Queridos compañeros de taller:
Hoy es mi cumpleaños de sesenta-dieciocho (con la elegancia
francesa: soixante-dix huit) o también ocho y setenta (achtundsiebzig de los
menos optimistas alemanes) evitando tanto el valenciano, el castellano o el
inglés que lo hacen a uno mayor. He decidido entonces regalarles este breve
texto que está relacionado con el motivo por el cual he tenido la alegría de conoceros.
Gracias otra vez por vuestra amistad y vuestra indulgencia:
La vida no fluye
siempre fácil
Aquí estoy con mis instrumentos favoritos de escritura:
papel cuadriculado a 0.5cm y un lápiz mecánico con grafo de 0.5mm coronado por
una generosa y estupenda goma blanda y rojiza. Siento que puedo expresarme con
más lealtad, colocar más palabras por hoja A4 con estos elementos. Tengo el
ordenador muy cerca pero solo lo usaré para pasar en limpio lo que el grafito
haya dejado sobre el papel. El ordenador no toca lo que escribe, no lo siente.
La sensación de la punta gastándose al raspar la hoja
mientras la voy girando para que sea más incisiva, el ruido sutil de mi lápiz
raspando el papel, y la resistencia a mis trazos de cursiva tipo inglesa,
aprendidos cuando comencé primaria en un cercano 1948, son como la vida: vencer cada nueva palabra con más esfuerzo para
superarla y a su vez tener la oportunidad para pensar lo que deja el grafito en
el papel.
La vida no fluye
siempre fácil.
Igual que la hoja cuadriculada de A4 que opone resistencia a
ser ensuciada por mi grafito de 0.5mm. No es la felicidad total pues más allá
del débil pero sugestivo sonido del papel al quejarse cuando lo maltratan con
trazos que serán letras, luego palabras y más tarde frases, falta la sensación
más directa y permanente que experimenta el ser humano: el olor. Para la
felicidad total me faltan los verdaderos lápices, los de cuerpo de madera.
Aquellos a los que les hacemos puntas largas bien afiladas, más aún que las de
este grafo Pentel de 0.5mm. Los que al escribir se van redondeando poco a poco,
quizá cansados de ser afilados. Entonces uno lo mete en la máquina sacapuntas
para volver a escribir con agudeza. Ni el papel ni el grafito tienen aromas,
solo un poco la goma si decido borrar. Trato de evitar borrar pues la maestra
de primero me la tiró al piso frente a toda la clase y dijo: “hay que hacer las
cosas bien de entrada”, no me olvido nunca. Tampoco olvido eso tan esencial: el
olor de la madera recién cortada de un buen lápiz; aroma que inundaba mi mesa
de trabajo con sensaciones de agrado que añoro. No sé por qué ese aroma me
movía tanto. Sueño que los japoneses inventarán algún día un lápiz mecánico que al
escribir libere el aroma de la madera fresca recién cortada.
Como en la vida, existe ese algo que encontramos y nos hace sentir que volvemos a ser agudos en nuestros
pensamientos.
Ese algo tiene, como
en la vida, consecuencias lindas y feas. Como las virutas de la madera y
los restos del grafo que hemos pasado por el sacapuntas: restos molestos pero
llenos de perfume fuerte y sugestivo. Esas lascas de madera que son como flores
de cuerpo de madera muy fina y veteada con bordes de colores según la marca del
lápiz.
Como en la vida, despiertan
nuestros sentidos para recordarnos el árbol que dio su vida para que las
palabras tuvieran también la suya.
Valencia, 20 de febrero de 2020.
P.S.: Es un humilde homenaje a Juan Carlos Onetti que no escribía a
máquina sino con lápices. Dolly, su mujer, le afilaba varios y se los dejaba en un jarrito para que él los fuera usando mientras escribía sus libros en
cuadernos de escuela.
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