Por la ventana del bus.
Las secretarias llevan niños a las
escuelas,
lo mismo que las madres masáis dan de
beber sangre
cada mañana,
cada día del año.
Dos barrenderas miran con envidia a la
mujer del embajador:
alta, negra, muy negra.
Envuelta en piel de seda roja.
Ellas sueñan.
La policía nacional era pelirroja.
Algo emancipadora tenía su cadera de
cuero,
sus botas de cuero,
sus ray-ban negras, muy negras,
observaban a dos tutsies.
A esa hora de la mañana las mujeres van limpiando
pisos,
cargando basura infantil.
Por la ventana del bus,
un semáforo, miles de nikons disparan.
Son pequeños guijarros
entran, compran y salen.
No hablan, no miran, solo sonríen,
un rictus, una mueca, dan miedo.
Son las siete de la tarde, la noche
permanece negra, muy negra.
En la esquina brillan dos ojos, dos
hileras de dientes.
Seguía solo, mirando por la ventana.
Salida de emergencia.
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