El don de la música.
Dolores nació con el don de la música. Tenía oído absoluto y desde los 3 años tocaba piano. Al comienzo por imitación, a los 4 ya leía notas. Con apenas 14 tocaba la Balada Nº 2 de Chopin. Aparte de su natural talento, podía encarar obras de bravura técnica al poseer manos grandes que le facilitaban encarar grandes acordes. Alfonso, su profesor había participado exitosamente en concursos internacionales con menos de 20 años. Ahora con 28 era el ejemplo a seguir por todos los estudiantes serios de música.
Lolita, como la llamaban familia y amigos, no dejaba de ser una adolescente más que gustaba vestir y maquillarse a la moda. Debía usar brackets que no desmerecían su hermosa boca pequeña flanqueada por labios sensuales y perfectos. Llevaba enormes gafas planas espejadas de color lila que contrastaban con labios coloreados de naranja fluorescente y una tersa piel pálida. Vestía llamativamente; sus amigas le decían que no era Lolita solo de nombre sino que vestía como tal. A pesar de que su fama de virtuosa del piano la hacía algo rara, lucía muy atractiva para los chicos del secundario.
Un atardecer al terminar la sesión de clase en el Bechstein que había en el enorme piso de sus padres, Alfonso la invita a salir. Le explica que ballade vendría de ballata, una forma musical renacentista, pero según un análisis de Barenboim es también un paseo. Teniendo el cauce del Turia tan cerca valdría la pena probar cómo sentirían la pieza al pasear allí. Lolita estaba encantada pues más allá del Sotto voce y Presto con fuoco de la balada, tenía algo más que un interés musical por su maestro. Caminando en silencio pero con la Ballade sonando en sus mentes musicales llegan a la noria gigante de la Alameda. A Alfonso se le ocurre invitarla a subir; Lolita acepta con una alegría nada oculta.
Empiezan a girar y pronto se les desata un vértigo galopante; no habían tenido en cuenta que esa bendición de sus delicados oídos absolutos era también donde residía el sentido del equilibrio. Se abrazan con fuerza esperando que pase. Están quietos pero Lolita, su mirada lasciva escondida detrás de las gafas de sol, es presa ahora de dos vértigos: el del equilibrio y el de tener a Alfonso tan cerca como para besarlo. Se decide pero Alfonso retira un poco su cabeza quizá consciente de la diferencia de edad. Entonces Lolita le dice: --“qué pasa Alfonso, tienes miedo de besar a alguien con brackets?”
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