Reviviendo a
plazos – (Diario de desreclusión III)
III - Mercat Central
“Caminante, son tus
huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino: se hace camino al
andar…” (Antonio Machado)
Salgo tarde. No tengo que ir a ningún lado, sólo caminar. El
horario de paseo para mayores ya lleva más de una hora habilitado y aun no he
comenzado. Al salir de mi apartamento de Blanquerías tengo sólo dos opciones:
caminar a la izquierda o a la derecha. Este jueves arranco hacia la izquierda.
Buen ritmo en mis pasos, se aspira un aire vigorizante. Llego a Salvador Giner;
la puedo cruzar y seguir hasta el IVAM o tomar a mi izquierda y continuar por
calle Alta. Me decido por esta alternativa. De la plaza San Jaime, donde confluyen
calle Alta y calle Baja, nace la de la Bolsería. Desde allí miro hacia adelante
y veo la fascinante arquitectura del Mercat Central. Queda un poco más allá de
los límites de mi gueto pero si hago compras justificaré la transgresión. Se me
hace camino y prosigo.
Antes de que apareciera la
cosa solía ir al Mercat una vez por semana. Combinaba compras, un exquisito
cortado en un pequeño bar –con charla con la dueña, una profesora venezolana de
filología- con el deleite de ver, de sentir, de olfatear, de deambular, de
encandilarme, de escuchar al recorrer desordenadamente sus múltiples pasillos.
Miraba, gozaba y aprendía. Recordé a mi abuela valenciana: aparecían sus
caracoles, sus anguilas, sus setas misteriosas, su arroz de la Albufera, sus clóxinas
tan diferentes de los mejillones del Atlántico, su orchata, su infaltable conejo.
Oía recreado en decenas de señoras clientes o puesteras, su dulce acento de castellano
valencianizado.
En el mismo puesto donde en otoño compro setas para saltar
con ajo y aceite virgen, descubro vegetales con nombres extraños: garrafón,
roget, bovis, ferraura, piparra, panocha dulce. Hay más, no recuerdo. La
caminata y el deambular por todo el Mercat me han hecho exceder el primer toque
de queda: ya son más de las doce. Debo hacer alguna compra. No necesito mucho,
algo para unas ensaladas. Aprovecho para conseguir mis tomates favoritos: los rosa
de Barbastro, no hay por otros lados. Sé que no es la época para los
originales, aquellos completamente naturales que se abonan con estiércol
orgánico plantados en tierras de Huesca. Son el “orgullo oscense”. En esta
época vienen de Almería pero la semilla está ahí; eso es lo que importa. Se me
ha ocurrido que a través de una ingesta regular de estos tomates, “no siempre
perfectos, con sus arrugas y su culo mal hecho…” podría lograr mayor vuelo
literario como un gran oscense lo ha demostrado. Consigo dos hermosos
ejemplares, son los más chicos y pasan igual del quilo. Ahora tengo que decidir
sobre la lechuga: me ofrecen romana o valenciana. En otras palabras Virgilio,
Horacio, Juvenal, Catulo, Lucrecio por un lado o Ausias March, Joan Timoneda,
Blasco Ibáñez, Vicente Querol por el otro. Me decido por la lechuga valenciana,
seguramente tendrán bien asumidos sus antecesores romanos.
Fue un camino con destino
impensado, se hizo huella y nada más.
Me sentí conmovido en el Mercat Central, me arrastró la emoción. Reviví mi
confianza en la exuberante lujuria de los colores y olores de la huerta de España.
Un Mercat sin turistas pero rebosante de alma.
Valencia, 21 de mayo de 2020. “Reviviendo a plazos”, cuota
Nº3: lechuga valenciana € 0.60 (dominio público), 2 tomates rosa de Barbastro €
3.95 (derechos de autor y editoriales).
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