3. UN METRO
Llueve esta
mañana y hace frío. El mercado municipal está cerrado. De camino al garaje no
me cruzo con nadie. Desde la entrada hasta el coche hay una puerta, dos
puertas, tres puertas, cuatro. No las había contado hasta hoy: cuatro pomos que
activo con diversas partes de mi cuerpo, no con las manos. Hay tráfico en la
autovía y tengo una fantasía de normalidad, que se quiebra cuando paro en la
gasolinera. Las verjas están cerradas. La dependienta es rubia y me atiende
desde detrás de un cristal grueso, tan grueso que no logro escucharla. Lleva
guantes de látex y con ellos manipula los billetes, el teclado, las tarjetas de
crédito. Me devuelve la mía y tengo la sensación de estar recibiendo un paquete
bomba. Yo la guardo y me lavo las manos. Me las lavo de nuevo después de
repostar. El gasóleo no ha cambiado de precio, me parece.
Desde la
carretera, en lo alto del puerto observo la comarca, con otros ojos hoy. Me
fijo en cada pueblo donde sé que está el virus. Me fijo en los naranjos, en el
río, en la sierra. Me fijo en los caminos. Y colapsan los caminos de mi mente
cuando intento bajar a la escala microscópica. No entiendo, desde aquí, de
virus. Reivindico la distancia humana y me emociono. Un metro, repiten en la
radio una y otra vez. Un metro.
Se sostienen
las rutinas en el hospital, pero flotan en un magma de extrañeza. Circulamos
como con cierta urgencia. Los saludos son breves. Es patente la voluntad de no
rozarse. Son muchos los que llevan mascarilla. Qué absurdo me resulta el no
tocar a nadie. Me rindo, al final, en el hombro de Agustí. Le tomo por el codo
y le acompaño. Tengo la necesidad de acompañarlo hasta la entrada misma de la
sala. Él ha de visitar los casos que han ingresado en planta. Me cuenta
brevemente, y solo puedo yo pensar en lo inhumano de la palabra caso.
Un metro es la
distancia que nos salva del virus, pero es también un metro el que nos priva
del abrazo. Se han precintado los asientos en las salas de espera,
alternativamente, para que ninguna piel pueda rozarse. Han reestructurado las
consultas (esa arquitectura inhumana que ya tienen las consultas): el
escritorio ya no es suficiente parapeto y la silla del paciente se ha separado
un metro de la mesa. Son demasiados ya, dos metros. Me pregunto si alguien
puede sanar a dos metros de distancia.
Salimos a las
visitas en la calle, de nuevo el ritual. El equipo de protección individual,
decimos. Pienso en cómo se engrana la individualidad en este embrollo, en cómo
encaja el concepto de individuo en la matriz de una colectividad que trata de
escapar de la infección. Nos vestimos todavía con cierta torpeza, en la puerta
misma de cada domicilio. Hay miradas curiosas detrás de las ventanas, miradas
asustadas: aquí habita lo impuro. Cuánta consciencia tenemos que emplear para
mantener el metro. ¡Qué paradoja triste la de sanar a un metro! Nos desvestimos
luego, con torpeza también: la bata, la máscara, los guantes, la capucha… Todo
esto se lo traga un contenedor de color negro. Residuos de riesgo, pone en el
lateral. Residuos. De riesgo. Las palabras resuenan ahora más que nunca. La
guerra nos libera de todo lo superfluo (se lo escuché a Zomeño en la
presentación de su libro Metralla). Metralla es todo esto.
Vuelvo a casa
pensando en el metro. ¿Cuántos afectos nos dejamos en un metro? ¿Qué cantidad
de metros pueden salvar los aplausos de las ocho? ¿Cuántos metros añoran los
que han de hacer la cuarentena sin hogar? ¿A cuántos metros de sus
maltratadores estarán las mujeres que los tienen encerrados en sus casas?
Pienso en Le
Corbusier, que dicen que dejaba reposar los restos del banquete encima de la
mesa, al acabar una cena con amigos (una cena con amigos, tan inaudita hoy). Disfrutaba
al encontrar, por la mañana, fosilizadas encima del mantel, las proporciones de
la afectividad humana. Me pregunto si habría
alguna cosa allí que quedara a más de un metro de la mano.
Es genial cómo cada día encuentras un motivo que guie el diario, en este caso el metro. Y logras conmover, siempre.
ResponderEliminarComo bien dices, estados como el que vivimos (y la guerra, el enamoramiento, etc) nos hacen ver el mundo con extrañamiento, como si lo viéramos por primera vez, y eso es altamente literario.
Por poner alguna pega,no me gustan los dos "comos" que hay en el primer párrafo, como una fantasía de normalidad y como un paquete bomba, creo que funciona mejor sin el como.
y al final, la metáfora última de Le Corbusier solo se intuye y es demasiado maravillosa como para dejarla pasar de largo, yo la explicaría, poéticamente, un poco mejor no sólo con Se recreaba así en la distancia humana.
Y quiero más.
A sus órdenes.
EliminarEs un texto maravilloso que uno no quiere que acabe. Coincido con Bárbara sobre lo de (nazi pero genial) Le Corbousier. Abrazos grandes
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