Mi vecino de enfrente (diario de reclusión: en el cuarto
día)
Hace más de un mes que se mudó. No sé su nombre. Lo veo
todos los días desde el bow-window de mi loft. Y más seguido desde que estoy
recluido. Camina poco mi vecino, usa un bastón. No creo que él me vea. Lo
encontré hace días, antes del confinamiento en el Carrefour Express cercano.
Usa barba y un abrigo de cuerpo entero. Tiene una bufanda. Y muchos años.
Seguramente respira mejor aire que yo; siempre está con la
naturaleza a su alrededor, por la mañana, por la tarde y por la noche también.
No realiza muchas tareas aunque lo he visto barrer su dormitorio con un gran
escobillón. Lo veo sentado o tumbado. Me pregunto si será un pensador o quizá un
filósofo. No tiene televisor. No creo que escuche la radio. Tampoco lo he visto
leer. Es que para qué quiere un filósofo leer, es él quien generará lo que
otros leerán.
No sé lo qué come si es que come. Nunca lo vi comer. Sí lo
vi comprar una barra de pan en el Carrefour. Sí sé lo que bebe, se compró 6
tetrabriks de vino tinto. Lo vi llevar una bolsa reutilizable con mucho peso.
Caminaba con paso cansino apoyándose en su bastón. Pensé en un modelo de ritmo
musical para acompañar ese paso. Se me ocurrió la sarabanda porque es lenta. Sin embargo no es una ocasión sensual
como la que se daba con esa danza del XVI. Sí, está bien por el ritmo un-Dos-tres,
un-Dos-tres, el énfasis en el
segundo tiempo (que es el bastón). Sin embargo, el tempo era el de marcia funebre
con el pulso de una sarabanda. No
puedo evitar que mi profesión deforme la percepción de los hechos.
Aquí estamos mi vecino y yo. Él enfrente, apenas cruzando la
avenida de Blanquerías. Yo, en mi loft mirando hacia el parque del río. Tengo
la climatización en 23º. Está agradable. Bebo un whisky de malta de 12 años
como hago habitualmente; es lo que me gusta. Mi vecino seguramente bebe el vino
de alguno de los tetrabriks que compró; debe ser lo que le gusta. O por lo
menos lo que le da la posibilidad de esa visión filosófica que le adjudico.
Escucho Radio Nacional Clásica, pasan una de mis sonatas favoritas, La Tempestad de Beethoven. Mi vecino
escucha el ruido de las hojas de los árboles movidas por el viento en el
parque. De día hay cotorras argentinas. Ese alboroto que producen puede que le
haga sentir a mi vecino que se trata de una muestra de alegría. ¿Será así? Mi
vecino está en contacto con la naturaleza. Yo la añoro pero no me animo a
cruzar la avenida.
El banco del parque es su dormitorio-living-cocina-escritorio-vestidor-baño.
Un carro de supermercado es su closet. El gran escobillón que usa para barrer el
frente de su banco está a un costado. Mi gusto por la naturaleza se reduce a
mirar el parque desde la ventana. Mi vecino vive en él. Lo siente siempre, a
cada segundo, minuto, hora y día. Lo siente cuando duerme, cuando despierta, cuando
se despereza, cuando come, cuando bebe, cuando tose, cuando estornuda, cuando
orina, cuando caga. Qué feliz que debe de ser mi vecino. Vive en la naturaleza.
Sin embargo no lo he visto aplaudir ni a los sanitarios, ni a los policías, ni
a los cajeros de supermercado, ni a los dependientes de farmacia, ni a los repartidores
de Glovo o Ubereats o Deliveroo ni a los que no salimos para contener la
propagación del virus.
Hoy, mientras desayunaba, miré hacia el parque. Mi mirada lo
buscó. No estaba en su banco-residencia. Pensé que la lluvia lo habría hecho
buscar refugio por otro lado. Sí, se fue a otro lado, a otro banco en el
extremo de la fuente de Serranos. Otro banco igual pero aún más expuesto al
clima. Sin duda un estoico purísimo buscando en su propia ataraxia la verdad
para todos. La vida debe ser belleza y debe ser una alegría. Parece que mi vecino
así lo entendiera en su empedernido estoicismo.
Él libre, yo recluido.
Me encanta, Mario, tiene la forma de un diario, ese tono intimista y de susurro, pero además le añade la intriga del relato, vas construyendo una historia sobre ese personaje que vive en el parque. Y cierras con la paradoja, haciendo que nos planteemos qué forma de vida es mejor.
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