lunes, 25 de mayo de 2020

Larva metaliteraria

A veces, la inspiración no comparece. Otras veces es el escritor quien no lo hace. Por suerte, nos quedan siempre los escritores del pasado, los engendros de escritor, los escritores larva.

Comparto, con algo de ternura y un poco de rubor, algunas notas de metaliteratura de mi larva adolescente (Pablo, 2000):

El mismo día que pudo conjugar un imperativo, Quintín Tero descubrió cuál era su oficio, decidió que había nacido para escribir historias y rehusó aceptar cualquier otro porvenir (…) Se le pasó a Quintín la vida leyendo, buscando entre las palabras de los otros las que habrían de ser suyas, encontrando en los demás el secreto que con tanto celo le ocultaba la vida. Fatigaba, incansable, cada libro que caía en sus manos, hasta que llegó a depender del tacto del papel y del olor de la tinta igual que el morfinómano. Saqueó bibliotecas, esquilmó librerías, anduvo y desanduvo la Cuesta Moyano hasta que su cuerpo asimiló el camino tanto como el acto de dar cuerda a su reloj (…) Con el tiempo, dominó el arte de la encuadernación y, más aún, los secretos narrativos. Aprendió a combinar las palabras con precisión de relojero, a construir párrafos medidos con minucia. Se permitía, y los resultados no eran en absoluto desdeñables, hasta corregir a los clásicos: reescribió El Quijote y trató de vender una edición mejorada de Los tres mosqueteros (…)  Leía, y cuanto más leía más intensamente sentía su vocación, más escritor se sentía. A cada paso encontraba párrafos que perfectamente podían haber salido de su pluma (…) Dominó la palabra como pocos, convirtió la literatura en el motor de su existencia y su existencia en un nuevo pretexto para la literatura. Vivió en escritor, con la pluma entre los dedos, esperando su momento de gloria, y murió como tal, aguardando la primera palabra de su historia ante un cuaderno eternamente inmaculado.


2 comentarios: