Que la piedad no sea vuestro aliado, necesito estar bajo presión. Los tiempos están cambiando y se siente como se ablanda la mano y el cerebro tiene días líquidos que se esparce por dios sabe donde.
Please sin piedad, os seguiré queriendo. Bárbara y compañeros afilad tijeras
LA HISTORIA
Y ahora que todo ha
terminado
Solo has de volver la
página
Y habré desaparecido
(Elton John)
Navidades de mil novecientos sesenta y
cinco, creo que fue cuando comencé a conocer la situación que me rodeaba. Día
de navidad por la mañana una lluvia fina tropezaba contra el parabrisas de la
Barreiros. Transportábamos un cargamento de unos cuantos cientos de kilos de
tubos de acero cargados sobre el techo de la furgoneta. Fue en uno de esos lugares
que no entran en los recorridos turísticos, los polígonos industriales que
parecen seres extraños donde la nieve se vende en papel no reciclado entre humo
y agua estancada.
El ruido de doscientos tubos de acero de
cinco metros de largo vertiéndose sobre el asfalto cortó la poca circulación.
Tenía catorce años y era mi primer
trabajo.
Sentado sobre los tubos abandonados a la
espera de que vinieran a recogerme la lluvia comenzaba a ser aguanieve. Sentía
frío, pero me encontraba como un protagonista de alguna aventura, sentir el
poder de resistir la espera y seguro de que al final pasara lo que pasara sería
beneficioso.
Me dio tiempo a inspeccionar, el lugar
era de cables no empotrados, donde la luz se engancha sin toma de tierra y se
amontona el sol sobre deshechos de pisos (cocinas, lavabos, váteres, azulejos, grifería)
entre muros a medio caer, ruinas, colgajos de hormigón, adornos de la realidad
donde se dibujan signos entre cabezas de animales.
De calles sin asfaltar llenas de
agujeros donde la profundidad era un misterio, quizás uno de esos fue el
culpable del accidente, caminos de tierra que se adentraban si saber a dónde, senderos
que se alargan, que avanzan entre cardos y espigas rechazadas por las
cosechadoras. Entre límites que se elevan, que se hunden entre el espejismo en tierras
vaciadas.
Territorios donde crece el maíz entre
derribos y desahucios.
Sentado sobre los tubos sentía el viento
pobre, es decir frío.
Anochecía entre las hogueras de bidones
de Cepsa donde se amontonaban muchachas dorándose en la noche.
(Extraño mundo de cenizas sobre el barro
de la nieve negra).
Dos faros avanzaban por una pequeña loma,
se acercaban por un camino de piedras, al fin venían a rescatarme. Mientras
cargaban la mercancía pude entrar en calor a la luz de las hogueras.
En una de ellas dos individuos bromeaban
quemando un lagarto, una rata y una culebra. Aquellos chirridos y todo este día
marcaron mi territorio.
Con la ausencia de testigos pongo una
nueva placa en la puerta de entrada (Israel Zimmermann - Investigador).
Desde entonces me gusta merodear por las
calles cuando el silencio se recoge para no ser oído, hay lugares donde no es
fácil caminar, solo, sin rumbo, es sospechoso, no tienes pinta de inocente, es como
declarar unas intenciones poco recomendables.
Investigo cobardías colgadas del
perchero, como la gabardina que me cubre.
La Olivetti de textos oficiales a veces
llora y emborrona la letra A mayúscula.
Llegó el hombre (cliente).
Sobre la mesa, el hombre (cliente), estrelló
la foto de una mujer, de forma violenta, una foto de estudio. En su reverso sus
señas.
Era un rostro lleno de fracaso.
(Hay días que la claridad no es el sonido del día).
Al parecer ella (la de la foto) tenía algo que
el hombre (cliente) deseaba. Una fotografía que lo comprometía y podría
destruirle. Tengo que rescatar el pasado del hombre (cliente).
Lunes, en el kiosco del Parque Luxemburgo, donde
vivía ella (la de la foto). La cerveza se calienta, porque es lunes y
hace calor y llevo la mañana observando un oscuro portal. Nadie salió del
edificio.
Miércoles, salió, ella (la de la foto) con
guantes de forense, se acercó a la soledad del hombre (cliente) entre olor a
escombros, entre restos de vigas con moscas, por el camino rojo de hormigas
bajo zapatos de barro.
Salió, ella (la de la foto) la que guardaba la
felicidad en urnas de humo, salió de su cueva como un lagarto.
El acero rompió los órganos, desgarro las vísceras
y la cabeza cayó mansamente sobre el hombro derecho del hombre (cliente).
Ella (la de la foto) después, se compró un
collar de piedras grises.
Sin arrepentimiento mantuvo la entereza, con una
hoz en la mano derecha subió al estrado y juró ante la biblia la verdad de su
cansancio, la necesidad inútil de su sacrificio
¿Cómo fue? Dijo el juez
Apreté hasta encontrar el dolor del grito,
hasta que dejó de moverse dijo ella (la de la foto)
En la sala se oía la voz amarga como la última
gota de sangre de un costado abierto.
Quería llorar y decir su nombre, el del hombre
(cliente) y volver a matarlo.
Llegó el invierno con su basura en bolsas de
plástico. En los patios la ropa se seca
entre fundas de plástico, con los geranios, para que no sufran los rigores del
frío.
Vuelvo a estar sentado sobre una montaña de
tubos de acero de entre cinco y seis metros de largo esperando mi rescate. Esta
vez no hace frío, el tiempo está cambiando, dos policías municipales me aguardan
en la puerta de un pequeño restaurante. Es nochebuena y por estos lugares la
gente solitaria no es recomendable.
Cierro la puerta y el restaurante se queda a
oscuras, el Watts up se llena de mensajes con bolsas de color rojo.
-
Tenga cuidado inspector se
encuentra muy rara la noche con este calor.
-
Feliz Navidad, contesté
En forma de epílogo (meta literatura)
No es difícil comprender que la historia no
comienza cuando naces, simplemente la historia es el primer recuerdo que te
arrincona sobre la lona del cuadrilátero. Palabras al estómago, directas al cerebro
y un hígado castigado por el alcohol de frases mal destiladas. El bourbon solo
queda para los bohemios que nunca pisaron un establo.
Esta historia es solo un pedazo bruto sin
flores y si alguna existe seguro que ya ha marchitado.
Cuatro frases se necesitan para describir una
vida, cuatro frases que al final se agolparan en una piedra con solo cuatro
letras.
Literatura, escusa para salvarnos, antídoto al
veneno que llevamos dentro, flores de plástico que llamaran “Los Clásicos”,
estructura para matizar, arquitectura.
Esta historia no tiene nada de esto, ni siquiera
hay frases y si las hay es posible que incoherentes, letras en combinaciones
mal elaboradas que suenan no a piedras, sino que se sienten como guijarros
entre las sandalias. Ni siquiera sirve para la salvación, ni ser antídoto, ni
siquiera hay veneno. Esta historia no tiene arquitectura solo pretende ser un
refugio una cabaña en el bosque junto a un lago, como haría Thoreau a orillas
del Walden, ¿pretencioso?, seguro. ¿A veces un plagio?, quizás, pero ¿Quién no
roba ese botín?
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