta, lo que fue causa de un debate en la
mesa.
El debate acabó pronto, mi
padre que estaba en silencio lo zanjó con esta frase. Me ha tocado la primitiva.
Se levanto y nos invitó a comer a un restaurante japonés, nos dijo que ahora
íbamos a saber lo que era comer buen pescado.
El Fugu, que nos sirvieron
tenía un aspecto extraño. El chef nos recomendó el hígado pues era la parte más
sabrosa si se prepara bien, de todas las maneras no se preocupen que ahora se
crían en piscifactorías y son totalmente inocuos, más tarde me enteré de que el
que comimos era salvaje y el hígado era la parte más venenosa.
La habitación daba vueltas, la
ventana comenzó a quemarse o eso es lo que cría ver, la cera de las velas se transformaron
con diferentes tonalidades de azul.
Mientras tanto me encontraba
tumbado sobre una mesa de mármol que de vez en cuando se manchaba de una
secreción que salía de mis oídos imposible de describir.
A veces la historia la
escriben cadáveres exquisitos.
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