domingo, 12 de enero de 2020

Intento de terror... Desde la oscuridad


DESDE LA OSCURIDAD

Después de varios meses sin apenas comunicación, fue Roi quien tomó la decisión de visitar a la familia de su hermano. Aprovechando unos días de vacaciones, puso rumbo a la pequeña aldea de Muez, a más de cuatrocientos kilómetros de casa, en pleno Pirineo de Aragón. Jon se había instalado allí con Ali años atrás, junto con otras parejas a las que llevaban algún tiempo frecuentando. Habían abandonado la ciudad en busca de un lugar recóndito donde la modernidad no rozara la piel de los hijos que planeaban traer al mundo. Fueron recuperando algunos viejos edificios y adquirieron estilos de vida absolutamente acordes con las normas de la naturaleza. Así se lo explicaba en los primeros tiempos Jon a su familia, que asistía con incredulidad a aquella apostasía de la normalidad en pro de unas creencias que consideraban impropias de alguien con su posición y estudios. A partir de aquel momento las relaciones con ellos fueron volviéndose más tensas y Roi, que hasta entonces había vivido en un cómodo desapego, se vio convertido en el gozne que mantenía el delicado equilibrio de la comunicación en la familia. Pero fue a partir de la muerte del pequeño Lui cuando la distancia adquirió dimensiones dolorosas.
En Aragón todavía podía disfrutarse del placer de las carreteras secundarias. Siete años atrás había hecho el mismo recorrido, entonces con sus padres, para conocer a la niña. El camino de ida fue ilusionante, a pesar de los recelos que su madre siempre reservaba a Ali, avivados en aquellos días por todo lo que vino a rodear al nacimiento de Nur. Regresaron en silencio, incapaces ninguno de los tres de hacer un comentario que pudiera suavizar el poso de resentimiento que dejaron los días en el pueblo. Tres años más tarde nació Lui y aún se hicieron esfuerzos por mantener la concordia familiar. El día que murió el niño fue el propio Jon quien vetó cualquier acercamiento por parte de la familia, y así habían continuado las cosas hasta entonces. Camino de Muez, se afanaba Roi en enfriar los rescoldos de la memoria. Comenzaba mayo, reverdecía el mundo al borde de la carretera, un viento fresco y húmedo le llegaba por la ranura de la ventanilla. Viajaba con ánimo reparador, quería abrazar a la familia de su hermano en aquel duelo terrible y mudo tras la pérdida del niño.
El acceso al pueblo no era sencillo. Donde acababa el asfalto se perdía la cobertura telefónica y también cualquier posibilidad de orientarse con el navegador. El camino de tierra seguía el curso de un barranco y finalmente ascendía una ladera pronunciada. Los últimos kilómetros los hizo a pie, por una pista empedrada que zigzagueaba hasta el pueblo. Le recibieron un olor a chimenea y los reflejos púrpura de la tarde en el rosetón quebrado de la iglesia, de la que solo quedaba el esqueleto. Le costó verlas, por su quietud y por la poca luz, pero cuatro figuras humanas aguardaban a los pies de lo que habría sido el atrio. Parecían niños y formaban como un círculo en torno a algún objeto. Ya cerca, reconoció a su sobrina:
—¡Ey, Nur! —gritó, pero solo parecieron escucharle unas palomas que salieron en bandada del vientre del edificio.
El grupo de niños continuó allí unos segundos, ajeno a su presencia. Después echaron a correr en distintas direcciones. Los perdió de vista. Oyó varios portazos.
Anduvo por el pueblo y no le costó identificar la casa de su hermano entre los pocos edificios rehabilitados. No se cruzó con nadie, se respiraba un aire de excesiva intimidad. A pesar de ello, sabía que su presencia no pasaba desapercibida.
Ya en la puerta hizo sonar la aldaba. Salieron a recibirlo Jon y la niña, que sonreía y alzaba los brazos hacia él como si el encuentro de unos minutos antes no hubiera tenido lugar. Su hermano lo abrazó con una calidez que no esperaba; le pareció notar un matiz de súplica, como algo de temblor, en ese abrazo. Ali estaba en la cocina, preparando alguna cosa de cenar. Se quedó quieta cuando él cruzó la puerta, claramente importunada. Tardó algunos segundos en alzar la vista y pudo reconocer en su mirada la misma indiferencia de los últimos encuentros. Era como si los mirara desde la oscuridad, decía su madre. Estaba  envejecida, los años habían agudizado ese aire de extravío. Su sobrina lo acompañó al dormitorio y estuvieron deshaciendo el equipaje. La conversación alegre de la niña no pudo impedir que escuchara, en el piso de abajo, la discusión entre su hermano y Ali. La voz de ella se elevaba sobre la de él:
—No sé a qué ha venido… Perturbar la paz… Exactamente lo mismo que tu madre… No puedo perdonarles… También era mi hijo… Solo entre Dios y nosotros…
Cenó con su hermano y con la niña. Ali se había ido a dormir, no se encontraba bien. Hablaron acerca del pueblo, del verano, de lo lejos que quedaba la última visita, de las ganas que Roi tenía de verlos. Más tarde acostaron a la niña y se quedaron solos.
—Ali lo está pasando mal después de lo del niño —dijo Jon.
—Ya lo supongo. —Le costó encontrar las palabras apropiadas—: esto no está siendo fácil para nadie. —Hubo un silencio largo, incómodo, ambos se habían levantado de la mesa y se daban la espalda. Solo entonces encontró fuerzas para formular aquello—: ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué no nos dejasteis venir a despedirnos?
Su hermano seguía sin mirarlo. Apilaba leña junto a la chimenea. Se detuvo de pronto y debió  de concentrar toda su voluntad en la dureza de su voz:
—Fue un accidente, Roi. Lo sabes de sobra. Ya fue bastante difícil para nosotros todo aquello.­
—Piensa en tus padres. Ni siquiera he sido capaz de decirles que venía. Después de lo de Lui no han vuelto hablar del tema.
—Nunca quisieron aceptarlo, Roi: nuestros principios, nuestro estilo de vida —la voz se le quebraba ahora.
—Ali nunca nos lo ha puesto fácil. Siempre con sus supersticiones, siempre toda esta gente alrededor. ¿Cómo vamos a aceptar lo que han hecho con vosotros?
­—Los papás nunca pudieron entender a Ali. Nunca podrán entenderla ya. —Jon  hacía esfuerzos por recomponer su voz. Se puso a recoger la mesa con un gesto severo y le dio las buenas noches. Al día siguiente tendrían que desayunar temprano. Habían planificado una excursión por los alrededores con la niña y el mastín, que descansaba mansamente debajo de la mesa.

Por la mañana lo esperaban con el desayuno preparado, ya listos para salir al campo. Se sentaron a la mesa. Ali llevaba y traía platos del comedor a la cocina y apenas lograba sentarse unos segundos. Se la veía inquieta, aunque era evidente que intentaba aparentar cordialidad. Explicó que prefería quedarse en casa mientras daban el paseo. Daría de comer a los animales, iría al huerto a recoger alguna cosa para la comida. Se despidió de la niña con un beso en la frente. A Roi le pareció un beso demasiado largo para ser una despedida cotidiana.  
En dos minutos estaban ya a las afueras del pueblo. Jon quería llevarlo a los miradores de la cumbre y tomaron un sendero que ascendía por la ladera. La niña y el mastín correteaban delante, con la excitación de la aventura. Unos kilómetros a las afueras, el camino bordeaba la tapia baja de un pequeño cementerio. Al pasar por allí, Roi apreció que su hermano enlentecía el paso. Ambos se detuvieron en la puerta. Se veían apenas cuatro o cinco lápidas desordenadas y en uno de los laterales había algo que le pareció un extraño monumento funerario: eran varios montículos de piedras con una buena altura, en cada una de cuyas cúspides alguien había clavado algunas ramas secas con forma de cruz. Esparcidos entre las bases pudo ver restos de cenizas y algo que le parecieron pequeños huesos de animal, o plumas.
—Te juro que hicimos lo posible por regresar a casa. —Jon hablaba en voz muy baja. Era obvio que aquello no esperaba una respuesta.
Roi no se atrevió a dirigirle la mirada. Se escuchaba la algarada del mastín y de la niña unos metros más arriba. Los dos reanudaron el paso en un silencio que les pesaba como el mundo.
Llevaban ya al menos dos horas de marcha y Roi se había apartado del camino buscando un lugar para mear. Se entretuvo haciendo algunas fotos y le costó encontrar de nuevo el sendero. El bosque ya era espeso allí. Al volver sobre sus pasos se topó con el gesto demudado de su hermano:
—No encuentro a la niña, Roi.
No recordaba cuándo habían perdido de vista al mastín y a Nur, sendero arriba. Ahora ni siquiera contestaban a sus gritos. Su hermano le explicó que llevaban un buen tramo avanzando en paralelo a los acantilados, ocultos allí por la frondosidad del monte. La niña conocía bien la zona y era difícil que se hubiera aventurado en aquel sentido; lo que verdaderamente le inquietaba era que el mastín no acudiera a su llamada. La angustia de los dos iba creciendo conforme caminaban hacia allí. En la búsqueda solo les respondía un eco cada vez más próximo que daba idea de la cercanía del abismo. De pronto, un aullido sobrecogedor se apoderó de todo.
—Es el mastín.
Corrieron ambos en la misma dirección. La línea de la vegetación acababa bruscamente y daba paso a un claro que anunciaba el precipicio. La niña estaba allí.
Nur estaba de espaldas, sentada al borde mismo del acantilado. En su mano sujetaba con delicadeza el collar del mastín y su correa. Parecía que canturreaba alguna melodía y seguía el compás con movimientos rítmicos de la cabeza. Debió de percibir la llegada de los adultos, porque de pronto se quedó inmóvil y dejó caer la correa por donde segundos antes habría caído el perro. 
—Hija mía, ¿qué ha pasado? —Jon se adelantó unos pasos en dirección a la niña, pero alguna intuición debió de frenarlo.
Ella permanecía impasible en la orilla del desfiladero. Parecía no escucharlos. Parecía estar absolutamente concentrada en el vacío.
—Nur, cariño, no te muevas. —Jon cabeceaba desconcertado, miraba a Roi y a su hija, apenas podía proyectar la voz. Avanzaba ahora muy lentamente, con la mano extendida en dirección a ella.
—Ha sido el perro, papá. Ha querido acercarse demasiado.
—Hija mía.
—Tú no te preocupes. —Apenas podían escucharla, pero fue girando con suavidad el tronco en dirección a ellos. Tenía un gesto de serenidad extrañamente adulto—. Ahora estará bien, está con Lui.
Los pies de Roi permanecían clavados en el suelo. Desde allí mismo pudo ver la secuencia completa de acontecimientos: su hermano avanzando despacio hacia la niña, que ahora abría sus brazos en dirección a él. La niña a punto de tocar con sus manitas las de él, que temblaban de terror. La niña girando su cuerpo por completo y arrodillándose de espaldas al vacío. La niña agarrando a su padre por las rodillas, sin perder la dulzura de sus gestos. Su hermano vencido por la gravedad, perdiéndose por el despeñadero.

En ese mismo instante tuvo Roi una consciencia de silencio universal. La mirada tierna de la niña fue trocándose en una mueca de terror. Veía su carita contraerse hasta el llanto y su pecho se agitaba cada vez más rápido, pero no escuchaba nada. Seguía arrodillada al filo del acantilado y alargaba sus manitas hacia donde estaba él. Entonces le pareció empezar a distinguir en los labios de la niña una llamada de socorro:
—Tío Roi, tío Roi, tío Roi... —Su voz iba cobrando intensidad.  
 Aterrorizado como estaba, era incapaz de un solo movimiento.
—Nur, estate quieta, por favor.
Entonces la niña se puso en pie. Seguía de espaldas al precipicio. Parecía imposible que mantuviera el equilibrio en aquella posición.
—Tío Roi... —Su mirada fue tomando nuevamente aquella sobriedad adulta—. Tío Roi, voy a tirarme. —Lo dijo con una seriedad pasmosa.
Roi solamente podía negar con la cabeza, incapaz de comprender la situación.
—Nos está esperando Lui. Él tuvo que ir primero. Mamá tuvo que llevarlo allí primero, pero él nos necesita…
De nuevo ese silencio total. Ahora Roi la veía bracear mientras hablaba, con una gestualidad que no era propia de una niña. Algo en ella espoleaba su memoria y finalmente recordó: era Ali. La niña encarnaba ahora aquella vehemencia ciega, aquella excitación evangelizadora que su madre exhibía en los primeros encuentros con la familia, cuando la conocieron en plena fiebre de proselitismo.  
En aquella atmósfera de ensoñación, llevado por un impulso ciego, Roi iba avanzando paso a paso hacia la figura suplicante de la niña, al borde mismo del abismo. Solo deseaba abrazarla, ponerla a salvo, ponerse a salvo todos de aquella pesadilla. Apenas le faltaban unos metros, pero ella había dejado de mirarlo, como si su presencia se hubiera vuelto irrelevante. De pronto tuvo la impresión de que los ojos de la niña traspasaban su figura, de que su atención se concentraba en algo que quedaba más allá de él. Movido por un presentimiento fue girando lentamente hasta quedar de espaldas al vacío. Entonces pudo verla: Ali venía corriendo en dirección a ellos, llevada por una fuerza sobrenatural, con los brazos extendidos y esa mirada suya. Esa mirada que venía desde la oscuridad. 


sábado, 11 de enero de 2020

Relato sobre personaje

El martes próximo veremos, además del relato navideño de Ana que quedó pendiente, algunas claves sobre construcción de personaje.
Y para el siguiente martes, planteamos la tarea de escribir un relato centrado en un personaje, al que debemos crear con una contradicción muy evidente(por ej. un cura que ha perdido la fe, una prostituta mojigata).
Os dejo un enlace a un relato basado en personaje, el famoso Bartleby, el escribiente:

https://www.biblioteca.org.ar/libros/153234.pdf

¡buen finde a todos, también al compañero de ultramar!

martes, 7 de enero de 2020

Relato de terror navideño: Aullando a la luna

Paseas a tu perra, por la calle, de noche, con los cascos puestos… escuchas tu canción favorita a tope de volumen y te falta nada para ponerte a bailarla “Sheeena is a punk rocker, Sheeeeena is a punk rocker...”, piensas que no pasa nada por bailar un poquito, hoy no hay ni Dios en la calle... y acto seguido sueltas la cabeza y te sonries, detras de la cabeza van los brazos y los pies y te marcas un baile con despreocupación, pasándote la correa de tu perra de una mano a la otra; a las luces de las farolas se suman las luces de Navidad que invaden las calles desde hace un mes y esta calle de tu barrio se convierte en tu escenario particular, te pones junto a Joey Ramone y cantas a dúo, imitando sus gestos, su actitud de seryonomecuestanadaylagenteseflipaconmigo... al poco te paras recordando donde estás, y echas un vistazo rapido por si alguien te ha pillado dejándote llevar. Aunque no crees que vaya a pasar nadie, ni coches ni personas un 24 de diciembre a las diez y media de la noche… la vida no está hoy aquí; esta tras las ventanas iluminadas de los edificios. Ellos contienen la luz, el calor,el bullicio, el ruido amortiguado que te llega como de otra dimensión y tu hoy no perteneces a ella. Destellos y estruendos que estallan en el interior de las figuras geométricas alargadas, que una junto a la otra se alinean a los lados en tu calle y vibran de personas conviviendo, como enormes altavoces que cantan tu canción.

Siempre te has considerado una tía independiente; nunca has tenido miedo a caminar sola por la calle a pesar de lo que se escucha en las noticias; nunca pensaste que algo malo te podía pasar por caminar de noche, sola, por la calle de ninguna ciudad; ni de esta ni ninguna otra del mundo; aquí, en la China o en Brasil: “caminar de noche sola sobre el asfalto” no lo consideras una actividad de riesgo. Otra cosa sería caminar sola de noche por el monte: eso si lo encuentras inquietante, tambien encuentras inquietante los bordes, estar al borde de algo y la posibilidad de caer aunque estes a tres palmos del suelo, los objetos afilados y punzantes, los hospitales, los mocasines marrones, algunas miradas… la Oscuridad, la oscuridad absoluta que te impide ver.

Pero para tí la calle es libertad y hoy te sientes especialmente libre porque es el día de los compromisos familiares y personales por definición y tu no los tienes.
Mama esta invitada a pasar la Navidad en Madrid con los tíos y los primos, tu hermano, su mujer y tus sobrinos tambien se han ido. Nadie quiere pasar la nochebuena en el comedor de casa este año. La anterior papá ya estaba muy mal y revivir su imagen sentado en el sofa, en pijama, echándole un pulso a sus últimas Navidades hubiera sido como mínimo insoportable. Así que el día 20 todos hicieron las maletas y se fueron, arrastrando los trolley con entusiasmo, parloteando de todas las cosas divertidas que iban a hacer y las cosas interesantes que iban a ver, con cierto nerviosismo y caminar apresurado por si las fiestas les alcanzaban en casa, en el comedor de casa, y ya no les daba tiempo a escapar.
Su viaje también te ha liberado a ti, de lo mismo, pero no has tenido que dar un paso, aunque sientes el mismo alivio, te quedas en tu casa. Este año el comedor de casa de tus padres se queda vacío, en penumbra, pero quien sabe si en él, tu padre y los que érais el año pasado volvereis a celebrar esa última nochebuena hoy.
Tu madre no ha podido insistir porque trabajas prácticamente todos los días de las fiestas, debido a que te piras de viaje conforme entre el 2020 y necesitabas los días. En otras circunstancias hubiera protestado por este gesto de desapego, pero ha callado y respetado tu decisión, solo por no tener que hablar de como estais afrontando la muerte de papá.
Y así es como has llegado a esta extraordinaria situación: vas a pasar el solsticio de invierno como te plazca.
Te has propuesto celebrar la noche, el plan consiste en deambular un rato con tu perra por la calle desierta, subir a casa, picotear, escuchar música, arreglarte para salir y divertirte hasta que una de las noches mas largas del año llegue a su fin, saboreando cada uno de sus minutos.

Te plantas en tu portal, mientras tu cabeza se mueve a ritmo de Howling at the moon, abres la puerta y haces pasar a la perra. Vives en un edificio pequeño y antiguo, de cuatro plantas desde hace no llega al año y no sabes si estarás mucho más, porque está para rehabilitar; el vecindario tambien está para rehabilitar, la media no baja de los 60 años y eso porque estás tú. Imaginas que Julián y Pepa, los únicos vecinos que se han quedado estos días, o se han acostado o estan a punto de hacerlo, porque todo permanece en silencio, el único edificio de tu calle que no vibra.
Tiras mano al interruptor del rellano, pero este no enciende nada y recuerdas que era uno de los puntos del orden del día en la reunión de la Comunidad: si no se pagaban los recibos, en breve se dejaría de tener luz en los rellanos, asi que no insistes, sueltas a tu perra para no tropezar con la correa y mientras le acaricias la cabeza susurras “ve a casa Cosette!” y subes lentamente, palpando la pared desconchada, con el corazón a mil, con la única luz que entra por los ventanuco de la escalera, los tres pisos que te llevan a casa.

Miras el mobil por si ha habido cambio de planes, pero no hay movimiento en el wasap.

Dos horas despues ya estás en la calle, la puerta del portal se cierra tras de ti con estruendo. Estas deseando comerte la noche, tienes hambre de diversión tras tu largo periodo de entrega al trabajo y la biblioteca; levantas la cabeza, miras al cielo y le interrogas, como si así pudieras saber como se te va a dar. Se ven nubes, algo de claridad pero no luna ni estrellas.

Otra vez echas una ojeada al mobil. “Sin novedades” te dices, así que echas a caminar hacia el lugar de la cita, con paso decidido y entusiasta, si es que los pasos pueden transmitir entusiasmo, mientras haces sonar los tacones.
El plan después del segundo examen era “salir a liarla”, habíais decidido por unanimidad con tus compañeras de reclusión en la biblioteca. Y este plan requería de la indumentaria apropiada: se había acordado tacón, minifalda y escote, la que más acorde a la noche de juerga planeada fuera, sería invitada por las demás.
Has cumplido a rajatabla, pareces recién sacada de un video de reaggeton de la MTV; en el maquillaje también te has empleado a fondo y estas deseando encontrarte con tus amigas para revisar atuendos.

Por fin llegas a la Plaza de la Virgen, y te apoyas en la fuente. Has hecho todo el trayecto sola, sin ver ni un alma, solo te han acompañado los ruidos amortiguado de las fiestas, pero hemos dicho que tu hoy perteneces a otra dimensión. Solo ha pasado un coche, cuando ibas por la orilla del río, del que han sacado la cabeza unos tíos, como una manada de lobos con hambre de meses, gritando como locos y te han dicho una serie de obscenidadespornograficascargadasdeviolenciaydesprecio, que te han hecho erizar el vello de todo el cuerpo. Has podido disimular tu espanto, les has sacado el dedo con falsa indolencia y has conseguido mantener la actitud hasta que el coche se ha perdido por la curva que lleva a Capitanía. En ese momento, tu cuerpo erguido se desmorona y te cruzas con fuerza la chaqueta... entonces te acuerdas que no te da miedo caminar sola por la calle de noche, pero siempre te ha acojonado ese tipo de tío, el que iba en el coche, descerebrado, violento, prepotente... te has arrepentido un poco de la ropa que has elegido e intentas recordar de quién fue la idea. "Afortunadamente, el coche iba rápido, ha pasado de largo y has seguido tu camino" piensas. 

Ya pasan 15 minutos de la hora y no hay movimiento en el wasap.

Empiezas a revisar la barra de menu y te das cuenta de que has estado sin datos. Intentas reactivarlo sin éxito y en ese momento llegan a la plaza tres tíos, se quedan mirándote en una una esquina y hablan entre ellos y fines que no les has visto, para que pasen de largo o se vayan, y continuas escrutado el mobil, intentando averiguar porque motivo estas sin datos, hasta que consigues reactivarlos. Respiras aliviada esperando que entre cualquier información de tus amigas y al levantar la mirada ves que los tres tíos vienen directos hacia ti.
Te pones alerta y mientras empiezas a buscar posibles respuestas a lo que te puedan decir, tiras mano del mobil e intentas averiguar cuándo van a venir tus amigas o que cojones ha pasado con la cita, pero los wasap no entran ni salen, imaginas que por la noche que es.
Te preparas para "recibirlos" con una sonrisa de despreocupación para a continuacion darles un buen corte, "que no puedan oler el miedo" te dices.... pero esta no llega a asomar porque al verlos más de cerca te das cuenta de que son exactamente los tíos del coche que hace media hora pasaban gritándote.
Te quedas muy quieta, rígida, mientras se acercan cada vez mas. El corazon te palpita hasta doler, empiezas a sentir una presion insoportable en el pecho y en la garganta y sabes que no vas a poder continuar fingiendo indiferencia. Ellos se separan un poco y te rodean y en ese momento estas tan bloqueada que no puedes mirar, ni hablar… y por tu cabeza pasan todas esas noticias que se oyen en los informativos, a las que nunca prestaste atención, porque pensabas que algo así no te podía pasar… Sabes que te estan hablando, pero no oyes, tampoco saldría nada de tu boca para poder contestar, se acercan más y conforme notas la primera mano deslizándose alrededor de tu cintura sientes que tu cuerpo deja de ser tuyo… y entonces tu coco se vuelve al comedor de casa de tus padres y estais todos en plena celebración de nochebuena exactamente igual que el año pasado… y mientras te meten en un coche miras fijamente a tu padre, el se gira y os clavais la mirada el uno al otro. 

lunes, 6 de enero de 2020

Relato de terror- TRANQUILA


TRANQUILA

Le había costado un poco más de su ya mermada salud mental seguir en la casa familiar hasta encontrar el piso que buscaba, pero al fin lo tenía.
El apartamento era uno de los dos que ocupaban la quinta planta de un edificio con bastantes vecinos. Estaba ubicado en un barrio céntrico y concurrido de la ciudad. Era una de esas zonas en las que cualquiera que tenga niños y le guste la ciudad quisiera vivir. Tenía su parque enorme con columpios y árboles que daban sombra a los banquitos desde donde los padres observaban a sus hijos. No le faltaban sus dos o tres colegios, sus supermercados, sus señores con carritos de la compra y sus jubilados haciendo predicciones sobre lo que sería aquel edificio en construcción.
El balcón del salón-cocina del pisito daba a una plaza peatonal en la que siempre había niños jugando con pelotas o cualquier artilugio rodado y un par de bares con terrazas que casi siempre estaban llenas de gente. Aunque el pisito era pequeño, la decoración era moderna y las dos habitaciones más que suficientes para instalarse allí con su hija de siete años.
Sandra había forzado la venta de la casa en la que vivían los tres para salir de allí lo antes posible y necesitaba un sitio donde vivir que les hiciera un poco más fácil el cambio, así que, durante un mes entero, se dedicó casi exclusivamente a buscar su nuevo hogar. Por las noches repasaba de arriba abajo los anuncios on line y de día, cuando Ainhoa estaba en el cole, recorría los barrios que le gustaban preguntando en las inmobiliarias, a los conserjes y a los vecinos que salían de algún edificio que le interesaba. Pero cada día volvía más frustrada porque lo que estaba disponible requería un tiempo para acondicionarlo del que no disponía o eran plantas bajas demasiado accesibles. Lo que ella buscaba no parecía existir.
Después de quince días de búsqueda sin encontrar nada, a Sandra, desilusionada y cansada, empezaron a asaltarle las dudas sobre su decisión de vender tan precipitadamente la casa. A pesar de que su marido se había convertido en un ser desconfiado, huraño e iracundo desde que cerró la empresa y pasaba casi todo el día embebido en internet, a Sandra siempre le había compensado la casa en la que vivían y sobre todo el entorno. Los vecinos del edificio eran ya sus amigos y pese a estar muy cerca de la ciudad, les rodeaba un bosque espeso y precioso que terminaba en el mar. Cada día de los últimos cinco años Sandra dejaba tras la puerta el humo denso del desamor que había ido invadiendo su hogar y paseaba, corría, lloraba y hasta gritaba protegida por los árboles o el rumor del mar. Su hija y todo ese oxígeno conseguían insuflarle suficiente vida para permanecer allí un día, una semana. Un año más. Amaba tanto aquel lugar que le costaba creer su propia determinación de dejarlo. Pero tras la separación, desde que su ex y su rencor se habían instalado en el piso de arriba, que pertenecía a sus padres, sentía su presencia mucho más latente que cuando convivían. La sensación de estar vigilada le estaba volviendo loca.
Cuando la niña cumplió cuatro años, sin saber por qué, empezó a tener miedo cuando se iba a la cama y cada vez le costaba más dormirse si quien la acostaba dejaba la habitación. A veces, tenían que estar más de una hora a su lado cogiéndole la mano o contándole cuentos en la oscuridad hasta que el propio cansancio le vencía. Era frustrante el permanecer allí sin saber por qué le sucedía y cómo ayudarla a superarlo. Pasaban los días y cada vez necesitaba más y más tiempo la compañía de uno de sus padres para poder dormirse. Sus miedos parecían multiplicarse. Era agotador.
Al cabo de tres semanas, el padre decidió ayudar a la niña de otra manera y desde entonces, a la hora de acostarla, se apoltronaba en el sofá con el mando de la tele en la mano, miraba de reojo a la madre que acompañaba a la hija a la cama y les decía:
– Yo os protejo desde aquí-
Sandra, molesta, decepcionada y sola en su preocupación por la niña, se resignó a encargarse de acostarla cada día sin su ayuda dedicándole el poco tiempo del que disponía para descansar después de bañarla y hacer la cena. Noche tras noche, se acostaba junto a ella y le contaba un cuento, y otro cuento, una historia inventada o cualquier cosa que se le ocurriera mientras la abrazaba hasta que se dormía. Mientras tanto, debía de pensar la pequeña, su papá, fuerte y seguro de sí mismo, las protegía de los peligros desde el sofá.
Al decidir separarse, una de las cosas que Sandra tenía más claras es que tenía que conseguir que su hija superara su miedo al acostarse y pudiera dormir tranquila. Estaba convencida de que el origen estaba precisamente en que la niña había aprendido a creer que necesitaban protección. Así que, durante las tres semanas anteriores a la marcha del padre estuvo indagando sobre los terrores nocturnos, leyó varios libros que le recomendaron y consultó a una psicóloga especialista en el tema. Incluso aprendió técnicas de relajación para hacerlas juntas al acostarse. Necesitaba convencerse y convencer a la niña de que ellas dos solas, juntas, podían conseguirlo.
Pero el padre no pensaba así. Desde el mismo día en que empezaron a vivir solas y él se instaló en el piso de arriba, a la hora en la que Sandra acostaba a la niña, el padre daba unos golpecitos en el suelo justo sobre el techo de la habitación en la que ellas estaban.
-Yo os protejo desde aquí- creía escuchar Sandra en su cabeza a cada golpecito.
Al oírlos, la hija se encogía primero, pero luego se percataba de que era su padre y contestaba con otros tantos en la pared. Después, miraba con cara asustada a Sandra y se lamentaba:
-Mami, es papá. ¿Por qué no puede estar en casa con nosotras? Tengo miedo-
Con sorprendente dedicación, el padre no fallaba en su mensaje protector ni una sola noche. La niña seguía teniendo miedo y ninguno de los esfuerzos de la madre por ayudarla con lo que había aprendido funcionaba. Pero al cabo de una semana, la pequeña sólo se calmaba al escuchar el pavloviano sonido de los suaves golpecitos que daba el padre.
-Yo os protejo desde aquí- Escuchaba también en su cabeza la niña sintiéndose amparada ante la frustración e irritación de Sandra.
Pasaron dos semanas y Sandra supo que tenían que irse. Y por fin, su búsqueda concluyó gracias a una amiga que le consiguió una visita al piso que se iba a convertir al fin en su nueva casa. Lo que le llevó a decidirse en ese mismo momento fue comprobar que éste sí que reunía los dos requisitos indispensables para ella: suficiente distancia con la casa del padre y sensación de seguridad por la compañía de los vecinos y lo animado del barrio. En la misma visita firmó el contrato, notificó la nueva dirección de la niña al padre siguiendo instrucciones de su abogada y en dos días había hecho la mudanza y decorado con mimo la nueva habitación de la hija.
Por fin había llegado el día de su emancipación. Sandra estaba nerviosa, emocionada. Muy contenta. Aquella tarde, tras recogerla del cole, entraron juntas por primera vez en su nuevo hogar y la pequeña recorrió la casa de un lado a otro ilusionada, encantada con su preciosa habitación y con las vistas desde el salón a la divertida plaza llena de niños. Sandra notó por primera vez en mucho tiempo que podía respirar.
-Nos gusta- pensó. -Se adaptará bien-
Ese día cenaron viendo una película de dibujos para celebrar su llegada y a las 9, como siempre, se prepararon para ir a dormir. Sandra supo disimular muy bien su preocupación por el acostumbrado nerviosismo de su hija al acostarse y se puso a su lado en la cama como tenían costumbre. Le contó un cuento muy divertido de animales gamberros y, tras dejar una luz encendida en el pasillo, apago la luz y le dio un beso de buenas noches. La niña, por primera vez, le pidió a la madre que le acompañara para hacer esas respiraciones “de tranquilidad” que le había enseñado. Sandra, contenta y aliviada, accedió con gusto. A la cuarta inhalación, notó cómo la pequeña aflojaba la mano con la que cogía la suya y empezaba a dormirse. La cara de Sandra era toda ella una sonrisa que ya no recordaba que existía. Decidió esperar unos minutos hasta asegurarse de que su hija dormía para acostarse ella en su nueva y enorme cama.
Pasaron sólo unos segundos y de repente, un ruido duro y seco que parecía venir de la pared contra la que estaba apoyada la cama de la niña le sobresaltó provocándole un movimiento brusco de todo su cuerpo que movió también el de la hija, aunque no la despertó. Sus ojos y sus oídos parecieron abrirse como los de una gacela que nota el acecho, pero no escuchaba nada y pensó que todavía no conocía los sonidos normales de su nueva casa. Le convenció su argumento y volvió a relajarse.
Pero entonces, el mismo ruido duro y seco, pero ahora más fuerte y en forma de un golpe seguido de otro hasta hacer cuatro, retumbó en la pared volviendo a hacer saltar a Sandra y despertando, ahora sí, a la niña. Desorientada, apretando la mano de su madre, le preguntó que qué había sido ese ruido y le pidió que encendiera la luz. Sandra, notando la presión en su pecho, apretó en interruptor y, acariciándole la cabeza, le quitó importancia:
-No ha sido nada, cariño. Son los vecinos. Como antes no teníamos, no estamos acostumbradas. Duérmete- la tranquilizó dándole un beso en la mejilla y cogiéndole la manita.
La niña, apretándole fuerte con sus dedos, y mirándole con sus ojitos brillates, se dirigió a ella con la única frase que a Sandra podía darle miedo:
-Echo de menos a papá-
Sandra, sin contestar, le dio otro beso y le prometió quedarse en la cama hasta que se durmiera. Con la luz encendida, al cabo de unos minutos, la niña volvió a dormirse sin soltarle la mano. Sandra no quiso despertarla al irse a su habitación y decidió quedarse toda la noche junto a ella en la estrecha camita durmiendo sólo a ratos. Expectante.
Al día siguiente, la pequeña se despertó contenta, desayunó, se vistió y Sandra la llevó al colegio. Sandra pensó varias veces a lo largo del día en lo que había pasado la noche anterior y siempre llegaba a la misma conclusión. Era la primera noche, no conocemos los sonidos de la casa. Es normal. Como tenía el día libre, disfrutó de varias horas en la casa colocando nueva decoración y acostumbrándose a los espacios. Dio un paseo por el barrio, hizo la compra y se preparó la comida. Después de una siesta corta recogió a su hija del cole y fueron directas al parque que tenían al lado a jugar. La niña se divirtió con otros dos niños que se columpiaban junto a ella y quedaron en verse al día siguiente allí otra vez.
Volvieron a casa animadas por los nuevos amigos de la niña y prepararon juntas la cena mientras la pequeña le contaba lo alto que se había columpiado.  Sandra puso un capítulo de una serie muy divertida mientras cenaban para distendir el momento de irse a la cama y se hicieron las 9. La niña parecía estar tranquila.
Sandra se acostó junto a ella en la cama y le contó un cuento. Después la besó para darles las buenas noches y apagar la luz. Esta vez, la niña le pidió, apretándole la mano, que se quedara hasta que ella estuviera dormida. Sandra accedió y apagó la luz. Pero cuando iban a empezar a hacer las respiraciones profundas para relajarse, sonaron otra vez los cuatro golpes secos, rotundos. Esta vez más fuertes. Tanto que retumbaba la pared.
La pequeña, lanzando un grito, empezó a llorar agarrándose fuerte a la madre.
- Mami, tengo miedo- dijo temblándole la voz.
Sandra, intentando tranquilizarla sin poder casi lograrlo con ella misma, le repitió las mismas palabras de la noche anterior. No conocían los sonidos de la casa. Seguro que eran los vecinos corriendo la cama para irse a dormir. Pero la niña, muy asustada, le contestó que a lo mejor al lado vivían los malos o que podía ser un fantasma. Sandra cada vez se sentía más angustiada. Notaba como una especie de bola le cerraba el estómago y le faltaba el aire. Sin perder de vista el móvil que tenía sobre la mesita por si tenía que pedir ayuda, se mostró todo lo tranquila que pudo delante de la hija y siguió calmándola, abrazándola. Pero la niña no conseguía relajarse. Y mucho menos dormirse. Después de un rato en silencio, con los ojos muy abiertos mirando a la pared desde la que parecían haber llegado los golpes, dijo:
-Mamá, me quiero ir a casa. Quiero ir con papá.
Sandra, de nuevo sin contestar, dejó la luz encendida, le propuso contarle otro cuento que al final fueron dos más y finalmente la niña se durmió. Vigilante, sin poder ni siquiera cerrar los ojos, Sandra permaneció abrazando a su hija toda la noche.
El día siguiente fue normal para la niña. Sólo se le notaba un poco cansada, pero se fue animada al cole y volvió al parque donde estaban sus nuevos amigos.
En casa, después de cenar, al llegar la hora de acostarse, la hija pidió quedarse un rato más viendo la tele y Sandra accedió. Pero al cabo de un rato, la niña volvió a pedir más tiempo, insistiendo. Decía no tener sueño a pesar de que sus ojillos empezaban a enrojecerse. No quería irse a dormir. Y Sandra lo entendía. Ella también tenía miedo.
-¿Puedo dormir en tu cama?- preguntó.
Sandra, convencida de que acceder era decirle que había motivos para tener miedo, se negó, pero le prometió quedarse con ella, contarle todos los cuentos que hiciera falta con la luz encendida hasta que se durmiera y no moverse de su lado. Su único miedo era que su hija tuviera miedo. Eso y que no se sintiera segura a su lado. Pero se estaba quedando sin recursos y lo sabía.   
Le contó un cuento, y otro y otro, mientras la pequeña permanecía rígida agarrada al brazo de Sandra como a un salvavidas. Sin apenas poder moverse, al ir a darle un beso a la niña, otra vez, fuerte y seco, duro como un martillo, escucharon los cuatro golpes en la pared de al lado. La niña, dando un salto, se puso sobre Sandra gritando: - mamá, mamá!- Sandra, incorporándose con la niña en brazos saltó de la cama y fue hacia su habitación. Aunque ya estaba convencida de que esos golpes no eran normales, intentaba tranquilizar a la niña con palabras que ni ella creía, pero era imposible. La niña, aferrada a ella y al peluche que había rescatado de su cama al lanzarse sobre Sandra, lloraba:
-Mamá, me quiero ir a casa. Tengo mucho miedo. Quiero que venga papá. Quiero hablar con él. Llámale- insistía a la vez que Sandra intentaba disuadirla:
 -Cariño, estás conmigo. Estás segura. No te va a pasar nada malo porque yo te protejo. Vamos a dejar la luz encendida y a leer cuentos. Estás conmigo. No es necesario llamar a tu padre. Es tarde y no vamos a molestarle.
Pero la hija insistía una y otra vez en llamarle. Y Sandra, casi vencida, se obligaba a recordarse que si dejaba que llamara al padre, habría retrocedido, habría perdido y la ansiedad, el insomnio, el desprenderse de todo tal cual lo conocía, el sufrimiento, la lucha. Todo. Todo habrá sido en vano. Jamás podría prescindir de él, de su presencia vasta y densa ocupando cada espacio, de su incapacitante actitud protectora, de su irritante y condescendiente tono de voz, de su violenta frustración, de su de su necesidad de ser necesario.
Entonces, firme y convencida, aseguró a su hija:
-Cariño, somos listas, fuertes y valientes. Unos golpecitos en la pared no van a poder con nosotras. Cuando averigüemos lo que es, verás cómo nos reímos. Tranquila.
         Como por arte de magia, la niña, se tranquilizó. Pero aún así, después del susto y el llanto, no conseguía dormirse y decidieron leer cuentos toda la noche.
Cuando estaban empezando el primero, una vibración continua en la mesita de noche llamó la atención de la pequeña que alargó su mano para coger el móvil de la madre. En la pantalla, el nombre del padre parpadeando indicaba que les estaba llamando. Rápidamente, la niña descolgó y contestó. Lo siguiente que escuchó Sandra fue a su hija diciéndole a su ex marido con voz suplicante y aliviada:
-Sí, papá. Hay alguien malo dando golpes…. Sí, papá, ven por favor.
Sandra arrancó el móvil a la niña de las manos para impedirlo, pero el padre había colgado.
En silencio, sentadas en la cama con la vista dirigida al telefonillo, pasaron los siguientes 10 minutos. Al fin sonó y la niña fue corriendo a abrir. El ruido del ascensor anunciaba su inminente llegada. Sandra, sin sorpresa y casi admirada, se acercó a la puerta de entrada acompañando a la niña que en seguida la abrió. Allí estaba, en el descansillo de su casa. El padre. La niña corrió a abrazarle y el padre, tranquilo, sereno, la abrazaba con fuerza repitiendo:
-Tranquila, ya estoy aquí-
La niña le pedía irse con él. Le pedía incluso que se fueran las dos con él o que se quedara. Pero el padre, sereno, tranquilo y con su seguridad creciendo al ritmo que la de Sandra se destruía, la tranquilizó:
-Mañana ya estás conmigo-
Sin que Sandra pudiera ni quisiera ya impedirlo, el padre se quedó un rato con la niña en su habitación y consiguió que se relajara. Después se marchó y la niña, contenta y deseosa de que llegara el día siguiente, sonrió a la madre y fue al baño.
Sandra, guiada por sus propios pasos, se acercó a la puerta de entrada por la que él había salido y entonces, todas las dudas que aún le invadían sobre el hombre al que amó y creyó conocer, se disiparon y acercó su ojo derecho a la mirilla.
Con total claridad, vio al padre de su hija, de espaldas a su puerta. Estaba metiendo la mano en el bolsillo derecho de su pantalón. La sacó con algo en ella y dio tres pasos hacia delante. Introdujo la llave en la puerta que había frente a la silla y entró cerrándola tras él.

domingo, 5 de enero de 2020


Hombres hechos a la ligera.
Pasé esta noche de insomnio mirando a Eva dormir. La pierna morena burlando al frío aplasta irremediablemente la armonía de los pliegues de las sábanas. Esa pierna es una buena metáfora de Eva misma, ella también aplasta las armonías, corta siempre el mediocre transcurrir de los acontecimientos con su silencio.
Beatriz duerme en el cuarto de al lado, rodeada de un ejército de osos de peluche y muñecos que le vigilan el sueño. Todas las noches Eva se sienta en su cama y le cuenta historias que se inventa, sobre ardillas que hacen travesuras y tienen problemas que siempre se arreglan, mientras Beatriz le retuerce los labios hasta que se duerme.
Me prendo otro cigarrillo y miro por la ventana el inicio de esta temporada de tormentas. Falta poco para que la casa se despierte y se llene el invierno de olor a tostadas y café con leche.
***
Un amigo mío está viviendo con nosotros por un tiempo, espero. Su mujer murió hace poco y esta va a ser la primer navidad que pasa solo, lo menos que pude hacer por él es invitarlo. Debe ser difícil sentirse solo en invierno, más difícil que en cualquier otra estación del año.
Yo no se qué haría si perdiera a Eva. Tiene los ojos pequeños, negros, y quizás por la cantidad de vino blanco que toma, cubiertos por una capa de vidrio. En la cara le quedan todavía las cicatrices de su infancia triste, el abandono y el hambre dejaron su huella en el alma de Eva y eso parece brotarle de los poros abiertos. Lo que más me gusta de ella es la extensión de la piel color madera de sus piernas y los lunares que la adornan, cada uno puesto correctamente casi como un punto y aparte.
No me gusta como Eva y él se miran. No me gusta que sus ojos toquen a otro, que toquen un mundo en el que Beatriz y yo no seamos lo único. No quiero que nadie más que yo cause su risa.
***
Hace casi tres noches que no duermo. Voy a ver a Beatriz dormir y le hago fotos. Es divertido que duerma contorsionada intentando no perturbar el sueño de los muñecos de peluche que acomodó tan cuidadosamente.
Paseo por la casa, cuento las colillas arrugadas en los ceniceros, cuento las botellas de vino blanco y me doy cuenta de que no hay nada más que contar. La casa está casi vacía y yo estoy sin poder dormir en medio de esta gran ruina, oliendo las cenizas del tabaco fumado, viendo la sombra de los vasos y las migas en esa mesa que quedó a medio limpiar. La pantalla del teléfono de Eva se enciende azulada. Seguro que es él que le escribe a esta hora. Seguro que él y ella se acuestan.
 ***
Me quieren llevar al médico porque no puedo dormir, hijos de puta. Lo que quieren es tener unos días de luna de miel, en mi casa, con mi hija, quieren sentarse a comer en mi mesa, y que él se vista con mi ropa. Ya habrá contado los puntos y aparte de las piernas de Eva, ya sabrá que su sexo también sabe a tabaco y vino blanco, sabrá de la suavidad de la piel madera que recubre sus piernas.

***
Ya terminó la cena de noche buena. Él, Eva, Beatriz y un ejército de muñecos se quedaron dormidos en mi cama. El muy hijo de puta le regaló a Beatriz una ardilla de peluche.
Eva y Beatriz son mías, y los muñecos y la casa aunque esté vacía. Si esto no es mío tampoco es tuyo hijo de puta, tampoco va a ser tuyo. Por ser un buen amigo mirá lo que me toca, estás ahí en la cama con mi mujer y mi hija, vestido con mi ropa, viviendo la vida que a mi me toca. Intruso de mierda ella no tiene porqué tener la cabeza en tu pecho, vos no tenés que conocer a qué huele su pelo, el calor del pijama de franela de mi hija no tendría que calentar tus inviernos.

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Noticia del periódico local. 
25 de diciembre

Encuentran muerta a una familia el día de navidad.
Los restos de un matrimonio y su hija pequeña Beatriz de seis años, fueron encontrados el día de navidad. La muerte habría llegado a manos de un amigo del padre que se estaba quedando con la familia tras perder a su mujer en un accidente de tráfico el pasado mes de agosto, en el partido de La Matanza. El presunto asesino habría abierto la llave del gas para después darse a la fuga.