martes, 15 de octubre de 2019

ejercicio 2 vicen tormo

                                    ALTICO PALOMO

Siempre me supuso un esfuerzo lograr vencer mi pérdida de equilibrio y a los quince años este esfuerzo era titánico. Todavía hoy recuerdo el vértigo que me producía asomarme por encima de la barandilla de aquel depósito municipal enclavado en la cima del Altico Palomo. Subirla era pasar un mal trago. Aquella escarpada loma era muy empinada. Solíamos escaparnos por la noche. Cada uno desde su casa al sonar las campanadas de las siete. Bien agarrados de las manos salíamos por la carretera de Gestalgar rumbo a nuestra montaña mágica. En lo alto del cerrito se encontraba el descomunal tanque de agua cuyas paredes y escaleras nos parecían las de un castillo de cuento de hadas pintado de azules y blancos. Era nuestro escondite secreto. Las farolas se perdían a lo lejos a medida que ascendíamos y sólo las flores de los valadres iluminaban nuestros pasos. Aquel día busqué en el bolsillo largo de mis pantalones de "boy-scout", palpé la linterna y la saqué con sigilo. Sin que ella la viera me la puse encendida por debajo de la barbilla y la miré haciendo una mueca.
–¡Idiota!–me soltó sin que le temblara ni un solo pelo de su larga cabellera rizada de caracoles castaños. Yo solté una risotada y volví a guardar la linterna pues en el fondo disfrutaba de seguir a oscuras. Al poco llegamos a la caseta–como nosotros la llamábamos–y me dirigí a una de las esquinas de la construcción. En el suelo había una trampilla metálica, levanté la tapa y saqué mi cajita de latón donde guardaba el tabaco de liar. A continuación lié un pitillo para compartirlo con mi amiga. Al ofrecérselo me dijo:
–Hoy no te besaré porque me da vergüenza
Yo no entendí el porqué y antes de preguntárselo la observe mientras aspiraba torpemente una chamada del arrugado cigarrito y añadió:
–Me han puesto braquets.
Entonces abrí la boca y mostrándole mis dientes le dije:
–Tranquila a mi también me los han puesto esta semana.

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