jueves, 4 de junio de 2020

Reviviendo a plazos: Diario de desreclusión, cuota Nº3



Reviviendo a plazos – (Diario de desreclusión III)

III - Mercat Central

“Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino: se hace camino al andar…” (Antonio Machado)

Salgo tarde. No tengo que ir a ningún lado, sólo caminar. El horario de paseo para mayores ya lleva más de una hora habilitado y aun no he comenzado. Al salir de mi apartamento de Blanquerías tengo sólo dos opciones: caminar a la izquierda o a la derecha. Este jueves arranco hacia la izquierda. Buen ritmo en mis pasos, se aspira un aire vigorizante. Llego a Salvador Giner; la puedo cruzar y seguir hasta el IVAM o tomar a mi izquierda y continuar por calle Alta. Me decido por esta alternativa. De la plaza San Jaime, donde confluyen calle Alta y calle Baja, nace la de la Bolsería. Desde allí miro hacia adelante y veo la fascinante arquitectura del Mercat Central. Queda un poco más allá de los límites de mi gueto pero si hago compras justificaré la transgresión. Se me hace camino y prosigo.

Antes de que apareciera la cosa solía ir al Mercat una vez por semana. Combinaba compras, un exquisito cortado en un pequeño bar –con charla con la dueña, una profesora venezolana de filología- con el deleite de ver, de sentir, de olfatear, de deambular, de encandilarme, de escuchar al recorrer desordenadamente sus múltiples pasillos. Miraba, gozaba y aprendía. Recordé a mi abuela valenciana: aparecían sus caracoles, sus anguilas, sus setas misteriosas, su arroz de la Albufera, sus clóxinas tan diferentes de los mejillones del Atlántico, su orchata, su infaltable conejo. Oía recreado en decenas de señoras clientes o puesteras, su dulce acento de castellano valencianizado.

En el mismo puesto donde en otoño compro setas para saltar con ajo y aceite virgen, descubro vegetales con nombres extraños: garrafón, roget, bovis, ferraura, piparra, panocha dulce. Hay más, no recuerdo. La caminata y el deambular por todo el Mercat me han hecho exceder el primer toque de queda: ya son más de las doce. Debo hacer alguna compra. No necesito mucho, algo para unas ensaladas. Aprovecho para conseguir mis tomates favoritos: los rosa de Barbastro, no hay por otros lados. Sé que no es la época para los originales, aquellos completamente naturales que se abonan con estiércol orgánico plantados en tierras de Huesca. Son el “orgullo oscense”. En esta época vienen de Almería pero la semilla está ahí; eso es lo que importa. Se me ha ocurrido que a través de una ingesta regular de estos tomates, “no siempre perfectos, con sus arrugas y su culo mal hecho…” podría lograr mayor vuelo literario como un gran oscense lo ha demostrado. Consigo dos hermosos ejemplares, son los más chicos y pasan igual del quilo. Ahora tengo que decidir sobre la lechuga: me ofrecen romana o valenciana. En otras palabras Virgilio, Horacio, Juvenal, Catulo, Lucrecio por un lado o Ausias March, Joan Timoneda, Blasco Ibáñez, Vicente Querol por el otro. Me decido por la lechuga valenciana, seguramente tendrán bien asumidos sus antecesores romanos.

Fue un camino con destino impensado, se hizo huella y nada más. Me sentí conmovido en el Mercat Central, me arrastró la emoción. Reviví mi confianza en la exuberante lujuria de los colores y olores de la huerta de España. Un Mercat sin turistas pero rebosante de alma.

Valencia, 21 de mayo de 2020. “Reviviendo a plazos”, cuota Nº3: lechuga valenciana € 0.60 (dominio público), 2 tomates rosa de Barbastro € 3.95 (derechos de autor y editoriales).

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