4. MORIR AL MARGEN
Salimos a las
ocho cada tarde a celebrar la vida en los balcones, la vida que resiste debajo
de este calderón doméstico. Aplaudimos para conjurar así este nudo de
extrañeza. Soñamos con tejer una enorme red de aplausos que no deje caer a las
cajeras (las manidas cajeras), a las mujeres que limpian hospitales y a las que
ya no limpian casas, a los ludópatas, a los alcóholicos, a los ejércitos de camareras
licenciadas, a los libreros, a los hipotecados y a las putas. Aplaudimos bien fuerte
e imaginamos que el deshielo de este horror ha de traernos un nuevo sentido de
la comunidad. Nos escuchamos: me entero hoy de que el marido de Pilar, que vive
enfrente, murió hace exactamente tres semanas. Ojalá el coronavirus nos infecte
la médula podrida del individualismo y nos enseñe a tocar el alma del vecino.
Ojalá nos mantenga los balcones del corazón abiertos para siempre. Hoy no han
salido al balcón de Jesús, espero que haya sido por el frío.
Quien me conoce
sabe que trabajo, desde hace algunos años, al borde de la muerte, que tiene algo
como de trabajar en guerra. Entramos cada día a los hogares de la gente y hacemos
lo posible por que el caos y las aristas del dolor no pesen demasiado detrás de
los balcones. Pero en los días del COVID a los equipos de atención domiciliaria
se nos enreda entre las horas del reloj otra tarea, que es la de acompañar (tras
la casaca azul impermeable) a ese enjambre creciente de personas que han sido
tocadas por el virus, que no están graves para ir al hospital y se confinan en
sus casas, cada una detrás de su balcón, cada una con su soledad y con su
angustia (porque aquí vive lo impuro y los vecinos parece que ya no aplauden
tanto). Gran parte de nuestras energías se dedican, estos días, a ir sumando en
la miríada de casos: ayer dos, hoy dos, mañana tres. Llamadas, preparación del
material, traslado, el timbre, despliegue en el recibidor, espérenos al fondo,
los guantes, la bata, la mascarilla, la sangre, el cómo me duele que los vecinos
hablen mal, incluso en internet, el qué va a ser de mi negocio, el cómo tengo
que limpiar, el qué hay del perro. Y vuelta a empezar, pero al revés: fuera la
bata, la mascarilla, el gorro… Pasan así las horas, y el dolor y la inseguridad
pueden palparse incluso con dos pares de guantes en las manos.
Y a pesar de
esto, y con esto, y al margen de esto, la gente se sigue muriendo de sus cosas,
a la orilla del virus y del mundo. Entre las batas y los gorros y los guantes
se nos está muriendo esta mañana Juan, que tiene cuarenta años y tres hijos y un cáncer
que no entiende de la alarma. Se muere a borbotones y le falta todo el tiempo del
mundo para entender por qué se muere. Y se muere en los días del COVID, y no
tendrá el candor de sus vecinos, ni las campanas, ni tendrá los besos.
Juan ha vuelto
esta tarde conmigo. A mi casa, a mi balcón, a mis vecinos.
Ojalá se muera Juan
una tarde a las ocho. Ojalá le despida el aplauso del mundo.
Varias veces he pensado en Juan estos días, desde que te leí. En algún lugar en el pensamiento haces posible que nos encontremos muchos. Gracias
ResponderEliminarGracias, Bárbara. Yo también tengo la suerte de de escaparme con tu Suerte. Ay, la magia de las letras.
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