Estaba segura de tener sus alas bien guardadas. Miró a un
lado y al otro de la calle. Apenas había tráfico a esa hora de la mañana. Podía
cruzar tranquila. Ese día llevaba un abrigo de corte clásico abotonado hasta el
cuello. Ella siempre había vestido con clase. Era una de esas mujeres que no
necesitaba hacer nada para destacar del resto. Con paso firme cruzó hacia el
parque.
Tantas veces de pequeña había corrido hasta la entrada
mientras su madre le decía:
-¡Aurora, hija, no corras!, ¡no es propio de las
señoritas!
Pero ella no entendía qué era eso de ser una señorita. A
ella le gustaba correr y que las palomas levantaran el vuelo. Si hubiera podido
volar, ella también habría extendido sus alas. Las imaginaba con plumas blancas
y suaves. Alas grandes y poderosas capaces de llevarla a otros lugares.
Tantos años después, sus alas estaban plegadas y
preparadas para que llegara el invierno y emprender el vuelo. Pero ese año como
los 57 años anteriores, el invierno no llegaba.
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