martes, 26 de mayo de 2020

EL RIESGO DE ESCRIBIR por Vicen Tormo




EL RIESGO DE ESCRIBIR 



      Will se despertó a las cuatro de la mañana. 
   Se despertó como Will. Su nombre verdadero lo había olvidado y era ese el único que recordaba. 
Era así cómo le habían llamado y resonaba en su cerebro como ciertamente literario. En el sueño aparecía 
una caja llena de manuscritos con la letra apelotonada, de un tamaño más bien pequeño pero de una 
caligrafía exquisita. Los papelitos tenían títulos. En mayúscula se podía leer PÁGINAS MATUTINAS. 
Will o William siguió pensando en esos escritos que su personaje onírico había encontrado. Tal vez fuera 
él mismo o un alter-ego. Un otro yo. Dedujo que eran los retales de un diario. Muchos de ellos habían 
sido escritos siguiendo el método Cameron. Otros sin embargo estaban escritos sin seguir ningún tipo de
ejercicio. Todo esto lo sabía a ciencia cierta. El recuerdo era vívido.
        A esa hora de la madrugada, en medio de la oscuridad salió al balcón y contempló el paisaje. Las 
palmeras, los adosados y el mar. Sus ojos casi no podían abrirse. Los párpados estaban perezosos como 
dos cubrecamas desperezándose. Se agarró a la barandilla y percibió el cansancio en su cuerpo tras el 
paso de un  tiempo eterno y  enfermo que empezara a deslizarse como una babosa roja, carnosa, por 
una escalerita de palos y sogas hacia los terrenos movedizos de un espacio post-pandémico. 
      Recordó del sueño que estos papeles los habría escrito mecánicamente, sin abrir casi los 
ojos, tal y como estaba ahora. Algunos eran la transcripción de los últimos efluvios de un sueño o unos 
recuerdos o unas sensaciones o un estado de ánimo, escritos casi sin levantar la pluma del papel. 
Los manuscritos se habían ido acumulando con el paso de los días, las semanas, los meses hasta 
contabilizar un par de años a juzgar por el volumen de papelitos. Era el trabajo de alguien que quería 
convertirse en escritor. 
      Se acercó a la cafetera que tenía en la cocina. Estaba medio llena y se calentó una taza de café y le 
añadió unas gotas de whisky Teacher’s que le había llegado por Amazon. En estos momentos todavía 
no recordaba su identidad aunque sí iba dándose cuenta de que su objetivo en la vida era escribir. Recordó 
que había empezado a escribir una novela y que esta estaba aparcada. También recordó aquellos cursos online, 
con las fórmulas express y ese exceso de información de muchas clases seguidas, vomitadas como churros y 
lanzadas al buzón de gmail  y a su cabeza al mismo tiempo.
Tomó un sorbo caliente y añadió más gotas de escocés. Entonces recordó otro libro que se leyera hacía 
también mucho y que destripó y anotó. Era “De que hablo cuando hablo de escribir” de su idolatrado 
Haruki Murakami.
        ¿Cuando se dio cuenta de que no estaba preparado para escribir una novela? Supongo que al ver 
que estaba a la deriva y no había forma de llegar a puerto por más entusiasmo y ganas que le pusiera. 
La decisión estaba tomada. Escribiría primero historias cortas, o muy cortas, o de tamaño mediano. 
Muchas, muchas. Las primeras escritas de un tirón, con todo tipo de temas y personajes. También decidió 
buscar concursos. Se presentó a unos cuantos. Y entonces sucedió lo que no se esperaba.
El trabajo de escritor había ido adquiriendo poder. 
Fiel a su forma de ser –eneagrama siete– no conseguía terminar muchas de las obras que empezaba. Su 
entusiasmo inicial se tornaba oscuridad. Los principios eran brillantes y su continuidad dependía de su 
estabilidad.
       Descubrió, a través de la escritura, sus deseos más profundos. 
      Estos se habían ido plasmando en las páginas matutinas, en sus ejercicios de escritura creativa, en 
sus ridículos cuentos y en sus intentos de relato más inspirados. Por aquel entonces también se matriculó 
en un curso de escritura presencial y aumentó el caudal literario de su torrente creativo de la mano de B.B. 
su profesora. Empezó a publicar en un blog llamado “La lengua quema en la punta”
El miedo le invadió.
No lo creeréis pero lo que escribía en sus relatos se hacía realidad.
Si escribía que su protagonista tenía arriesgados e intensos encuentros sexuales, esto mismo le sucedía 
al poco de haberlo escrito. 
Si escribía que sus personajes conseguían mucho dinero de forma inesperada esto mismo le sucedía al 
poco de haberlo escrito en forma de devoluciones de hacienda o con algún cuantioso premio de la lotería 
de Navidad.
Escribió sobre un ser maravilloso con quien se fugaba y sucedió.
Escribió sobre separación y se separó.
Escribió sobre vivir solo en un apartamento junto al mar y aquí estaba escribiendo desde un séptimo 
piso con vistas al mar Mediterráneo.
Siguió escribiendo sobre la depresión y se deprimió. Escribía sobre la alegría, la felicidad, el goce de la 
vida y esto se produjo.
       Llegó a una conclusión. Más que una herramienta la pluma era un arma de gran calibre. Peligrosa y 
preciosa en sus manos. Volvió a escribir que podía perder y perdió. Escribió sobre escribir y se puso a 
escribir sin parar.  Escribió sobre leer y no pudo parar de hacerlo. Entonces vació la caja de los escritos 
matutinos y los leyó todos y se asustó. Leyó sobre su vida, sobre la muerte, sobre el amor y el dolor, 
sobre la iluminación y la locura, sobre la salud mental y lo insano, sobre el Universo y la nada, sobre la 
amistad y el aislamiento, sobre la música y el silencio absoluto. Sobre escribir o no escribir.
Cuando terminó de releer todos los manuscritos que cuidadosamente había ido guardando en una caja, 
todos fechados y plegados, atados con gomas elásticas formando fajos tomó otra determinación. Se 
despidió de ellos. Los metió en una bolsa de papel rígido de color marrón oscuro y la ató fuertemente 
con las asas para que nada pudiera escapar. Bajó a la calle. Se dirigió sin pensar a los contenedores. 
Pisó el pedal que abría una de las fauces de esos devoradores de pasado y decidió no darles tregua ni 
reciclado evitando el depósito de cartón y optando por los desechos biológicos para no volver a ver ni 
transformados esos resíduos orgánicos en toda su vida.
       Ahora se anda con cuidado con lo que escribe porque ya sabe que la escritura es magia y la magia 
existe porque la realidad se puede crear. Lo que se escribe se cumple, al menos a él le pasó.
      Tomó los últimos sorbos de café con alcohol del que cura las heridas profundas y rellenó 
el vasito prescindiendo del café. Se acercó a la estantería. Abrió al azar el libro de Cameron y leyó:
“Al escribir estamos describiendo y decidiendo la dirección que toma nuestra vida”
Página 160
El Camino del Escritor 
Curso de escritura creativa
Julia Cameron



Tomó de un trago su última medida, destruyó el manuscrito que acababa de redactar y pensó:
–”Prefiero no arriesgar. Me muero por ser escritor”
(1152 palabras arriesgadas)

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