miércoles, 5 de febrero de 2020

Bombero y miedo


Ejercicio bombero y miedo

La fiesta se hacía larga, estaba cansada, pero era el cumpleaños de mi hija, vino toda la familia, hacía tiempo que no sabía nada de ellos.
Dieciséis años y dentro de una semana se marchará de casa, se independiza la niña, como dice su abuela.

Han pasado diez días, ahora de nuevo con miedo a la soledad. 
Estoy tumbada en el sofá, mientras leo suena el móvil. El número que aparece en la pantalla no lo tengo registrado, no suelo coger esas llamadas, pero en esta ocasión lo hice por mitigar el silencio. 
Reconocí la voz, era más que familiar y por un momento dudé. Sabía que aquello era una vuelta al pasado, a una época difícil.
-       ¿Sí? 
-       Hola Lucía
Aquella voz, que cercana me sonaba, por un segundo callé. 
Otra vez no.
-       Lucia contesta ¿Te acuerdas de mí?
-       Si, perdona, es que no me esperaba tu llamada.
-       Hace tres horas que acabo de llegar, estoy en el Astoria. ¿Nos vemos?
-       Como quieras, pero no tengo nada en casa que ofrecerte tengo la nevera vacía.
-       No importa, salimos a tomar algo por la zona del hotel. ¿Te viene bien a las ocho y media?
-       Vale.
-       Te espero en la puerta a esa hora.

Otra vez silencio en casa. Salí con el tiempo justo para llegar un poco tarde.
Había reservado mesa en el restaurante. Una mesa grande para cuatro comensales, justo en el centro donde todas las miradas convergían, por encima, un gran espejo cubría el techo. 
Avanzaba hacia la mesa mientras se iba levantando muy despacio observándome con precisión.
Después de un largo abrazo nos sentamos.

-       Ya puede traer el vino – dijo al camarero.
Como siempre tenía que elegir. No podía esperar.
-       Sigues igual que desde el bachillerato, se nota que haces deporte, te siente bien tu profesión. 
-       Muchas gracias. Contesté.

No quise decir nada sobre su aspecto la cara era casi un hueso, físicamente muy débil, con un aspecto casi enfermizo. 
-       Tu tampoco te ves mal ¿Qué haces, a que te dedicas? 
-       Adivínalo
-       Pues no sé, no se me ocurre nada, nunca te he visto trabajar, supongo que tendrás negocios lucrativos.
-     Trabajo en el Vaticano como responsable de las finanzas para América del Sur. Acabo de llegar a Madrid, me he tomado unas vacaciones.
Lo suponía pensé. 

-       ¿Entraste por fin en el cuerpo de bomberos? 
-     Con bastante esfuerzo -se rio- lo pasé bastante mal, pero era una opción personal para superar bastantes miedos. Al principio solo veía músculos en tensión, que sudaban, que me rozaban con cualquier excusa, menos mal que solo fueron las prácticas luego, ¿cómo supongo que sabrás? a todo te acostumbras.
           Fue duro ser la primera mujer que optaba a entrar en el cuerpo. 
Pero ahora tengo un buen puesto, viajo bastante, la comunidad me paga                    bien, y todavía me queda algo de aquello.

  Volvió a reírse

-    ¿Nunca entendí porque quisiste pertenecer al cuerpo de bomberos?, siento decírtelo, pero no creo que fuese por realizar un servicio a la comunidad.
-       Es cierto tienes razón, ya sabes que eso del sacrificio por la humanidad nunca fue conmigo. ¿Por qué me tengo que preocupar por la humanidad, acaso ella se preocupa por mí? La verdad es que … ¿te acuerdas cuando nos invitaron al primer guateque?
-       Claro que me acuerdo, vaya gente, sobre de Don Antonio, aquel comandante que lo pillaron en una movida de tráfico de armas. Cuando salió de la cárcel ¿te acuerdas? nos contrato para aquel trabajo tan especial. 
-       Y no sabes lo que me arrepiento.
-       Si, sí, pero no renunciaste al pellizco que te llevaste. Solo pasaste seis meses en la cárcel y luego a disfrutar.
-       Que bien te acuerdas, dije. Pero el miedo que pasé aún persiste.
-       Bueno ¿Y tú? Ya hemos hablado mucho de mí. 
-       Nada, negocios aquí, allá.
Después de aquello me casé, me divorcié, la relación se deterioró, al poco tiempo me enamoré de otra persona…
-       ¿De quién? 
-       De su hermana y aquello fue un desastre. El caso es que tenía que aclararme y entré en un convento. 
-       Joder siempre tan radical 
-       Estos hábitos esta túnica que ves solo son puro teatro, con mi experiencia no me fue difícil optar a un puesto en el banco del vaticano. No sabes que tranquilidad me proporciona este trabajo. El pasado se quedó pendiente colgado de una viga, aunque a veces se tambalea.
-       ¿Por qué? 
-       Hace un año el Banco contrató una becaria para que me ayudara como secretaria, el caso es que tuvimos una relación que estuvo bien, mientras duró. Se fue y lo pasé mal. Pero eso es el pasado y los miedos fortalecen.
-       ¿Los miedos?  - dije
-       Si, los miedos a no llevar una vida de acuerdo con las creencias que se supone que deberías tener. 
Tu ¿No tendrías miedo de que se enteraran de tu pasado, aunque fuese el de antes de ayer? 
La cena se fue prolongando más de lo debido, la miraba y solo veía mi pasado, por eso dude cuando me llamó por teléfono. 
Tenía delante una monja católica, lesbiana, directiva de un banco y habiendo sido amante de la primera dama.

Amanecía y seguía pensando en mis inseguridades en mis miedos, volví a sentirme una refugiada en tierra de nadie mientras la luz entraba entre los visillos del ventanal del hotel.

Solo cuando elegí el esperma del padre de mi hija, supe lo que hacía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario